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domingo, 13 de noviembre de 2011

domingo, 1 de mayo de 2011

Viaje a la unidad vía México

Imagen: Aci Prensa
También podría haberlo titulado El día más importante de mi vida. ¿Cómo? ¿Recién a los 41 años vas a decir que viviste el día más importante de tu vida? ¿Y la infancia, la facultad, la mañana de 2005 cuando llamé desde Buenos Aires a Mendoza a mi viejo, para sorprenderlo con la noticia de que había escrito la nota principal del domingo del diario La Nación; los recitales con La Cachorra; el momento que toqué el teclado y canté Popotitos junto a David Lebón en el auditorio Calle, con los periodistas del grupo Los Culpables de la Verdad, y la noche de diciembre de 2006, cuando uní mi cuerpo y mi alma con Graciela en la iglesia de la Merced de Chacras de Coria? Al fin y al cabo, ¿cuántos momentos más importantes de tu vida han existido o existirán?

Imagen:  static.aztecanoticias.com.mx
Es verdad y no estoy seguro de que si ando exagerando. Probablemente, muy probablemente vuelva a existir el momento más importante de mi vida. Y me siento agradecido con el sólo hecho de saber que eso va a ocurrir.

Como alguna vez dijo Maximiliano Guerra en Talento Argentino, lo que mostrás en el escenario debe tocar la sensibilidad del espectador. El tema es que en la TV ya nada me hace emocionar. Hace una semana dejamos de ver El Elegido porque ya era demasiado grotesco. Un matrimonio evangélico, amigo de nosotros, hizo lo mismo. La TV y prensa pública se sintetiza en propaganda y mensajes con odios, y la TV privada es mostrar lo peor de nosotros para llegar a fin de mes y de paso, ganar un Martín Fierro. Lo digo en líneas generales. Creo que en el 85 fue cuando Charly sacó Hablando a tu corazón en el disco Tango, que hizo con Pedro Aznar. Allí preanunciaba que la TV y el periodismo, por elección, había dejado de ser feliz por no hablarles al corazón de los lectores. En Apuntes de Periodismo Digital hago énfasis en que existe en las provincias un periodismo hipertextual, sobrecargado de textos, que diluye las emociones y la sensibilidad de los lectores por falta de multimedia, pero también de contenidos cuyo ADN sea la experiencia como noticia. Esa experiencia superadora que se convierte en la respuesta final que busca el lector, también, para darle sentido a su vida.

Puede que cuando uno encuentra algo que le da sentido a la vida se le escape decir, entonces, que acaba de experimentar el momento más importante de su vida. Creo que ahora me estoy explicando mejor. Entonces vamos a los detalles:

Homenaje a Juan Pablo II en el estadio azteca
Imagen: Telediario.mx
Desde que dejamos de ver El elegido es que miramos en casa la TV mexicana. Y Televisa -que además de iluminar la tele con tiras como La Rosa de Guadalupe, basado en historias de vida enviadas por los televidentes- viene transmitiendo desde hace una semana su informativo nocturno –que aquí se ve a la medianoche- desde el Vaticano, por la beatificación de Juan Pablo.  Y hoy beatificaron a Juan Pablo. Y los mexicanos, además de darle una cobertura total, también aprovecharon lo que mueve Televisa en la industria cultural de ese país para organizar un concierto de artistas de la talla de Enmanuel en el estadio donde en el 86 Diego levantó la Copa del Mundo y se consagró como el mejor futbolista de la historia. Esta vez el protagonista fue “el papa mexicano” y el evento, llamado sencillamente Homenaje a Juan Pablo II, arrancó con el papamóvil vacío ingresando al estadio azteca.

En realidad, a lo largo de sus numerosas visitas a México, Juan Pablo II no se destacó por decir grandes frases. En el colegio, la semana pasada le enseñé a los chicos que el 65% de la comunicación es no verbal. Y eso alcanzó para que, a más de cinco años de su muerte, un papamóvil vacío desate lágrimas de emoción, pero también lágrimas de unidad, en todo el gigante azteca. La unidad es algo que sacude, que estremece adentro y quien no lo crea así los invito a que vean la celebración que se hizo cuando beatificaron a Chiara Luce Badano.

A Juan Pablo II lo vi muy poco aquí en Mendoza, cuando vino al predio de la Virgen. Yo estaba repartiendo agua en la intercepción del Acceso Sur y Acceso Este. El papamóvil pasó frente a mi, pero sinceramente no recuerdo mucho. Tenía 17 años. No todos en esa edad tenemos sensibilidad para disfrutar, sino más bien para llorar cuando se acabó la Coca Cola en el cumpleaños, como a todo adolescente niñito.


Ya son las 18 y desde la mañana que he estado con el televisor prendido a la beatificación de Juan Pablo. Qué lástima que no haga lo mismo la televisión argentina, se lamentó Graciela. Cuando ves a millones de personas unidas y removidas por dentro por alguien dejó traslucir en su mirada el Amor de Dios, y un canal grande de televisión que lo acompaña, realmente da para decir que el día más importante de tu vida no lo va a ser cuando sólo lo sea importante para mí, sino para todos. Hoy lo estoy viviendo así, porque lo que es importante y no se comparte, no es importante.

Estuvo nublado en Mendoza y un poco, también en Roma. Inclusive se quemó el foquito del baño del departamento. Pero la luz, cuando es verdadera luz, se las arregla para iluminar hasta las sombras más inamovibles del alma. Y ojalá que al igual que Televisa, los medios argentinos empiecen a iluminar más y a sembrar rosas, como las de Guadalupe.

domingo, 17 de abril de 2011

Una luz en el prostibulo

15 de enero de 1988. ¿Qué hacemos? Ese día cumplía 18 años y con Charles Rubens, compañero del Martín Zapata, que tres años antes –cuando empezaba el día y lo terminaba sólo escuchando “Rocas Vivas, se mueven las sillas, te quiero ver bailar” me había enseñado una ingeniosa técnica de estudio para aprobar los tormentosos y complicadísimos exámenes de Contabilidad- nos lanzamos a la calle para hacer lo que legalmente ya se podía a partir de los 18: ir al cabaret. Si bien desde hacía dos años que ese colegio se había convertido en mixto, la amistad con las chicas del curso era demasiado formal y respetuosa como para pasarlas a buscar (en colectivo, porque de autos, ni ahí), llevarlas a bailar, pagar la entrada del boliche, el trago, el taxi que la llevara a su casa y de ahí la limousine o lo que me arrastrara lo más cerca posible de mi domicilio. Salía más barato comer un pancho en Aruca, frente al Normal. y arrimar al boliche bizarro de la galería Caracol, o lo que por ahí cerca estuviera perfumado por delicioso sexo opuesto. Así fue que caímos a un cabaret chanta de la calle Las Heras, llegando a Mitre. Tan chanta que no tenía nombre.

Entre que entramos y no entramos, más los cinco mangos que se esfumaron con los panchos, miramos para arriba y sin pensar abrimos la puerta y entramos: veinte pesos (para lo que era ese entonces, más o menos). Negociamos. 18,5. Listo, nos sentamos en un sillón con amplia vista al escenario. Las muchachas ojos de video tape porno vinieron por nuestros tragos para ellas. Dos moneditas que valían cero pesos. Nos fuimos así como entramos, sin terminar de escuchar la canción de 9 semanas y media, que en esa época ponían hasta en la Fiesta del Melón y la Sandía, en Costa de Araujo. Al cohete, si bien Charles Rubens me enseñó a sacarme 9 en Contabilidad, en esa noche los dos fuimos un 3,5. Es el único caso en que podés elevar la nota poniendo más dinero, por lo que suponemos que la conciencia de ambos estaba configurando un código fácil de interpretar pero difícil de aceptar. Tal cual era la primera vez que aterrizábamos en un cabarute y seguramente no volveríamos a pisar uno hasta el día en que nuestros bolsillos se emanciparan y comenzáramos a ganar como escribanos. ¡Qué gente de principios éramos? Sin dudas que si cerré esta exclamación con una interrogación fue porque teníamos muchos principios pero muy pocas veces finalizábamos. Fue por eso que decidimos juntar el doble de plata e ir el sábado siguiente a Tiffanys, el mejor cabarute céntrico -calle España, entre Rivadavia y Peatonal- que había en la Mendoza de los ochenta. 


Y llegó ese sábado a la noche (¡qué rápido pasó!). Nos vestimos mejor. Esta vez, con los bolsillos asegurados. Llegamos a la puerta de Tiffanys. Oscuridad hasta en el color del traje del engominado vigilante de la puerta. Faltaba el bulldog. No nos pidieron el DNI porque yo ya medía casi un metro noventa, aunque el acné me daba menos de 18. ¿A cómo la entrada? "Cuarenta pesos, muchachos". Era todo lo que teníamos. Poniendo estaba la gansa. Bolsillos vacíos otra vez. Entramos y la primera escena mostraba el claroscuro de la conciencia que describe ciertas escenas de noches con mujeres exuberantes en los films mafiosos de Scorsese. La misma situación que siete días atrás: bolsillos en default para el micro de vuelta. Decí que Charles Rubens traía el abono del colectivo 30 que cada amanecer lo llevaba de la Paso de los Andes de Godoy Cruz hasta el Martín Zapata.


"Hola muchachos", rugió la primera leona, cuarentona y pico special, nomás. No fue esa gran cosa de un cabaret que cualquiera te cuenta con voz narradora de campeón del mundo cuando en los recreos había que contar una experiencia ganadora que jamás había hecho en la vida. Ella me miró como si su conciencia, bien cubierta por su cuerpo, tuviera una carta escrita con el alma para mi. La escuché:


"Mirá, yo soy madre de tres hijos y tengo que hacer este trabajo porque no alcanza con lo que trabaja mi marido. Una al final se acostumbra pero, ¿sabés qué? Vos sos un muchacho (ojo: no dijo "creo que vos sos un muchacho") que tenés que ganarte las minas en la calle. Los hombres que vienen acá son perdedores. Vos sos joven y este lugar no es para personas como vos. Macho es el que enfrenta a la mujer cara a cara y no a las escondidas y con dinero y poder, como es acá, ¿me entendés?".


Para zafar se me ocurrió preguntarle si allí caían los diputados o senadores de la Legislatura y ella no sólo me contestó que sí, sino que agregó que sus clientes también eran esos hombres de poder que jamás cualquier mendocino imaginaría. Está claro que esto último no fue lo más importante que me dijo. Nos fuimos (sí, más vale, vimos un show, para decir luego que tuvimos la experiencia de ir a un cabaret y listo).


El regreso a la plaza Independencia para tomar el colectivo fue silencioso. Madrugada del domingo, día del Señor, con un ángel de la guarda que nos acompañaba con las manos en los bolsillos, imitándonos. Alguien dijo que cuando hay palabras de amor es porque Jesús está en medio de nosotros. Y quizás esta señora, que sinceró su cruz ante nosotros, vio a Jesús en nuestras miradas y su mensaje, desde ese infierno ricotero y rico de placer, fue directo a esa persona que sabe que la ama en forma incondicional. Fue una luz donde menos los esperábamos.


Ninguno de los dos jamás regresamos a un cabaret y como ella dijo, finalmente el amor de mujer nos llegó a la vuelta de la esquina. 

martes, 22 de febrero de 2011

Gracias a la guitarra

guitaracordes.com
Llegaba la época de los exámenes y la mayoría se la llevó a rendir. Era su primera experiencia. Venían de la primaria y durante el año prefirieron desoír la advertencia de que las cosas no iban a ser fáciles en diciembre si en cada clase seguían sin tomar apuntes ni estudiar. Y así que pasó que en la última clase del año, cuando anoté los temas del examen en el pizarrón y que el mismo iba a ser oral y escrito, les llegó el agua al cuello porque les tocaba, de un día para el otro, abandonar definitivamente el pelotero y convertirse en una suerte de estudiante universitario, a punto de rendir un examen final que pudieron haber evitado. En mi época yo lo vivía como un castigo, como una película de terror y por eso fue que en toda la secundaria sólo me llevé a rendir una materia: matemática financiera, en sexto año. Ahora la cosa la veía distinta (como tendría que haber sido siempre): un examen final no es un castigo, sino que la oportunidad de aprender bien. El objetivo es aprender. No es más que eso. Pero el entorno sigue siendo, como cuando egresé del Zapata en 1988, el del castigo.

Tres mamás de alumnos vinieron a pedirme explicaciones. Las recibí en el aula y en menos de tres minutos ya estaba todo dicho: “Nunca tomó apuntes y nunca estudió. ¿Se acuerdan cuando nosotros íbamos a la secundaria? Al menos, hasta el peor de los alumnos tomaba apuntes. Su hijo, ni eso. Si lo dejo pasar a noveno, la profesora que vendrá tendrá el doble de trabajo”. Las respuestas de ellas tenían que ver con la necesidad de confesar problemas familiares, de miedos al futuro y de la impotencia de que su hijo no reconozca el esfuerzo que hoy hacen sus padres para llegar a fin de mes. ¿Nosotros no éramos así, acaso? Puede que sí, pero intentábamos evitar meter mucho la cabeza en la realidad. Es la Edad del Pavo. Así se lo llama en la vida real.

Toco y Canto, junto a Cantarrock
fueron las revistas que me enseñaron
a tocar la guitarra.
Tomás era uno de los tantos que se rascaban todo el tiempo, aunque no se portaba mal, salvo cuando se dejaba arrastrar por un “líder negativo” (como llaman los docentes a los que llevan a los que no tienen personalidad a portarse mal). En los momentos difíciles del aula –cuando se portan mal a rajatabla- suelo percibir la temperatura de la brújula de la vida en cada uno de ellos. Es una reacción de mi imaginación –creo yo- para intentar rescatar algo humano y positivo. En el caso de Tomás, sin dudas que se notaba que uno de los lemas de la existencia, resumido en la expresión “la vida es bella”, rondaba cerca de sus entrañas, pero la música fuerte de la distracción y de los gritos del aula le impedían oírlo. Y por eso es que su último examen fue un desastre y se la llevó a diciembre. Pero ese fue, para mi, su día más lindo.

La experiencia de tocar la guitarra al cierre de un trimestral le había cambiado el rostro a un curso de alumnos de primero del Polimodal. Poniéndome en el lugar de ellos, y sí, rendir es feo. Entonces cerremos el examen con una guitarra y buena música. No sé si iba a resultar en un octavo. Pero la sorpresa fue que Tomás entró al aula con la guitarra, luego de rendir su espantosa prueba.

guitarraparatodos.com
Empezó con unos punteos básicos de tres acordes de la canción de una película que ahora no recuerdo. Todos los que aprendimos guitarra, al principio, éramos así. Te preguntaban qué sabés tocar y tenías dos opciones: Yo tengo unos ojos negros (de LA, MI y RE) o el punteo de la musiquita de Batman. Nos quedamos con el último, y a repetirlo porque sí, o porque la canción era tan corta que había que tocarla mil veces.

Se me escapó la pregunta difícil: ¿qué canción sabés tocar? Cuando tenía 13, en el Zapata, aprendí a tocar guitarra en la coprogramática del sábado. Si me preguntaban qué canción sabía tocar mi deseo hubiera sido “Del 63”, del primer disco de Fito, pero tenía tantas notas imposibles que prefería decir “Del 63, pero todavía no aprendí a tocarlo bien”. Mi respuesta de fondo era “yo quiero tocar rocanrrol, pero no conozco una canción que sea fácil de tocar porque recién estoy aprendiendo”. Un tiempo después, en la Toco & Canto, salían los acordes de “La rubia tarada” de Sumo: todo en MI mayor. Pudo haber sido mi primera canción, pero bueno, tenía la cabeza puesta en Charly y Fito, como casi todos. Volviendo a Tomás él se atrevió a intentar tocar una canción. Lo intentó, pero ese intento fallido fue mucho más que ver a un guitarrista que la descose con un tema que no le sacuden las fibras.

Le pedí la guitarra (está mal: en el aula los protagonistas son los alumnos, no el profesor) y toque dos temas míos. Se acercaron los revoltosos y revoltosas. Me miraban distinto. Parecía que recién allí tenían ganas de aprender. También parecían experimentar lo que se llama recibir amor a través de la expresión musical. Tenían ganas de quedarse allí. El peor alumno y más callado del curso se puso a filmar con el celular (sonamos). Terminé los dos temas y le devolví la guitarra a Tomás. No recuerdo qué pasó después.
taringa.net

Lo que sí pasó es que a la semana siguiente aprobó Lengua. No se la tenía que llevar a marzo. Y después de rendir volvió con la guitarra. Y después me dijo que quería formar una banda conmigo y con otro de los alumnos más revoltosos. La temperatura de la brújula de la vida se elevó al punto que sus fibras se removían al punto de querer gritar “mi primera canción será una canción mía, quiero que sea ya”.

Un regalo de la vida fue para mi. Contagiar a alguien de lo más lindo que uno ha vivido y en el momento justo para contagiarlo, porque al ver cómo muchos alumnos le gritan y hasta le pegan a sus compañeras de curso, que alguien encuentre una buena forma de expresarse, que le abra la cabeza y el corazón, es una bendición, sobre todo, porque ya comienza a encontrarle sentido a la vida. (Aclaración: Tomás no es su nombre verdadero).

viernes, 5 de noviembre de 2010

La musiquita

“Apaguen el lavarropas”, les digo en clase y la bobada responde con risas: “Jo, jo, jo, el profesor dijo que escuchamos el lavarropas, jo, jo”. Maldita cumbia. La rectora escuchó un poco y no pudo filtrar las palabras porro, que se repetían en cada estrofa de esas canciones difíciles de detectar estrofas o estribillos. Argentina es el país latinoamericano que más consume cocaína, como lo cuenta esa musiquita (a través de historias de miserables vidas). Y suena en el celular. Escribo un ejercicio en el pizarrón y otra vez el lavarropas. Me doy vuelta y se apaga. Está prohibido, pero hay que romper las reglas para ser adolescente. Lo que me gustaba hacer a mi hace algunos años (algunos no, como 20, ¡vamos Mario!) ahora me repugna que me lo hagan a mi. Y sigue la musiquita.

             Ahora estoy escuchando la radio online “80 Nacional” de Cienradios.com.ar. Dentro del paquete de radios online de esa web es la que más se escucha. Por suerte, dentro de su paquetón –que incluye a Calamaro, Soda, Charly, The Police, Pink Floyd, lo mejor de los 70 y no sé cuántos más- no incluye una radio online que suene semejante a un lavarropas (concretamente, no hay cumbias villeras ni nada de eso).

              El domingo pasado la Mona Jiménez se despidió de Mendoza para siempre en la cancha del Lobo del Parque. Fue gente, sí, es cierto. Pero es la Mona Jiménez. ¿Y el Videlazo que se hacía en el estadio? Por suerte que “se hacía”. En fin, a lo que voy es que la música….


http://www.infojardin.com/foro/showthread.php?t=122241&page=2
… en la escuela ahora soy un docente-contenedor de alumnos con conflictos familiares. ¿La cumbia de mierda no es más o menos lo mismo? Música que contiene haciendo recordar a la persona lo peor de sí misma: que el porro y el porro. Nunca nada que alimente el corazón, los ideales y el alma. Sólo esa cosa prohibida que termina quitándote la vida al largo plazo (si es que el que lo consume es moderado).

En los 80 y los 90 la música leía el alma y te pintaba el momento más felíz que querías vivir en la vida. A tal punto fue mi caso que tuve la suerte de armar dos bandas de rock, La Tripa en Buenos Aires y La Cachorra en Mendoza. Y parecía que el hecho de tocar un tema propio en una banda se aproximaba a lo que más quería en la vida. No sé por qué lo sentía así pero lo que estaba comunicando con esas canciones tenía mucho que ver conmigo, con esas cosas que justamente no logro comunicarlas con palabras, pero que sé que son cosas buenas y comunes a todos.

¡Y ahí está la diferencia: música vs….musiquita! Soñar porque es posible vs no soñar porque todo huele a cementerio. Soñar porque me esperan muchos años de amar y recibir amor vs soñar con nada porque hoy la sociedad te lo sirve todo en bandeja, inclusive la tentativa oferta de no hacer nada porque siempre porque nada vale la pena.

La música te puede llevar a lo más alta y eso sí que uno se da cuenta. Pero la música también puede decirte lo chato que estás y eso sí que uno no se da cuenta.

La música es el alma. La musiquita es apenas una descripción del cuerpo. Ahí está la diferencia.

jueves, 7 de enero de 2010

Arrancó el 2010 hablando de Perón con su suegra

El que lee este título dirá "seguro que pasó después del brindis de la medianoche y nada más". No fue exactamente eso: empezó -como bien dice usted- a las 0 pero concluyó ... a las 6. Resultados totales: las primeras seis horas del 2010 hablando de Perón. Es para que Moyano le dé un subsidio mensual de por vida equivalente a 800 planes trabajar.

Sin embargo lo que hay detrás de esta cosa es la historia de un talento mendocino que deja la provincia porque aquí no consigue trabajo.

Así como mi cuñado Pepe dejó Mendoza hace 20 años para hacer un master en agronomía y un doctorado en bioconservación de especies en Estados Unidos y su mujer, Titi, mi hermana, lo mismo para hacer un master en vivienda social, mi amigo Toribio (usaremos un apodo vacuno para referirnos a él y a su mujer, en este caso, Aurora) se fue hace dos años a San Luis -otro país se puede decir también en este caso- para hacer un doctorado en bioquímica. Cuando yo lo conocí era un tipo apolítico y su ahora mujer, Aurora, una mina simpática y de familia radical. Toribio está becado por el Conicet y afirma que lo único positivo de la era Kirchner fue el aumento de sueldo a los científicos argentinos y a los jubilados.

Pepe y Titi se las arreglaron solos, con las reglas de juego de allá, y se puede decir que recién ahora están empezando a cosechar lo que fue su larga siembra. Ambos trabajan en la universidad de Illinois, uno como docente universitario y científico y la otra, en el área de eventos. Para llegar a tales puestos, hace 20 años ambos se proyectaron y habrán visto hasta dónde podían llegar. El caso de Toribio y Aurora fue distinto. Estando en San Luis hicieron el ejercicio de proyección de vida: ya nos casamos, ahora queremos un laburo y crecer económicamente también. Pero soy científico y ella, docente de personas con capacidades especiales. ¿Qué hacemos? Click, respuesta: ¡metámonos en política!. Y en ese otro país que queda cruzando el Desaguadero, meterse en política significa ser PJ adolfista. Antes, él era apolítico y ella radical. Hoy, ambos se hicieron peronistas para ganar un poco de plata y crecer ¡¡dentro de su propia profesión, no recibiendo la guita subsidiada de arriba!!

Con esta introducción y nudo comprenderán por qué el desenlace fue Toribio hablando de Perón con su suegra radical toda la noche del nuevo año.

Toribio se recibió de bioquímico hace tres años en San Luis. Vino a Mendoza y pasó 12 meses tirando currículums debajo de las puertas. Ni el gato se percató de que estaba ante un científico brillante, que en estos días está patentando en el Conicet su primer invento: un detector de bacterias en las manzanas, para agarrarlas a tiempo antes de que maduren averiadas. Según me dijo, en Europa el modelo más parecido y por ende, menos actualizado, al que hizo él se pagó 500 millones de dólares por la patente para su comercialización. Y lo que Toribio hizo para las manzanas también servirá para las uvas y ésto puede ayudar a evitar una mala cosecha por culpa de los bichitos de campo, tardíamente detectados.

La cuestión es que acá no le dieron bola y se fue a San Luis. Le salió el doctorado y para hacer carrera en la universidad estatal de esa provincia, sí o sí debe incursionar en la política. Y lo mismo su mujer de origen radical si quiere conseguir un buen laburo de docente para personas con capacidades especiales.

Así como a mis amigos puntanos les fue bien el contacto con la política, todo lo contrario sucedió con Pepe y Titi. El primero siempre soñó con volver a Mendoza. Un día, en Denver, Estados Unidos, se encontró con un sanrafaelino que acaba de ser electo gobernador de Mendoza. Lo invitó a volver a la provincia. Pepe hizo el doctorado y fue a probar suerte a Mendoza. Nada. Yo lo acompañé a Casa de Gobierno para hablar con ese gobernador que se encontró allá y nada, a otra cosa. Allá le va bien y eso se entiende.

Conclusión: Sería erróneo decir que por culpa de Perón muchos mendocinos dejan para siempre nuestra provincia. Aunque dejar Mendoza implique ciertos episodios extraños como el que titula este post.

martes, 15 de septiembre de 2009

Último momento: ¡Se puede vivir sin Google!

Para llegar a esta cuenta de blog tuve que entrar a Google. Para traducir la siguiente frase del inglés al español, también:

"El cofundador Sergey Brin (fundador de Google) ha hablado de implantes cerebrales directos. Ahora, Sergey argumenta que lo correcto es que sólo hay que conectarlo directamente al cerebro. En otras palabras, usted sabe, el alambre en la cabeza ", confesó hace poco a la publicación Technotrunc un tal Eric Schmidt, CEO del super buscador.

Cualquiera con sentido común diría que no hace falta que Google nos implante un cable en la cabeza para cliquear desde nuestras neuronas su motor de búsquedas. Ya lo hacemos de hecho, todo el tiempo.

Y cuando en la Redacción se cae Internet pareciera que volvemos a nacer, a aprender a hablar, a ...

Veinte grados, el clima ideal. Salí a la cubierta del crucero a mirar el mar.

Sí, estamos en otro planeta (en la Tierra). Sigamos.

Abajo,el café concert. Arriba, el boliche circular con los vidrios que mostraban el Atlántico y la luna llena unidas en la medianoche. Vino una arquitecta astróloga, más astróloga que arquitecta, unos ocho old years más old que yo y me dio a entender que esa era mi noche soñada. Y me tiró un boceto cuya indirecta no entendí, por lo que ella agarró el Autocad y lo pasó en limpio en un plano: "flaco, si abrís bien los ojos vas a ver cuántas mujeres te están fichando". Y tenía razón. Probé con una brasilera que tenía un corazón romántico de dibujito animado y el encuentro fue un sit com de 30 minutos,en Warner Channel. Y sí, la naturaleza había armado "la coreo", como dicen en Tinelli. Cuando volví a Mendoza, mis amigos escucharon esa experiencia vivida en tiempos de convertibilidad como si recién lo descargaran en un DVD de Blockbuster. Nunca más me subí a un crucero y creo que no lo haré hasta que el dólar y el peso jueguen al fútbol cinco con la misma cantidad de jugadores en cada equipo. Momentos donde el sueño del videoclub se cumple en la vida real. Ese fue uno.

Cerro López, Bariloche. A algunos les debe tocar de cerca. Daniel de Godoy Cruz y Susana de Las Heras, hasta ese momento nada de 2.0 entre ellos. Dicen que si bebés agua del arroyo López tendrás el nivel de amor acorde a la cantidad de líquido que tomaste. Susana lo absorbió al pie de la letra. Por alguna razón la magia de esa agua bautizó a Daniel y hoy él dirige un banco en San Luis, y con ella armaron una familia grande. Las mujeres de Las Heras tienen más chances de ser afortunadas que otras, según he visto. Dolina y Calamaro podrían aportar su versión.

Domingo de diciembre. Hasta las 21 fue un día más. De 21.00 a 21.05 .... (suena esa erección sonora que te corta la inspiración: el timbre del departamento).

"¡¡El afiladooor!!". "No, gracias", replico yo y los treinta vecinos del edificio en forma consecutiva. Jode escuchar cómo todos le decimos "no" a un hombre que sobrevive el momento. Bueno, sigamos...

21.00 a 21.05. Nos dimos las manos. Las miradas cruzadas mostraron las primeras cosechas de ese primer año de casados. El Atlántico y el cerro López replicaron su "coreo" en un escenario de amor que les estaba quedando chico: la paz de nuestras almas. Ella puso sus manos en mi anillo de boda y yo, en el suyo. La lágrima, como el afilador, se metió sin que nadie lo llamara. Sentimos que volvimos a nacer, en un vientre más grande que el Atlántico, y con ganas de explorar todo el océano de la vida, de las experiencias, de los dolores y del amor. Salimos de esa iglesia y al pisar la calle Salta volvimos a esa sensación de vida "minuto a minuto" pero con el placer de haber vivido un instante de eternidad, donde el amor es el único motor que le da razón de ser a la eternidad.

Llegamos a casa y mientras ella preparaba la mesa, yo prendí la compu para renovar la encuesta del diario.

Otra vez Google. Para ver si me dejaron algún mensaje de la Redacción y para leer las últimas noticias de Tecnología en el Google Readers.

Sí, entiendo a Sergey Brin. Con un alambre en la cabeza sería más cómodo para nosotros y para ellos. Al igual que Chávez y Néstor, con tal de robarnos toda la información los del buscador son capaces de hacer cualquier cosa.

Puede que Google nos vacíe la cabeza, pero hasta ahí llega. No lo veo capaz de descender hasta el corazón, apagar la luz y poner el DVD con los mejores momentos de la vida.

El peligro está en que hoy la vida sea más la computadora que esa sumatoria de experiencias y de instantes inolvidables.

Imagen: Arroyo López, de Bariloche, "el de los tres traguitos"

miércoles, 26 de agosto de 2009

Remiseros

“¿Publicaron ustedes lo del corte de ruta en El Algarrobal? A mi me agarró el domingo. Volvía de Potrerillos y era un despelote porque habían cortado el Acceso Sur por lo del pibe que se había caído en un canal. ¡No puede ser que unos 30 ñatos te arruinen el día! ¡¡¡Yo estoy con ellos pero que se dejen de hacer piquetes!!! ¡¡¡¡¡Tuve que dar media vuelta, ir por la banquina y subir por la misma curva por donde bajé, para volver por la destilería de YPF en Luján y…!!!!! (a esta altura me vi obligado a cerrar la expresión con cinco signos de exclamación porque hacía rato que el vehículo había superado los 80 kilómetros por hora en la Costanera).

Llegamos al cruce con Zapata y tras una falta doble en los dos semáforos en rojo, el Corsa dos gris saltó a esa avenida como el General Lee de los Dukes de Hazzard. La sensación de velocidad de montaña rusa en la boca de mi estómago impidió el célebre “huijaaaa!” de Daisy, Bo y Luke.

Llegando a la Shell de calle España delante de nosotros iba uno a casi 60 kilómetros por hora, la velocidad máxima permitida en avenidas (40 km/h es el máximo legal para las calles) y el muchacho al volante lanzó bocinazos al aire como jugador de golf tras tirar una bola del hoyo 1 al hoyo 89. Como el de adelante venía "pasmado" (así le decimos a las computadoras cuando se ponen lentas en la Redacción), al cumpa no se le ocurrió otra mejor que acelerar por el flanco izquierdo, casi sacándole chispas a los coches estacionados en el lado sur de la avenida Colón. Conté hasta 15 y por fin llegamos. Fin del capítulo montaña rusa del miércoles. Le quise decir a ese remisero que no se hiciera tanta mala sangre con los piquetes en el Acceso Sur porque o sino iba a terminar matando a alguien en la Vicente Zapata o Colón. Pero preferí evitar darle razones para que saque un hacha o el matafuegos reglamentario del coche y me cortase el cerebro desgastado tras 8 horas de copiar / pegar / editar títulos / punchypunch / moderar comentarios /punch/tecnotronic en la Redacción. Una vez que se fue quise que ese coche, cuando volviera a cruzar la barrera de los 80 kilómetros por hora, desapareciese en el aire, como el coche del profesor Brown que manejó Marty Mc Fly en “Volver al Futuro”. Moralejas: no hagas enojar al chofer porque te llevará a tu casa haciendo escala en Júpiter y Mercurio, si es que zafás de que sea el Parque del Descanso o el Hospital Central.

“Dame tu mano”. Y aprovechó el semáforo en rojo para darse vuelta y saludarme. Conté hasta dos y medio y el viejo remisero largó todo el diagnóstico: “Sos alguien muy astuto para resolver problemas, mucha gente te quiere pero otros muchos te quieren hacer daño, por lo que vos preferís tener un perfil bajo para no llamar la atención, te molesta la gente que te quiere pasar por encima, pero tu habilidad supera a la de ellos …”. Pregunta: ¿estaba hablando de mí o de él, o de los problemas de él con su mujer?

Mujeres, ¡qué gran tema para hablarlo con un remisero! Ellos son la escuela de la vida. Cualquiera de ellos podría ser un Alfredo Casero pronosticando el escenario amoroso de las próximas 12 horas de tu vida. Y hay historias que van de un extremo al otro, como el de un chofer de San Luis que se hizo de una secta que proclama la religión del sexo y que lo único con sentido que hay en la vida es hacer el amor todo el tiempo, si es posible con una pareja estable, pero todo el tiempo. Y si la extrañás cuando ella está trabajando, entonces la mejor manera de dirigirse al altísimo es ratoneándote con ella, si es posible, hasta que tus espermatozoides le saquen dos cuadras de ventaja a los del jamaiquino Usain Bolt. Inés, una amiga mendocina radicada en ese otro país que nos separa del Desaguadero, estalló cuando ese testículoman al volante detuvo el coche frente a su casita. Más caliente que Hebe de Bonafini en la Casa Blanca. Inés lanzó disparos directos al corazón: “¡desgraciado, no se te ocurra hacerle ese verso a una niña o adolescente!!”. Para ese hombre, Sex And The City y los chistes calientes de Jorge Corona eran el prejardín de infantes.

Juan Carlos tuvo su historia de infidelidad, supo levantar la barrera a tiempo y la pelota finalmente apenas tocó la misma y se fue de la cancha: lleva 35 años de casado y hoy siente revivir una primera vez con su esposa.

“Ella era más linda que mi mujer, pero no fue otra cosa más que una calentura. Al final, si seguía no me iba a quedar ni con el pan ni con la torta, porque si te metés por calentura después ella te va a dejar por otro”, cuenta, mientras baja por Rondeau hacia la Costanera, para agarrar hacia el Norte.

“¿Con qué cara me iban a mirar por siempre mis hijas, siendo que yo soy “el ídolo” de ellas? Y todo por una calentura. No, mejor le puse un freno a eso, porque al final mi mujer me acompañó en las buenas y en las malas. Fue lo mejor que me pasó en la vida. Nosotros hemos vivido momentos durísimos, pero ella siempre me apoyó, siempre estuvo de mi lado. Así que no vale la pena dejarse llevar por la calentura, porque nadie te saca la experiencia de haber construido una familia y un amor durante 35 años”, insistía Juan Carlos, que cuando concluí el viaje en la Redacción de UNO en Las Heras lo saludé dos veces, porque daba ganas de escuchar una historia de vida de alguien que aprendió a vivir.

"Este es el trabajo de la mentira", disparó el último, el que me trajo anoche de la Redacción a casa, luego de publicar este post -pensando que la historia estaba cerrada-.

"La central dice 'Las Heras', 'Centro', 'Godoy Cruz'" y le dan el viaje al que primero se reporta. Se supone que si andás circulando por Las Heras y piden para el centro no tenés que ir, por eso todos mienten: hay veces que tenés que esperar mucho porque, como te decía, piden para Las Heras y vos te reportás en Las Heras pero en realidad estás en Luján. El que más miente consigue más viajes y gana más plata. Y si te descubren que mentiste te sacan la tarjeta roja durante dos horas. Pero nadie termina delatando a nadie porque todos mienten. Y sí, como vos decís, es como estar en el Casino y apostar permanentemente. El laburo te desgasta porque mientras estás llevando a una persona tenés que ir carburando cómo vas a mentirle a la operadora la próxima vez", explicó.

En cierto punto es muy parecido a los traders de Wall Street: trabajan doce horas al día (igual que los taxis), pero en vez de ganar un millón de dólares al año mintiendo sobre el riesgo país y otros índices de especulación económica, apenas cosechan algo más de 100 pesos por día, (ellos se quedan con el 30% de los viajes).

Unos 500 kilómetros por jornada. No se consideran del mismo palo que los taxis, sus competidores. Se meten en los barrios peligrosos "dependiendo de la hora del día y de la cara del cliente". En el centro hay más laburo pero los viajes son más cortos. ¿Cómo hacés para aguantar 500 kilómetros subido a un coche durante 12 horas? "Te acostumbrás, además como se hacen muchos viajes desde el Shopping aprovechamos un rato para tomarnos un café con colegas".

Sí: los remises no son esa suerte de taxis sin imagen de oficina pública por dentro del vehículo. También son historias de mendocinos

martes, 18 de agosto de 2009

Videojuego vs fulbito

Los que andamos buscando familia solemos ser una suerte de Gran DT a la hora de debatir cómo vamos a educar a esos hijos que cada noche buscamos con la fuerza del placer y el amor, o sea. Y allí van dos caminos: las generalizaciones y lo que mis viejos me marcaron. El primero consiste en lanzarse grandes anuncios/promesas, como por ejemplo “a mi hijo lo voy a educar para que no deje de comer lo que no le gusta” o “hasta que el papá o el mamá no se levante de la mesa, ellos tampoco lo harán”. En cambio el segundo no es otra cosa más que una prolongación del “de tal palo, tal astilla”. Un ejemplo de ello, en mi caso, es el utilizar servilletas de tela para almorzar y cenar, algo que mi mujer no hace porque prefiere la servilleta de papel, del modo que como dos buenos bichos democráticos nos acostumbramos a utilizar servilletas de papel de un lado de la mesa y de tela, del otro. Otro ejemplo del modo “de tal palo tal astilla” está en no ser un comprador compulsivo o consumista, porque en mi época nadie se sentía mal por ausencia de drugstore, celular, Atari, Coca Zero o zapatillas Nike. Y allí es donde quería llegar: a los videojuegos.

Aún no yo ni ella tenemos idea de lo que es educar a una criatura, pero ya lo imaginamos más cerca de las carreras de barquitos de madera en la acequias que del Wii más “guau!”. Mala onda, pareciera, porque recuerdo que el único contacto que tuve con los videojuegos en mi infancia fue durante las vacaciones en Reñaca. No sé por qué pero allá siempre hubo videojuegos o jueguitos electrónicos, en cambio acá tardó una bocha de años en llegar. Recuerdo uno en el que jostick era una bola negra que manejaba un equipo de basquet, que cada vez que te mandaba a comprar otro cospel la máquinita te ladraba “jo, jo, jooo” tras el “game over”. Como ahora ya crecí bastante es que puedo sentirme agradecido de no haber pasado todas las tardes de mi infancia y adolescencia gastando electrodos en el Atari de mi pieza. Pero si me pongo en el lugar del “yo-cuando-era-pendejo” no creo que logre comprender ni justificar que alguien me marque un límite en esto.

Si no sos bueno jugando al fútbol o sos tan malo que la única salida laboral es jugar por descarte de arquero, entonces podés elegir otras opciones, como un deporte que te obligue a salir a correr, o por qué no, probar con aprender a tocar la guitarra o dibujar historietas (no sabés lo libre que te sentís cuando hacés tu propio cómix, aunque lo entendás sólo vos y la familiar que rescató al choco abandonado del Parque).

Muy bien: decidimos limitarle el uso de videojuegos. Ahora, ¿qué va a pasar cuando termine de hacer más temprano las tareítas para el cole? Estamos en la misma: el videojuego será una gran tentación. ¿Y qué pasa si le encuentra más gracia al fútbol virtual que al real, o al videojuego japonés que te enseña a tocar la guitarra que a la guitarra de madera que vos mismo tocás y saboreás con tus sentidos? Todo esto es lo que seguramente están lamentando los padres que alguna vez fueron grandes DT y también dispararon a cuatro voces que ellos educarían a sus hijos sin videojuegos.

Así que ya encontré la respuesta de fondo: ¿Qué le respondería a mi posible hijo/a el día que cumpla 18 y sueñe con una mujer?

Le diría que, aunque no sepa tocar, agarre un guitarra y le escriba una canción a esa mujer y que allí describa su vida. ¿Qué vida describiría si pasó toda su vida encerrado en su pieza con mil escenarios digitales? ¿Y qué describiría si pasó más tiempo compartiendo escenarios reales con los amigos del colegio, el grupo de la parroquia, los chicos del club y los parientes de San Rafael?

Si no le convence esa respuesta, metería segunda con la siguiente: ¿Vos iría al cine a ver una película que cuenta la vida de un joven que se pasó toda su niñez y adolescencia disfrutando de los videojuegos? Puede que a alguien le guste, pero todo el mundo seguramente preferiría ver una historia de vida como la de Slumdog Millonaire.

martes, 23 de junio de 2009

El taxista


Hace un rato me tomé un taxi para buscar el coche al mecánico. No tenía una historia definida para el blog. Y sucedió lo que ocurre cuando te subís al taxi: o vas en silencio o te charlás todo. Pasó lo último. No hablamos del clima y del Tomba, que mandó a la Promoción a los Canallas rosarinos. Fue una charla distinta, que tras el puntapié inicial de "¿laburás ahora a la siesta?" la trama se prolongó por la columna vertebral de su vida, a tal punto que pocos minutos después disparó unas palabras que no coincidían con su rostro optimista: "Ya le perdí el gusto a la vida. Siento un gran vacío todos los días".

_ ¿No te da tiempo este laburo para hacer deportes?

_ No, hace rato que tengo ganas de hacer deportes, con este laburo no podés

_ ¿Ni siquiera una vez a la semana?

_ ¿Y cuándo? ¿Después de almorzar?

_ Podría hacer al revés, cuando concluís tu laburo, te mandás para un gimnasio y después te volvés a tu casa.

_ Puede ser, lo que pasa es que al final toda la vida termina siendo la misma cosa: laburo y laburo y nada más. Pero no te creas que soy un achanchado. Estoy intentando salir los sábados a la noche. Cuando llego de laburar a las 22.00 realmente me caigo de sueño a la cama. Pero ahí nomás como algo, me baño y me siento como nuevo. Paso a buscar a una amiga que tengo para salir de vez en cuando a bailar y una vez adentro del boliche, chau, se te olvida el sueño y el cansancio.

_ Pasa: cuando tenía 20 ó 30 podía estar despierto tranquilo hasta las 6.00 am, pero ahora se hacen las cuatro de la mañana y ya no podés más, y es por el cansancio de toda la semana.

_ A mi me pasa que tras pasar el sábado a la noche con esta muchacha y empieza el otro día me agarra una sensación de vacío...

Así, bien seco. Lo que dijo sonó como al Charly de Viernes 3.00 am. "Cierro los ojos y ves todo el mar en primavera. Bang, bang, bang, hojas muertas que caen; siempre igual, los que no pueden más se van".

El cumpa, de unos 45 años, igual se lo veía optimista. Con ese bombazo esperaba una respuesta de mi parte. Ya podía apreciar mi viejo coche en el puente de la vereda del taller.

_ Las cosas del mundo nunca terminan de llenar una vida. Por más iPod y technotronic que inventen todos los días.

Luego le comenté mi experiencia de vida espiritual y lanzó lo siguiente:
_ ¿Hay muchachas solteras en las parroquias?
_ Ahora ya todas crecieron y las que conozco que no se casaron se sienten decepcionadas porque dicen que ya no existen hombres. Entonces algunas de ellas deciden bajar la guardia y engancharse con el primero que aparece....
_ ... no, no, eso jamás voy a hacerlo. Ahora quiero ser felíz con una mujer

Más allá de su soledad y de hacer un trabajo que casi no le da espacio para la vida privada, el hecho de que exista un hombre que desea amar a una mujer de verdad me pareció una excelente noticia, y se lo dije bien claro, porque no todos aquí en Mendoza están dispuestos a seguir creyendo que pueden formar una buena pareja para toda la vida.

lunes, 25 de mayo de 2009

Para qué me sirvió ir al Martín Zapata

No soy contador, ni economista, ni administrador de empresas. Ni por lejos. Me dediqué a la radio y a la prensa gráfica y digital. Pero, al igual que varios que no nos dedicamos a los números, egresé (hace ya 21 años) de la Escuela de Comercio Martín Zapata. ¿Para qué me sirvió el título de Perito Mercantil del mejor colegio de Mendoza de ese entonces con ese diploma? Como dice el contador Pepe Bastianelli, egresado del Zapata, “vamos a los números”:

Nº1 Plano laboral
Literalmente, para nada. Pero eso ya lo sabía. Por eso no busqué laburar en bancos y en todo lo que tuviera que ver con los números.

Nº2 Para ser realista
Hoy mi mujer me dice “metámonos en un círculo y cambiemos el coche”. Yo le respondo: “¿Con cuánto llegamos hoy a fin de mes?”. Ella responde como Google cuando te deja descolocado: "¡Oops!". Hablar del dinero con tu mujer es un tema serio. Algunas parejas de amigos andan traumados por haber gastado más de lo que podían gastar. Si hubieran ido al Zapata quizá tendrían menos huecos financieros para rellenar.

Nº3 Para tener memoria histórica
Los porteños tienen el Cabildo. Los tucumanos, su histórica casa de la Independencia. El Martín Zapata tiene la “máquina de contabilidad”, sólo comparable con la primera computadora IBM, de 1952, tamaño departamento de un ambiente.

Nº 4 Para sentir pasión por las mujeres
Cuando hice la universidad, casi todos mis compañeros venían de colegios mixtos con compañeras diosas. Para ellos, hablar de Pamela David era lo mismo que hablar de su prima hermana. Gracias a que gran parte de mi secundario en el Zapata éramos sólo varones, en muchos de nosotros el hambre primitivo por las mujeres (bien escaso para lo que era el turno mañana de ese entonces) se convirtió en una pasión romántica (o trifonera) de por vida: hacer feliz a una mujer será siempre para nosotros una necesidad básica insastifecha, aunque la vida, años después, nos haya regalado novias, esposa, hijos y suegras (hasta ahí, Mario).

Nº5 Para hacer que hablo francés
Entre los egresados del Zapata y del Universitario Central no había nada en común salvo la siguiente frase: “Alló, c'est Philippe Ledoux?, ¡Oui, c'est moi! ¡Bonjour Philippe, c'est Jaques! ¿Tu vas bien? Je suis tres bien ¿Tu es prest? Je suis prest. ¡Viens, vite!”. Con el tiempo me dí cuenta de que hasta egresados del Liceo Militar se sabían de memoria esta frase que aún, con errores gramaticales, conservo de un idioma que definitivamente nunca más aprendí.

Nº 6 Para levantar la autoestima
Pasan los años. Y de repente te lo cruzás en el Carrefour o Wall Mart. “¡¡Ehh, tanto tiempo!!”. “¿Estás casado? ¿Ya tenés hijos?”. “¡Bueno, veo que te ha ido bien en la vida!”. Después, cuando descargás el coche en tu casa, te sale de adentro “nunca imaginé a este caso perdido encauzado en la vida”.

Nº 7 Para destruir la autoestima
Pasan los años. Salís del cine del Shopping. Te dirigís al patio de comidas a tomar un café. Y ahí lo ves al que te hacía la vida imposible en el banco de atrás: pelado, vestido como tu viejo se vestía cuando cumplió 65 años, con cara de haber perdido la noción del término “educación física”, entregando la tarjeta de crédito a una mujer no tan atractiva como las que él se gloriaba desde el balcón del aula, cuando las chicas del turno tarde concurrían a las clases de educación física por la mañana...

Nº 8 Para el team
Es un caso raro. Pero los egresados del Zapata son como los habitantes del barrio UJEMVI: están en todos lados y en todas las épocas. Mi compañero de cuarto en Buenos Aires, estudiante de cine y jefe de una importante productora multimedia de Mendoza, fue egresado del Zapata. Y así fueron cruzándose más en la vida. Hoy, en la redacción de UNO Digital, el 50% de los jefes son egresados del Zapata. Y de nuestra pequeña redacción también los son uno de los editores de contenidos multimedia y uno de los periodistas. Somos un equipo.

Nº 9 Para aprender a estudiar
En esto soy sincero: el cambio del secundario a la universidad no me costó muchísimo. Esto gracias a que en el Zapata, en tiempos de Juan Saverio El Grande, realmente se estudiaba. Gracias a esa base pude adaptarme a la etapa siguiente.

N º 10 Para conservar la figura..esquelética
En tercer o cuarto año lo único que hicimos en educación física fue la vertical. Nada de hacer deportes ni de ponerse en estado físico. Dos vueltas a la cancha de básquet (100 metros en total) e intentar hacer la vertical durante todo un año. Yo nunca pude. El gordo Cuevas, tampoco. Ni siquiera me sale la vertical adentro de la pileta. Mi sobrinita, hace dos años, salió campeona nacional en salto en alto, en los Juegos Evita, una suerte de competencia olímpica entre los secundarios del país. Si nuestra promoción hubiéramos hecho eso, quizá hoy los egresados seríamos personas más saludable. Ese año no hice nada de nada de gimnasia...en gimnasia.

N º 11 Para ser libre
Hoy paso por el colegio y veo rejas, rejas y hasta casilla de vigilancia. No, en aquella época, para ir a la sanguchería “La Rabona” sólo bastaba saltar una pequeña pared.

N º 12 Para conocer el mundo
¡Má qué Google Earth y National Geographic! A mí me bastó con el mapa-pizarrón verde y las 10 millones de montañitas que marcó la tía A, una célebre profesora de Geografía. Una vez, un compañero, hoy médico oftalmológico, le pidió a esa profesora que le marcara en el mapa la Isla de Guilligan. Y ella lo buscó. Aún estamos esperando su respuesta.

martes, 23 de septiembre de 2008

Médicos residentes

En estos tiempos relativistas, en el que los valores dejaron de ser un patrón de medida para todos, para acomodarse a las ideas (o ideologías) que mejor encajan en los gustos de uno y peor encajan en el bien de los demás, quisiera rescatar historias vividas con seres que gran parte de ellos aún mantienen los valores positivos para todos: los médicos que hacen sus prácticas en hospitales y empiezan su vida laboral en los servicios de emergencia.

Asistía en San Pablo a un evento de la empresa informática Oracle. Durante una videoconferencia, en un auditorio repleto, empecé a ver nublado y a la vez, mi cuerpo hacía algunos movimientos no coordinados. Le pedí a Franco, editor de la versión digital de La Voz del Interior, que se fijara si había algún servicio médico. Dos minutos después cayeron con una silla de ruedas, me llevaron y me metieron en una ambulancia. Como aún mi cabeza funcionaba un poco pude explicarle (en español, por supuesto) que seguramente era una hipoglucemia y que la culpa la tenía yo, por no haberme medido el azúcar durante la mañana. La médica brasilera, una joven de piel morena, no sé cómo me entendió bien y me puso la inyección de glucosa con mucha profesionalidad (mis venas no ayudan mucho para estas cosas). Aún así me llevaron a un hospital y me atendieron con un trato excelente. Finalmente las cosas no fueron “como yo quería” (los diabéticos siempre queremos imponer nuestra voluntad porque sabemos que con un vaso de Coca Cola se arregla). Luego ellos mismos me llevaron nuevamente al hotel donde se hacía la conferencia. Cuando digo “ellos” también, al igual que acá, son médicos que se están iniciando. 

En Buenos Aires una vez caí al Pirovano. También por una hipoglucemia fuerte en la vía pública. Rescato la rapidez, decisión y profesionalidad por parte de los jóvenes médicos. También la compresión y la prudencia (porque podrían decirte “pibe si seguís así nunca serás abuelo” o “por culpa tuya tengo que laburar dos horas más”). En ese hospital público me atendieron de diez (y también me contuvieron bien porque permanentemente quise rajarme). Luego, otra experiencia similar en el Hospital Militar de la calle Luis María Campos. 

En Mendoza, también por las hipoglucemias, de todo. Desde un desmayo en las vías de la calle Belgrano, a la altura de Montevideo, hasta una caída en la acequia en la calle San Lorenzo, llegando a España, durante un mediodía en que llegaba de “trabajar gratis” vendiendo tiempo compartido en Maipú.

En todos los casos me atendieron médicos residentes. Mis primeros recuerdos son intentos, en estado de inconciencia, de evitar que me metan la inyección de glucosa. Mis recuerdos finales, cuando ese médico junto al enfermero del ECI me decían, ambos con una gran sonrisa, “flaco, vos no querías saber nada con nosotros”. De ellos escuché muchos consejos, evacué (como se dice en términos periodísticos) dudas básicas y recibí consejos de vida, que me ayudaron a planificar inclusive cosas del futuro, como el hecho de ponerle límites al trabajo cuando la salud te lo pide.

¿Por qué tantas hipoglucemias? Es que hace unos años si en Mendoza no tenías obra social o prepaga estabas frito. En aquellos tiempos, por ser diabético, no me aceptaron en ningún lugar (te diría que las prepagas siguen con esa medida) y para que tengas una idea, en la actualidad la insulina que ahora recibo gratuitamente sale cerca de 900 pesos al mes. Imaginate cómo sería vivir sin obra social. Las hipoglucemias se evitan con la medición constante del nivel de azúcar en la sangre. Para eso hay que destinar unos 200 pesos más en tiras radiactivas. Para eso no tenía guita y bueno, ahí vienen las consecuencias. Por suerte después empecé a recibir provisión de un centro de salud y luego, de un hospital público, cuando la Provincia se puso firme en ésto. Mientras no era que andaba rascándome: trabajaba en empresas privadas (prensa y radios FM, sobre todo) pero sin un contrato que incluyera obra social (para eso tenían que efectivizarte).

Volviendo a lo nuestro, tampoco quiero dejar de lado a un médico psiquiatra residente, a quien conocí hace diez días, cuando chocamos con nuestro vehículo. En ese momento, en vez de bajarnos calientes del coche para discutir (y aplicar los “valores” que mejor tiraban para cada uno) decidimos arreglar 50% y 50%: él cumplió en el acto. Y sabemos que un médico residente gana dos mangos y llegan a laburar hasta tres días de corrido. Son tipos que realmente muerden el polvo pero ¿por qué mantienen los valores? Sin dudas porque todo el esfuerzo, sacrificio y entrega que hacen a cambio de nada no se sustenta en el odio y el resentimiento, sino en una fuerte y natural vocación de servicio.

Sin dudas que quienes cambian los valores son las personas que sustentan en el resentimiento los reclamos justos o causas justas de vida. Agradezco a los médicos residentes porque son los que aún nos hacen creer que “romperse el lomo” por su propia familia, por la sociedad y por el país –y sobre todo, ponerle amor en lo que hacen- realmente sirve para algo.  

jueves, 18 de septiembre de 2008

Un cierre polémico

Sin darte cuenta metiste la pata.

Pasa. Y es común que nos demos cuenta recién cuando expira la última carcajada de todo el auditorio.

Me pasó en la secundaria una vez cuando el preceptor me llamó en el recreo de la primera hora. Me miró mal, como diciéndome "¿así que sos el más vivo, no?".  Recién caí cuando vi cómo el hombre observó con firmeza mis mocasines: el izquierdo era marrón y el derecho, negro. Reconozco que algunas veces me puse medias de distinto color (negras o marrones, azules o verdes, negras y grises, negras y azules, jamás un blanco y negro), pero de allí a ponerme calzados de distintos colores... Me dieron autorización para regresar a casa para cambiarme los zapatos, o mejor dicho, el zapato marrón, que era el que estaba de más. El otro lo tenía debajo de la cama.

También pasa con los jeans de moda que vienen sin cierre. Yo tengo uno que cierra con botones. Cada vez que salgo del baño me aseguro de que estén bien cerrados y diez minutos después, por arte de magia, mirás un poco al piso y te encontrás con que esos malditos botones se desabrocharon. Recién me pasó que me di cuenta en la calle que el cierre lo tenía abierto. Por suerte había un cajero automático. Una mina que no sé por qué estuvo un buen rato allí adentro mientras en la vereda yo estaba con la posición que adoptan los futbolistas que se ubican en la barrera de los tiros libres, es decir, la posición final de las manos al terminar de hacer una abdominal.  Y adentro del cajero tampoco fue muy fácil porque siempre otros -en este caso, como indica Murphy, mujeres- te están mirando a la espera de que le dejes el lugar.

El colectivo también es un sitio incómodo para subirse el cierre, sobre todo cuando te sentás en el medio en un viaje  con el vehículo repleto. El brazo que da al pasillo o al centro del colectivo cumple la función de encubrir al otro brazo que realizará la operación de subir el cierre o abrochar los botones del cierre. Sinceramente he advertido que todo el mundo se da cuenta, así que no es recomendable.

No hace mucho me pasó en una reunión con amigos en la Arístides que una mujer tenía abierto el cierre de su pollera. La única forma que se diera cuenta era avisandole, porque ese cierre se ubica en sus espaldas. Para qué. Ahí no zafás cerrando las piernas. La cuestión fue que entre todos hicimos un sorteo para ver quién le decía y cuando la cosa se estaba decidiendo, finalmente esta mujer pagó y se fue del local con el cierre abierto. 

No es fácil para los miembros activos del sindicato de Murphy. Uno cree que el que se burló lo marcó para siempre. Estoy seguro de que no es tan así. 

domingo, 24 de agosto de 2008

Morir por los demás

"Amar, amar, morir por los demás y así vivir", decía una canción en misa. A las 12 colgué en el último momento la noticia sobre el crimen en la Cuarta Sección. Pasadas las 17.30 me entero de la muerte del cura Contreras. Y lo primero que sentí fue un vínculo de lo que fue la vida de Contreras y la respuesta a la gran pregunta que todos nos hacemos: ¿para qué vivo yo? ¿qué sentido tiene la vida, y más hoy con la inseguridad y el consumismo? La respuesta la encontré en ese fragmento de la canción que inicia este párrafo. ¿Y cuál es esa respuesta? Es la siguiente: vivir por los demás, olvidarse de uno mismo, y todo por Amor, pero no un amor sentimental idealista, sino que un amor concretado en acciones, en hechos.

Tengo la sensación de que el cura Contreras no murió pobre, sino más bien todo lo contrario. Es lo mismo que se siente cuando uno empieza a cosechar tras haber trabajado toda la vida para enriquecer el corazón de los demás. Si todos los que hoy viven confundidos y desesperados entendieran este mensaje podríamos hacer un diario con menos noticias policiales. Reconozco que es tan difícil como imposible hacerlo, porque no seamos hipócritas: esto de vivir para los demás no lo hace nadie que tenga hoy trascendencia en los medios. Pero el sólo hecho de pensar en esta posibilidad me tranquiliza y me hace sentir paz.

Me da la impresión de que darlo todo y vivir para otros (y no vivir "de" otros) es la fórmula más completa de la vida. Pero qué difícil, ¿no? (pero en el fondo qué bueno, porque hay que estar realmente loco para hacerlo).

jueves, 21 de agosto de 2008

Mentiras en casa

"Ayer le dije a mi esposo que la semana pasada metí la rueda del coche a la acequia". "¿Te retó?". "Sí y no, se enojó un poco por no haberle avisado en su momento". "Yo directamente le miento. Siempre le miento en estupideces que puedan ocasionar una discusión".

Ella se sintió medio estúpida por haberle confesado a su amiga que nunca le miente a su marido, aunque tenga que decirle la verdad mucho tiempo después.

"Claro, la mentirita se ha institucionalizado", se atrevió a comentarle otra amiga. "Además no pasa nada, o te creés que ellos tampoco lo hacen", agregó.

Recuerdo cuando en agosto de 2006 viví el fin de semana de novios del movimiento Encuentro Matrimonial (un taller de comunicación católico) que aprendimos que "el amor es una decisión" y esa decisión implicó entregarme del todo a ella y ella del todo a mi, como más tarde aprendí de las innumerables charlas de Guillermo y Graciela Martínez, de los Focolares.

Suena muy lindo decirlo. Pero la peor decepción es cuando lo ponés en práctica y tropezás. A veces me he preguntado si conviene compartir todo o no, o bien, ocultar cosas que sé que pueden caer mal en mi pareja. Siempre está esa idea porque se trata de pensar con estrategia, pero confieso que cuando lo he hecho terminé sintiéndome muy mal, porque descubrí que ella igual te entiende y que se sentirá mejor si no le ocultás la mentira, por más pequeñita que sea. Es verdad que a veces son cosas tan estúpidas que ni siquiera tienen sentido (como lo puede ser ver algo sensual y desnudo en Youtube) pero cuando lo hacés una vez y se te ocurre pensar cómo sería la cosa si a vos te estuvieran ocultando algo, realmente no me sentiría para nada bien, y lo entiendo así, siempre y cuando se entienda que nada de todo esto altera la decisión de amar.

Ahora, supongamos que aceptemos que las mentiras pequeñas son saludables para evitar los despelotes, ¿cómo podría transmitir autoridad moral a mis hijos cuando yo sea padre? Como aún no lo soy zafo por poquito, pero eso es ser hipócrita, porque o sos un mentiroso o no definitivamente no lo sos. No tengo hijos pero sí tengo muchos sobrinos y realmente me da vergüenza cuando sé que puedo darles un buen consejo pero no se los doy porque no tengo autoridad moral dara darlo (ésto significa ser coherente con lo que decís, algo que quien lo escucha lo entiende porque alcanza a detectar la tonalidad de tu conciencia). Podrás decir que "la sociedad está acostumbrada a la mentira", sobre todo después de escuchar a Cristina cuando en su conferencia de prensa dijo que no se arrepentía de nada de lo que había hecho. Ahora, ¿institucionalizando la mentira zafamos de los que nos dice la conciencia? Supongamos, que en definitivamente sea así (un ateo inteligente te diría que la conciencia es una construcción cultural), ¿nos sentiríamos tranquilos si la mentirita se institucionaliza?

Creo que todos estamos de acuerdo con que preferimos que nos traten como a nosotros nos gustarían que nos traten, así que no creo que la mentirita institucionalizada tenga vía libre aquí. Pero parece, por lo que veo, (y vos también lo ves, supongo) que está muy institucionalizado en Mendoza.

Creo que la solución consiste en aceptarse uno tal como es y reconocer esas debilidades, saber detectar lo negativo que resulta esto a largo plazo (muchos, muchísimos divorcios se iniciaron a partir de pequeñas mentiras) y desde allí trabajar el diálogo hasta el fin, ya que si los dos aceptaron el amor como una decisión y la entrega mutua, el diálogo se hace sabiendo que siempre habrá momentos de ganar y momentos de perder.

Éste no es un tema lindo ni tampoco me gusta dar consejos; sólo es una opinión. Pasa que tengo la impresión de que no le damos bola cuando pasa porque, al igual que nos sucede cuando manejamos sin cinturón y a velocidad alta, creemos que no nos va a pasar nada.

jueves, 3 de julio de 2008

¿Qué tal sos como amante?

Así se llama uno de los artículos del nº 38 de Para tener una salud vital plus Como el título lo sugiere, es un test. Tras completarlo advertí los siguientes cuestionamientos (de mi parte):

1. “…no estamos hablando sólo de amor, un sentimiento tan complejo como para reflejarlo con pocas palabras. En este caso nos referimos sólo a lo sexual”.

¿Por qué hay que separar el amor del sexo? ¿Por qué no pueden ir juntos? Para eso hacemos un test para seres humanos y otro test para muñecas inflables. En fin, es contradictorio y ridículo que yo vea a mi mamá y hermanas como un tipo de mujer y al resto de las mujeres como sólo objetos sexuales.

2. Velada social en un salón, invitados, copas y buena música. Vos:

- charlás con tus amigos y de vez en cuando buscás al otro/a con la mirada
- no te separás ni un minuto y seguís a tu pareja a todos lados
- permanentemente estás susurrando cosas al oído del otro
- mientras tu pareja va de aquí para allá, vos te quedás en un rincón

Ok, muy buenas las opciones, pero ¿por qué tiene que ser así? Por ejemplo, en el primero dice “copas y buena música” y la verdad es que la buena música ya no existe en ningún escenario de la noche mendocina, salvo que sea el bar irlandés de la calle Colón o uno nuevo que pusieron en una ex playa de estacionamiento en la calle Arístides. Con un “¿cumbia nena?” lo primero que hacés es contar cuánto tiempo resta para volver a casa. La opción segunda (charlar con amigos y pispear un poco) en realidad lo que sucede es que con la misma pareja compartís la charla con amigos, por lo tanto no es necesario mirarla si la tenés a 20 centímetro de distancia. La última opción (quedarse en un rincón) no le pasa a uno, sino a los dos, ya que si ponen música kitch, automáticamente te marginás a la mesa de los morfis y ella te va a seguir siempre, y como mucho te dirá “saludo a las chicas y en 20 minutos nos vamos”. Vamos a otro punto del test.

3. Viajan largo tiempo en un auto en una ruta desierta:

- a veces buscás la mirada de tu acompañante
- buscás tocar temas que tengan que ver con el sexo
- aunque el momento pueda parecerte erótico, dejás que tu pareja haga o diga algo al respecto
- hacés continuas alusiones sensuales.

Con el mayor de los respetos, ¿cómo va a ser erótico andar en una ruta desierta mientras manejás un coche que sabés que es un arma letal, a la velocidad que vas?

Pongamos como escenario la Ruta 40, en La Tosca, a 60 kilómetros al norte de San Rafael. Si estoy manejando, mi mujer o estará leyendo una revista o estará apolillando (o como mucho preparando el mate). Y más que en huevadas eróticas, lo único que estás pensando es llegar rápido a San Rafael, pero sin exceder la velocidad máxima y además, rogar para que no se te aparezca un camión con damascos, que te obligue a reducir la velocidad a 40 kilómetros por hora. No podés manejar con el bocho en paños interiores. Eso es lo que sucede en realidad. No conozco a nadie que haya hecho los juegos eróticos de Alexandra, la sexóloga, en un Fiat Spacio, en el medio de la parte más desértica de la ruta 40, a 110 km por hora. Otro bochazo para el test.

4. Comenzás a desabotonarle la blusa, ella se resiste:

- vos no insistís
- le sujetás las manos y continuás
- fingís aceptar para volver a la carga
- aunque interiormente dolido, hacés como si nada hubiera pasado

La verdadera respuesta es que vos llegás fulminado a la cama (porque manejaste mucho y llevaste a todas las amigas de tu mujer a sus respectivas casas, porque los taxis estaban de paro y no había colectivos a esa hora), te ponés el pijama y prendés el televisor o agarrás la revista Selecciones (¡qué viejo!).

Y lo que hace ella es desvestirse sola, porque a vos ya te está agarrando el sueño. Ahí la mirás un poco y encendés una luz de alarma con el siguiente mensaje: si te sacás el maquillaje en menos de diez minutos, yo aguanto; si tardás diez años, me duermo. Y la verdad es que ellas siempre escogen la segunda opción. Así es que cuando ella sale del baño, ya lista para acostarse, si no pusiste el despertador del celular, habrá que esperar para otra ocasión.

En fin, este tipo de test suelen olvidar algunas respuestas que sólo te lo da la experiencia de la vida que no todos viven. Por ejemplo, no conozco algún test de pareja que incluya como opción “ella me transmite paz y confianza” a la hora de calificar por qué te enamoraste o por qué hay amor. Es que este tipo de respuesta la encontrás por sorpresa cuando te llega el momento y te da a entender que en el fondo (tanto de lo sexual como de lo amoroso), lo que vos querés es una solución y no un problema, y también alguien que esa transmita paz que silenciosamente te conquista para siempre y ayude a que los dos sean uno.

Las veces que he charlado de este tema con este tono pareciera que la gente se aburre (porque estos casos no hay razones para reírse de alguno de los dos).

martes, 1 de julio de 2008

¿Y la experiencia?

La pregunta viene porque las pocas veces que tuve la ocasión de ir al exterior (tres veces Brasil en los últimos cinco años y dos veces Estados Unidos, cuando estaba la convertibilidad) me fascinaba ver en aquellos países ciertas soluciones a cosas básicas que los argentinos siempre buscamos (respeto a la autoridad policial, baja inseguridad, casas de clase media con mucho jardín, control del alcohol y excelencia en la educación universitaria, en Estados Unidos y respeto a las normas de tránsito, baños públicos grandes, limpios y sin graffittis, lugares públicos sin basura y política de residuos reciclados, en Brasil).


Cuando llegaba a Mendoza, si bien todos me preguntaban por cómo eran las mujeres –siempre con el mito de que es más fácil afuera que en Mendoza- lo primero que hacía era contarles esas experiencias, que parecía fantástico que aún aquí nadie las aplicara. Por ejemplo, la campaña contra los accidentes viales en Brasil.


Vas por la ruta hasta Paso de los Libres, Corrientes. Cruzás a Uruguayaza, Brasil y en la ruta, hasta Porto Alegre, para dar un ejemplo, cada trescientos metros tenés un cartel que te dice “¿Duda? No pase” o “¿Bebeu? Nao conduzca”. Bien clarito, parece. Cuando les contaba esto a mis amigos quizá esperaba de ellos una reacción del tipo “¡Qué bueno, movámoslo para ver si alguna ONG nos da bola!” o algo así. Sé que estoy exagerando, pero cuando ves esas respuestas tan sencillas que aquí nunca encontramos porque todo tiene que pasar por el filtro de la ideología (“si eso lo hacen en Estados Unidos no sirve porque es capitalista”, en el fondo me querían decir , cuando les explicaba que allá los jóvenes se divertían y escuchaban rocanrrol, pero iban a clases respetando a los profesores y a todo tipo de autoridades).


Por alguna razón ( 2 razones, en realidad ) digo todo esto: una, porque cuando intercambio opiniones con amigos o colegas de otras provincias, sobre todo Buenos Aires, a ellos les interesa el tema porque de algún modo muchos de ellos han también han vivido esa experiencia o se la han contado. Y dos, porque cada vez que aparece un conflicto de moda, como lo es el de la salud y el de los taxis en Mendoza, lo que siempre veo en televisión, tanto de parte del gobierno como de los jefes gremiales, es que se aplican soluciones primerizas, es decir, empezando de cero, como si nada sobre eso se hubiera hecho alguna vez en el mundo.


¿Por qué rechazamos la experiencia del mundo para solucionar nuestros problemas? Un sociólogo diría que cada país tiene su idiosincrasia, por lo tanto el origen de los problemas siempre va a ser otro. “Está bien”, le contesto al sociólogo (que aquí en Mendoza, en su gran mayoría, tienen el defecto de mirar las cosas a medias por culpa de esa ideología demasiada crítica y escéptica, que los obliga a contemplar las cosas así). Pero ahora le pregunto al sociólogo (y a todos los que no se animan a aplicar en Mendoza una solución exitosa en el mundo): “Vos me decís que no sirve aplicar aquí eso que se hace en Estados Unidos, Chile o Brasil, porque el origen social de la raíz, bla, bla, bla, es otro, ¿pero realmente no sirve nada de nada, es decir, porque por una cuestión sociológica somos distintos de ellos eso significa que NADA de lo exitoso que se aplica en otro país sirve aquí?


Este tipo de mentalidad nos hace mediocres a los (creo que muchos) mendocinos, a tal punto de que ya ni nos entusiasman las respuestas “exitosas” porque de antemano ya la condenamos, lo que no nos queda otra que acostumbranos a escuchar y a decir que la inseguridad no se soluciona cumpliendo la ley, sino “equiparando la inequidad social” y así, un montón de cosas (que se vienen diciendo desde hace muchísimos años) que nunca lo van a ser, porque la realidad es que si un pobre empieza a trabajar (supongamos de plomero o electricista, dos oficios que se gana muy bien) y ve que otro, por el sólo hecho de viajar en colectivo a los actos kirchneristas en Plaza de Mayo, empieza a vivir mejor, ese plomero o electricista, cuando pase algo va a estar del lado de las cacerolas (oligarcas o golpistas para el gobierno), simplemente porque para salir de la inequidad hizo un esfuerzo y resignó horas de alcohol, droga y boliche. Y además porque se dio cuenta de que así podía ser verdaderamente libre y soñar con tener un hijo que pueda ir a la universidad, por decir algo.


En fin, lo que quiero decir es que ese tipo de mediocridad se traduce en un miedo a no ser prácticos o a implementar soluciones que vengan “de la otra vereda (hoy es la oligarquía de los países capitalistas desarrollados, mañana será otra razón o excusa)”, cuando en realidad ni a mi ni a nadie nos importa de dónde viene ni quién lo inventó (si vino de una democracia socialista europea o de un capitalismo sin rostro humano estadounidense), sino que lo que nos importa es que esa huevada sirve y además es simple y fácil de hacerlo.

domingo, 8 de junio de 2008

La fanática que Chayanne jamás imaginó

Ella vive en una villa de emergencia, quizá la más peligrosa de Mendoza. Pero pertenece a la gente que trabaja, no a los que más difundimos los periodistas en los policiales. Trabaja como empleada doméstica en tres lugares distintos y siempre se la ve tranquila y agradecida en la vida. Alguna vez me dijeron que eso significa tener experiencia en la vida.

Pero siempre aparece una anécdota que rompe los esquemas: esta vez fue mientras planchaba en mi departamento, me comentó que la última vez que vino Chayane a Mendoza lo fue a ver. Todo bien pero…

…ese día se levantó a las 6.30. Se tomó el colectivo que la llevó de la villa al barrio donde trabaja. Se desocupó como a las 17 y se fue a mi departamento del Centro. A las 19 se fue caminando hasta el Estadio. Entró, se metió bien adentro y no descansó en todo el concierto. Terminó la función, y le escapó a los puestos de choripanes. Esa noche no cenó. Se fue caminando del mundialista hasta el Centro y de allí siguió paso a paso, hasta la villa, que queda en el Gran Mendoza, a unos 15 kilómetros de Ciudad. Por lo menos esa noche se acostó a las 4 am.

No me dijo si le faltó el dinero para tomar un colectivo o comer un choripán. Creo, sinceramente, que se sintió tan agradecida de la vida que se olvidó de que tenía que caminarse todo y de que...tenía 60 años. Creo que eso pasa en los que son pobres y humildes (cada vez menos, en la actualidad), que saben sobrellevar la vida de tal manera que lo que para nosotros es una cosa grande e imposible, para ellos es algo simple.