martes, 31 de marzo de 2009

Las chauchas son afrodisíacas


Es una pelotudez rotunda. Pero pasa. Es cuando se te desordena la estima de una persona -muy bien configurada por tus prejuicios-, a partir de una frase que descoloca a todos.

Que lo diga un amigo del trabajo en un momento de catarsis humorística es una cosa. Que salga de la boca de tu suegra (que iba a primer grado cuando Mirtha Legrand terminaba el jardín de infantes) es similar a la posición desconcertante de un defensor plantado por Messi, en una de sus aceleradas que terminan en gol.

Y de paso, ella la remata así: "en casa comíamos muchas chauchas, porque la gente de las fincas se las regalaban a mi padre".

"CHAUCHA CHAUCHA: Planta parecida al llantén , mezclada con raíz de perejil, apio, borrajas y azúcar prolonga el coito y aumenta el semen" (¿de dónde lo saqué? ¡¡De acá!!!!). 

"No hay que subestimar a los defensores que dejé plantado". Tenés razón, Pulga.

Una cosa es que alguien que se crió en los '40 en un pueblito del sur sanrafaelino te diga "no por mucho madrugar se ven vacas en camisón" o "no hay mas perro que la gata y la gata no torea", pero otra cosa muy distinta es que te diga que las chauchas hacen bien al sexo y que en su casa se comía muchas, con una naturalidad como si no supiera bien lo que está diciendo. Y aquí era el punto en cuestión donde quería llegar.

Inocencia value for ever

El doble sentido es de lo que más hizo crecer la contaminación en el planeta en los últimos años. Aquí no existe un Al Gore u otro que haga campaña por la inocencia. Todo lo contrario. Desde los medios, pasando por las aulas de primer grado y llegando hasta las instancias donde menos te imaginás, el doble sentido está presente.

Ahora, ¿mi suegra también está contaminada con esa mentalidad que rinde buenos dividendos a todos quienes se dediquen a ese tema desde sus respectivos rubros, ya sean medios de comunicación, venta de preservativos o de revistas rojas, o locales para apagar el fuego de la calentura para encender la mecha que hará detonar a una familia? (¡qué pregunta larga, no?).

Estoy muy convencido de lo siguiente: mi suegra tiene inocencia. En Mendoza aún hay algunos abuelos y hasta adultos que mantienen la inocencia. Y por culpa de ella, muchas veces descolocan a otro cuando largan una papa perfectamente encuadrada en el doble sentido.

"Bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios", dijo el Maestro.

La inocencia vale la pena. Mejor dicho, hay que recuperar la inocencia y de paso, la verdadera mirada. 


lunes, 23 de marzo de 2009

Conciencias


Si todos los mendocinos hacemos un examen de conciencia, ¿acaso nos puede informar por qué cada vez hay más asesinatos, más matrimonios disueltos y más hijos huérfanos; en síntesis, más miseria y falta de felicidad?

Vamos por parte. Primero leamos lo publicamos ayer a las 23.26: "Un Falcon mató a un motociclista en Maipú y se dio a la fuga"

El del Falcon venía a las 5.30 del domingo, es decir, volvía del sábado a la noche, por Castro Barros, cuando de repente, al cruzar Perito Moreno -una calle más importante y con mayor circulación que Castro Barros- no frenó y se llevó por delante una moto que conducía un hombre de 25 años. Y tras atropellarlo, lo arrastró una media cuadra. En vez de asistirlo, directamente huyó.

¿Cuántos hechos parecidos a éste han ocurrido en Mendoza en los últimos años?

Ahora entremos en un escenario imaginario, con sensaciones reales.

El tipo del Falcon llegó a su casa. Estará pensando si la policía lo identificó o no. Guarda el coche. Va a la cocina. Come algo. Su conciencia ya la tiene colapsada. ¿A quién se lo va a contar? Díficil, ¿no?, porque podría mandarlo en cana. No lo tiene que saber nadie. 

¿Alguna vez un amigo tuyo te llamó y te dijo: "mirá, no aguanto más: maté a un tipo con el coche"? Entonces, ¿el hombre que lo atropelló y mató habrá dormido bien? ¿Qué habrá pensado al enterarse por los diarios digitales que su crimen fue publicado en los diarios, que incluso identificaron su coche? Y eso pasó en la madrugada del domingo. Ya pasaron dos días. Y es probable que no lo agarren, como pasa siempre en estos casos. Y...

¿Y la familia del motociclista de 25 años? Imaginemos verlo desde una web cam. Domingo triste. Toda una familia no cae en lo que está viendo: el hijo, el hermano, en fin, allí en el féretro. Hasta anoche estaba de lo más bien. Tenía 25 años. Toda una vida por delante, diría cualquiera. ¿Y el hombre del Falcon, acaso creés que pudo dormir una siesta el domingo mientras en la casa del atropellado se vivió un velorio?

Y van a pasar los días. Y la conciencia no lo va a borrar. Ese hombre del Falcon, supongamos el día que empiece un laburo nuevo, no podrá ser sincero y amplio con sus nuevos compañeros de trabajo porque estará ocultando un tremendo agujero negro. Todo pinta para que termine siendo un tipo resentido y miedoso, sin las cuentas cerradas de su alma.  

Cerremos este caso y vamos por más:

¿Acaso una mujer que abortó puede ponerse un vestido blanco de novia?, ¿un tipo que abandonó a su esposa apenas ella parió a su segunda hija puede decirle "te amo" a esa mujer que ayudó a quebrar ese matrimonio?, ¿un tipo que maltrata a sus empleados en el trabajo puede decirle a alguien "ojalá que te vaya bien"? (¿quién le va a creer?). Un tipo que agarró un revólver y asaltó a un taxi o remis, ¿tiene autoridad moral para considerarse un "macho", un "hombre trabajador"? Por culpa de tipos como él, el gobierno de Mendoza destinó ¡¡40 millones de pesos!!! Digo yo, ese delincuente habrá pensado alguna vez que esos 40 millones para Seguridad se podría destinar a becar a estudiantes pobres en la UNCuyo, por ejemplo?, o a proveer mejor a todos los centros de salud de la Provincia.  Se me ocurre decirte lo siguiente: ¿qué tienen adentro de la conciencia? ¿son personas realmente transparentes? Estas dos últimas preguntas también se las hago a los fanáticos abortistas, que a pesar de que el Gobierno destina fortunas para condones y métodos para no tener hijos, igual insisten con el crimen de los bebés por nacer. ¿Realmente qué tienen en sus conciencias para que también muchas de esta misma gente sean acérrimas defensoras de los derechos humanos del pasado reciente? ¿En sus conciencias no se les pasó por la cabeza las 700 familias mendocinas que esperan una criatura para adoptar? O que el Gobierno podría destinar toda esa bocha de guita que derrocha para impedir el crecimiento de la poblaciones y aún no ha puesto un mango en las parejas que necesitan un tratamiento complejo para tener hijos. Estas últimas, parejas íntegras que realmente merecen plata por parte del Estado. 

Por último, entiendo que un abogado tiene que defender a criminales. ¿Pero no sería más sincero que un abogado defensor, que sabiendo con certeza que su cliente realmente fue el asesino, le diga al juez lo que sabe y evite inventar una estrategia para que ese criminal vuelva a la calle? ¿Qué puede tener un abogado así en la conciencia? Yo, si fuese abogado, no me daría para defender a alguien que asesinó o violó. La conciencia te lo marca.

En fin. En el tema conciencia, como ven, casi todo empieza y termina en nosotros. 

La conciencia se puede cambiar. El perdón existe. La posibilidad de rectificar, también. Pero nadie quiere hacer el Vía Crucis. Ahora que estamos llegando a las Pascuas, ¿qué cara vamos a poner cuando veamos el cuerpo ensangrentado de un Dios que se hizo hombre para entender mejor al ser humano, sobre todo en las sombras de su conciencia? 

Mentalmente vamos a estar pensando en algo que nos haga zafar. O minimizando las culpas. O directamente, borrando las culpas, como si no existiera esa señal de alerta de la conciencia (la culpa) para que empecemos a hacer las cosas bien.

En lo personal, creo que por más libertad, dinero y poder que uno tenga, todo queda a la luz cuando mirás a una persona a los ojos: por más que su ideología o criterios diga que está bien todo lo que hace, si hay ausencia de paz es porque no pudo tapar un agujero negro gigante. Y entonces, esa libertad, dinero y poder apenas serán una sensación leve y efímera.

Aunque la sociedad te condene de por vida, igual se puede rectificar y estar en paz con la conciencia.

jueves, 19 de marzo de 2009

Los nuevos nombres mendocinos


_ ¡Este cliente se llama Alexander Douglas!

No lo dijo la cajera de una aseguradora de Miami. Lo escuché esta mañana de una ejecutiva de una empresa situada en la avenida Vicente Zapata llegando a Salta.

Hablaron un rato de los nuevos nombres mendocinos. Graciela me dice que muchos mendocinos se ponen nombres 100 por 100 yankis porque así "se sienten más importantes". Un sociólogo diría que es una nueva manera de hacerse reconocer en la sociedad.

Una señora que trabaja en el barrio UJEMVI -sin dudas, un barrio generador de mundos- vive en un barrio pobre y nos dijo que su flamante nieto se llama Adan Michael (que en español suena muy distinto a como se ve en inglés, es decir, "ádam maicold").

Está el caso de los mendocinos que pasaron años fuera del país e impusieron a sus hijos nombres yankis, como el caso de un conocido de mi, Jonhatan S.

A la vez, está el caso de los segundos nombres de los chocos, como es el caso del Richard Matías. 

En nuestro registro hay nombres para elegir: Alaor, Alastaric, Albert, Anker, Caitlyn, Camelai (¿por qué no el chileno "Cachai"?, Cathy, Cheyenne, Painegour, Patrobas, Perry, Sabirah, Scarlet y Scarlett.

Si seguimos con estos nombres, en el 2050 la selección mendocina de fútbol podría ser la siguiente:

1. Angioplasma Ubrea Zorzal (arquero)
12. Churrasco Tsé Vagina Animal (arquero suplente)
2. Celso Amapola Yahoo!
3. Avestruz Vendimia Pérsico
4. Oreganato Oberá Rancagua
5. Julianna Sin Papa Andrade
6. Homero Concha Saratini
7. Avestruz Corazón de Pollo Ruiseñor Montes
8. Maverick Boca de Abuela Bombinhas
9. Laviano Sufflair Melenil
10. Alvéolo Durango Motta
11. Astroboy Avila Kuyunchoglu
DT Idilio Necrofilia Cucheta Méndez 

lunes, 16 de marzo de 2009

Lo mejor vs lo peor de nosotros

A lo largo de estos días volví a experimentar una cuenta pendiente de los mendocinos que hace mucho decidí enterrar: la mentalidad de los prejuicios.

En realidad no quiero profundizar nuevamente sobre este tema, sino tirar una idea más general que puede servir quizá de puntapié inicial para comprender el por qué muchos mendocinos son prejuiciosos.

Anteriormente había contados de mis cuatro años de vivencia en Buenos Aires sobre la ausencia de prejuicios por parte de ellos en lo que hace al trato persona a persona, no así cuando se trata de ítems más generales, como el decir "yo, mendocino" (para ellos, "vos shileno") o "Argentina, potencia" (o lo que se puede interpretar como "Latinoamérica somos nosotros, Brasil y el Machu Pichu, loco").

Hace un tiempo leí una nota en el que David Lebón explicaba por qué se fue de Mendoza: decía que él siempre fue abierto a los mendocinos, pero los mendocinos tienen algo que nunca lo voy a terminar de entender. Paradójicamente, los mendocinos entendemos qué significa ésto y a la vez, lo aborrecemos y también lo alimentamos, a esta altura creo, ya sin darnos cuenta.

Esto se entiende así (vayamos al grano, Mario, que el motor del coche ya se asentó): la voluntad (del mendocino) de buscar lo mejor de vos contra la voluntad de buscar lo peor de vos.

Quizá será porque cuando uno sale de la provincia y del país se siente más distendido y abierto, pero estando afuera de Mendoza (y mucho más si es fuera del país) encontré a personas con quien te has relacionado sólo horas o escasos días, pero que ahí nomás te das cuenta de que esperan sentirse bien con vos y ellos buscan agradarte. Así, por ejemplo, un porteño espera la oportunidad de decirte todo lo bueno que vos tenés y las cosas buenas que podés explotar en la vida partiendo de la base de tus talentos y cualidades. De igual modo con un latino que reside en un pueblo universitario de Estados Unidos, un chileno o un brasilero. Uno se sienta a charlar con ellos -ya sea el mozo del café o del pub, o la dueña del drugstore de la playa, la barra donde hacen la caipirinha, o el educado conserje del hotel- y te das cuenta de que su sentido crítico lo utilizan sólo para informarte cosas interesantes, o bien, para orientarte con algo que ellos saben muy bien que a vos te hace falta. Lo importante aquí es la sensación que causa en la persona (en este caso, en el mendocino visitante).

Por alguna razón que aún no sé - ¿será esa huevada de que las montañas nos hacen cerrados?-, aquí pareciera que los prejuicios tienen absoluta libertad para convertirse en absolutos juicios críticos, en general, muy en contra de la otra persona. Si existe admiración (o prejuicio positivo) seguramente lo será porque vos sos "el hermano de" alguien con muy buena reputación o porque sos "de muy buena familia", que en general significa algo así como "familia de buena posición económica y de buenos valores". Pero a la hora de mostrar tu alma y encontrarte que sos un 50 por ciento una mezcla de Charly García, Jim Morrison y Peter Capussoto, y otro 50% de toda la gama de reputación positiva que pueda existir -en síntesis, alguien que sólo escribe con su propia letra- pareciera que aún sigue asustando.

A la vez, ese prejuicio sigue cuando te juntás con personas con quien compartís ese 50 por ciento bohemio y creativo, notás que ellos siempre tendrán un odio o rechazo a todo lo que sea tradicional o conservador "porque sí", entonces también te sentís desplazado (o discriminado) porque vos no podés ocultar ese otro 50 por ciento "de conservador bueno" que tenés.

El resultado final: una sociedad enfrentada y dividida por sólo prejuicios. Consecuencia en la vida real: pocas posibilidades de triunfar y de encontrar tu lugar por la eterna distancia que habrá por el eterno cerco que rodean tu honestidad brutal. En síntesis: o sos un rockero abortista consumista de sexo libre y drogas, que aborrece a quienes imponen límites, o sos el conservador que aún usa pantalones grises que pican la piel y que son fervientes antiabortistas con cara de perro. Pero nunca algo que rescate lo mejor de los dos: un amante de la vida, de Dios, del amor y de la creatividad y el talento.

Cuando encontrás a alguien que busca lo mejor de vos, inmediatamente te cae la ficha de que se trata de una persona madura, que no se quedó en la mediocridad y que no habla de más. Todo esto dice mucho: educación, integridad afectiva, ganas de relacionarse, virtuoso (por pensar en el otro más que en sí mismo), ausente de resentimientos y a la vez, práctico y ejecutivo. 

¿Si esto será así por siempre? No creo. Mendoza ya no es un pueblito, como hace 25 años. Ahora estamos en el camino intermedio entre gran ciudad y pueblo. Una época de transformación y adaptación. Y quizá el punto de partida de todo este proceso sea el cambiar un poco la mentalidad: si vamos a ser una provincia "grande", tenemos que pensar "en grande".  Para ello es clave empezar a valorar lo positivo de las personas, porque todos somos actores en esta obra.

 

martes, 10 de marzo de 2009

En los cerros


_Me dijo que este año la de San Martín va a ser la Reina Nacional de la Vendimia_

_¿Pero cómo, si todavía no eligieron a la de San Rafael, Las Heras, Guaymallén y no sé cuántas más_

_Es lo que ella me dijo_

_Y ¿por qué?, pregunté sin saber si ubicar el primer signo de interrogación antes o después de la “Y”-

_ ¿Te acordás que te dije que esa chica había llegado al trabajo gracias a que colaboró con Jaque en las elecciones?

_ O sea_

_ O sea. Bueno, me dijo que el intendente de ese departamento apoyó a Jaque antes de que fuera candidato a gobernador de Mendoza. Por eso_

_ O sea_

_ Así es, o sea_

Eso fue a principios de febrero. 

Recuerdo que cuando me reincorporé al diario le dije a Nacho: “te lo digo ya: la de San Martín será la nueva Reina de la Vendimia”.

A medida que fueron eligiendo a las reinas y llegaban al diario para entrevistas y sesiones de fotos, a lo largo del mes de febrero, yo me decía “¿será cierto, al final, todo ésto?”. Después de todo, la de San Martín se veía muy linda, pero...igual las cosas así no cierran, o sea.

Reconocida

El sábado último a la noche nos fuimos a los cerros a ver el Acto Central. Tenía ganas de estar cerca de la gente y ver cómo se vivía la fiesta desde allí adentro. Y de paso, hacer un poco de deporte (o sea).

Dejamos el coche en Luzuriaga y Huarpes (para no tragarnos el lío de tránsito después, a la salida) y de allí pateamos derechito hasta el anfiteatro (de una media hora a cuarenta minutos). Llegamos a las 22.00 en punto. No escuchamos los abucheos a Jaque ni los elogios a Cleto. Nos lo perdimos por cinco minutos. Encaramos una montañita. La subida era brava, bastante brava para ser de noche. Subimos, nomás. Cuando llegamos arriba nos encontramos con que no se veía nada ni había lugar para estacionar los omóplatos y el paragolpe trasero de nuestro ser a tracción de sangre. Yo transpiré. Abrí la Pepsi Max y tomé un cacho. Luego saqué un caramelito de miel, para frentar algún eventual hipoglucemia. Intentamos convencernos del lugar pero fue imposible. Nos retiramos. Alerta: bajar es más peligroso que subir.

Casi me caigo de tobogán. A la vez, mientras bajábamos unos cuántos subían. Vi a una pareja con un bebé y dos chicos. Le tuve que decir. “Cumpadre, no entra ni la mitad de tu alma allá arriba”. Me hicieron caso y abandonar la escalada. Nosotros nos pusimos a la cola de un grupo de promotoras que parecía la corte de la reina de bomboncitos.com. Iban para la zona del palco oficial, según me dijo el cana que también me dijo que nos coláramos “porque nadie se da cuenta”. Estúpidamente me pregunté ¿cómo me voy a colar si después voy a contar esta historia en Internet, o sea? (el “o sea” final completa la otra mitad de la pregunta, o sea). “Muy linda Rocío, la de Tunuyán”, pensaba para desviar la conciencia de mi conciencia. “Sí, pero en Internet ganó la de Godoy Cruz y quedó San Rafael y San Martín, ahí pegados”, seguía tonteando mi cerebro. Quédense tranquilos: seguí de largo y no entré al palco oficial. Encaramos otro cerro.

“Oiga señor, por aquí suba”, me dijo un guachu pulenta que jugaba con otro polluelo de su edad. “¿No es una tortura llevar al Acto Central a un niño que por más esfuerzo que haga jamás va a entender lo que sucede arriba del escenario?”, me decía mentalmente para masticar el tiempo al cuete que llevábamos caminando. Subimos (esas subidas que vos sabés que te espera una bajada muy dura y con posibilidades de asentar el paragolpe trasero con curitas). ¿Qué veo? Misterioso (no tanto): el cerro completamente abarrotado de personas que no podían ver el espectáculo, pero igual disfrutaban estar allí sentados, con sus mates, manteles, facturas, choripanes...bebés en su octavo o noveno mes de embarazos y...¡cómo hicieron para subir a los chocos! Encontramos un lugarcito y nos sentamos. Se nos vino Rebecca, una choca marrón, bien cachorrita y con un miedo bárbaro (los fuegos artificiales para los chocos son como bocanadas de espantos de la suegra hacia un humano común y corriente normal). Sentados con 0% de vista al espectáculo. Parado tampoco se podía ver. Y menos con los periscopios blancos de cartón. Todo el mundo estaba en su mundo. Nadie seguía el hilo de un acto central que no podían ver. Pero igual, felices de estar simplemente por estar. Sacamos los sanguchitos de miga y el resto de la Pepsi Max. Tenía mucha sed. Rebecca no quiso restos de sanguchito. Seguía asustada.

“¿Y dónde están los mendocinos que fueron a los cerros?”, lanzó Laura Carbonari, al final del espectáculo. Llegó a la zona donde estábamos como una voz anónima, del silencio, que les despertó el alma y les hizo recordar que se venía la elección de la reina. Aplausos para Laura, es decir, para ellos mismos. Y seguía las vueltas de calesita vocal de los conductores y algunos ya empezaron a silbar, ¡qué carajo, que digan dónde está la barra de Las Heras, Godoy Cruz y Guaymallén, que elijan a la reina y que tiren los fuegos artificiales, a eso hemos venido, se ha dicho, o sea!.

Otro aplauso para Laura Carbonari. Se le ocurrió decir que la Vendimia era la fiesta de los cosechadores. Sólo eso. El mendocino común y corriente se sintió leído por primera vez en la noche. Luego vino las palabras finales de la reina Florencia Tous (¡ah, fue después de la elección, pero igual lo cuento ahora, o sea!). Aplausos totales, diría Cerati. Qué lindo ver a la gente cómo reconoce a una reina que también fue electa en una votación dudosa. Digo “también” no por consecuencia de algo pasado, sino por lo que sucedería en unos minutos más (o sea). Al final, las reinas no tienen la culpa de las internas de la política. Son muy pibas para asimilar todo ese mundillo de poder corrompido. Por eso los mendocinos siempre terminan reconociendo a quien fue su soberana nacional. Florencia hizo un buen reinado y para los mendocinos que estaban en los cerros, seguiría siendo su reina por muchos años más, como hoy lo siguen siendo la Fornara o la Gaua.

Llegó el momento de la elección. Nos metimos más adelante, casi apretados en la multitud, para al menos poder ver un cacho el escenario. Empezó la elección. Como sanrafaelino siempre hinché por San Rafael, pero este año quería que ganara Godoy Cruz.

_ “¡¡¡Un voto para Godoy Cruz!!!”_

Estallaron los gritos en los cerros.

_ “Un voto para San Martín!!!”_

Nada, ni el gato. Perdón, sí, allá lejos veo a dos tipos con algo en las manos, sí, votan a San Martín.

_ ¡¡Un voto para Las Heras!!”

Se viniero los cerros abajo.

_ ¡¡Un voto para Guaymallén!!

Temblor de 6 grados Ritcher.

Fin de la elección. Allí había una pantalla gigante. Todos se acercaron para ver a Candela. Pero sólo eso. Cuando ella dijo sus primeras palabras casi nadie la estaba escuchando: ya estaban descendiendo. Estaba empezando a llover un poco. ¡¡Pero qué esperan para tirar los fuegos artificiales!

_ Señor, ¿quiénes son los que votan a las reinas?, me preguntó un hombre bastante humilde, creyendo que yo sabía mucho. Tuve que decirle que los políticos, los periodistas y otros más.

Sí, esa fue la sensación: la nueva reina no era la que esperaban allí, en los cerros. Pero tampoco estaban de mal humor. Simplemente agarraron sus cosas y encararon la bajada jodida. Había una mujer que tenía una panza de como 14 millones de meses de embarazo. Luego vi a otra casi igual. Y a otra, en la misma situación. Los perros bajaban por su cuenta. Nunca supe cómo bajaron a Rebecca.

Abajo nos fuimos otra vez a la zona de palcos, para agarrar directamente la salida. No nos dejaron pasar porque tenían que salir las figuras, políticos, periodistas y todo eso. Se venía juntando la gente como agua en un estanque que no da a basto. Niños chicos. Carros de bebés. Más mujeres embarazadas. Un hombre utilizó a su niño de escudo y le enseñó a su hijo que hay que insultar y empujar a la policía para lograr el Bien Común. La policía cedió, y cedió con todos. “¡Viva la policía!”, vitorearon las señoras de no más de 30 años pero que parecían de 50. Vi a un senador nacional por Mendoza y a algunos periodistas amigos. A uno le dije que “vas a tener que escribir una nota sobre eso que me dijiste acerca de que siempre existe una “reina política” y una “reina del pueblo”. Recorrimos la playa de estacionamiento. Encaramos hacia la salida que conecta directamente con Boulogne Sur Mer y vimos a una embarazada que cargaban entre muchos arriba de una Pick Up. ¿Qué le pasaba a esa mujer? Al otro día nos enteramos del bebé Candelita. Pero nada que ver con ella, estoy seguro. 

Un símbolo de paz

Desde hace mucho tiempo que sueño hacer en el diario un suplemento que se llame Familia y que básicamente consista en instalar el tema familia en la agenda periodística. Una trabajadora social del Poder Judicial te puede diagnósticar la familia de donde salió un delincuente. Hay muchas noticias allí adentro. Otras historias para contar a modo de relato periodístico son las familias que lograron encauzar a sus hijos durante la adolescencia, las familias que superaron el miedo de adoptar y adoptaron, las familias que no logran contener a las hijas que quieren abortar, las familias con hijos discapacitados que adquieren valores para sacarle el máximo provecho a la vida, cómo afecta en la familia de los trabajadores las historias de quienes trabajan los domingos en shoppings o centros comerciales. Pero sobre todo también hacer incapié en las familias que se forman de un día para el otro y que deciden explotar a sus hijos como mendigos en las calles, y también abusar sexualmente de ellos, es decir, cómo se llega hasta esa situación, qué recorrido hace para terminar en un desenlace de ausencia de felicidad. Todo ésto es el tema que se viene y que aún el periodismo no lo reconoce, ya que a la hora de hablar de familia todo empieza y termina en un psicólogo y no en especialistas de familia, como hay ahora en Mendoza, como también en profundas investigaciones sobre historias de vida.

Candela Carrasco es la primera mujer que escucho que le interesa abordar la paz y tranquilidad en la familia. Dio en el clavo. Acertó totalmente. Pegó en el lugar donde más duele intervenir, analizar y llevar a práctica soluciones. Al fin y al cabo sabe que la inseguridad y la tristeza en la juventud de hoy viene por una ausencia de amor y desprecios de los valores, que empieza desde casa.

Esa es la reina que quiero (y que queremos). La que en medio de tantas confusiones y relativismos que nos aisla de las verdaderas soluciones, rescate la sencillez de buscar un símbolo de paz (aguante Charly).

Sobre esta Vendimia (y en todas las cosas de la vida) prefiero rescatar lo positivo, más allá de la circunstancias positivas o “no positivas” (diría Cleto, o sea)

viernes, 6 de marzo de 2009

Bendiciones

"Ha sido bendecido alguien que desde hace mucho tiempo tiene muchísimos dolores en la columna vertebral. Puede ser hombre o mujer. Pobrecito, tiene la columna muy dañada y con dolores fuertísimos. A esa persona le digo que en nombre de la sangre preciosísima de Jesús ya puede moverse bien, caminar y hasta saltar. Por favor, esa persona está acá. Tiene que sentir esa bendición”.

Silencio absoluto. Unas 18.000 personas aguardaban el jueves último a la noche, en miradas que rotaban todo el predio del anexo de Murialdo de Guaymallén, si alguien se paraba y empezaba a caminar. Nada.

“Una persona ha sido bendecida en su columna vertebral. Ahora tiene que sentir sus huesos llenos de vida. No sé si es hombre o mujer, pero está acá...”.

Treinta segundos eternos. De repente, rumores silenciosos provocaron una dirección de miradas hacia un solo lugar: alguien, allá lejos, efectivamente, se acercaba al escenario-altar donde predicaba el padre Darío. Otra persona, más cerca del escenario, también con muletas, se levantó y dio unos pasos muy forzados. El padre Darío lo vio y le dijo: “Hombre, no creo que sea usted. Veo que esté caminando con dificultades”.

Al mismo tiempo llegaba al escenario una señora, que aún no entendía lo que le estaba sucediendo en su cuerpo. Pocos le prestaban atención. El padre Darío -dudoso de saber si era ella la persona bendecida-, prefirió observarla un rato para constatar si era ella. Pero esta mujer agarró el micrófono y dijo: “¡los dedos de mis pies se están estirando. Desde que me operaron eso no me pasaba!”. Entonces el cura directamente le ordenó: “¡A ver, agáchate!”. Esa mujer, efectivamente, recogió su cuerpo y experimentaba una sensación de flexibilidad absoluta. No había dudas: era la bendecida.  La mujer, una señora grande de edad, como decimos acá, lo primero que le salió del alma no fue "¡estoy curada!", sino que “aleluya, Jesús vive, Jesús me ha bendecido”.

El origen del milagro

Mientras ninguno de los 18 mil presentes caíamos, inmediatamente el padre Betancourt anunciaba que alguien con la mitad de su rostro paralizado y que había comulgado en la misa estaba siendo bendecido. Durante dos minutos pidió que esa persona se manifestara. Le dijo que se parara sobre una silla y sonriera, para comprobar que todo su rostro se movía. Un minuto -que pareció veinte mil minutos- bastó para que otra mujer, apenas perceptible con mi mirada, se subiera a una silla y experimentara por primera vez en no sé cuánto tiempo una sonrisa nueva y amplia. El entusiasmo popular, ya encendido, no bastó para conformar al padre Darío: insistió varias veces hasta comprobar si era ella. Es que ante un escenario así, muchos sienten -quizás mentalmente- el efecto saludable de la bendición. El día anterior, miércoles, había pasado algo así: la bendición fue para un hombre que usaba bastones y con muchísimas dificultades para caminar. Unos cinco o seis, con ese problema, empezaron a caminar medio a los tumbos. Hasta que finalmente apareció un hombre, que hasta antes de que recibiera la comunión apenas podía moverse, ahora casi trotando hacia el escenario.

Todo esto ocurría luego de que casi todos recibiéramos el cuerpo de Jesús en la misa. En el momento de la meditación personal que viene después de comulgar, Betancourt fue recitando cada parte de nuestro cuerpo, pidiendo que sea bendecido por la sangre de Jesús, hijo de María. Esa meditación fue el epílogo de una jornada de oración de muchas horas, que a esa altura no parecía tantas. Durante ese tiempo habíamos asimilado con palabras repetidas en silencio la llegada a nuestro cuerpo de la sangre bendecida de las llagas de Jesús, hijo de María. Y nada más que eso. Finalmente, cuando recibimos Su cuerpo, todos supimos que la bendición iba a surtir efecto inmediato en el alma de todos y al cuerpo de unos pocos.

¿Qué hace un periodista allí?

Reconozco que siempre mantuve un sentido crítico a todo lo que lo que tuviera que ver con milagros, aleluyas y todo eso. No es que no creyera en eso, sino que todo lo contrario: prefiero aceptar lo que yo creo sin tener que verlo con mis propios ojos. ¿Quién inventó el sol y los planetas más que Dios? Sobran las pruebas de que Dios existe. Pero de ahí a sentirme atraído a un predicador histérico cada vez que hago zapping durante la medianoche es otra cosa. Eso siempre lo critiqué. Y más cuando me enteré del caso de un taxista que todos los días llevaba a una persona a un templo de la calle Lavalle para "actuar" de hombre sanado por un milagro.

Supuse que la razón para ver al padre Betancourt no era solamente para que me cure de la diabetes, insomnio y problemas para poder tener un bebé. Aunque en el fondo deseaba algo de eso. Bastante, en realidad. Pero el impacto de recibir la fe desde un hombre con muchísima fe realmente me conmocionó. Y eso se siente más cuando uno está acostumbrado a tener Internet y ver todo lo que necesita ver en la vida. 

Lo llamó por su nombre

“Acaba de ser bendecido un hombre que se llama con E y d. Puede ser Eduardo, Edgardo,...” y el padre Darío dio como 20 nombres. “Ese hombre lo está llamando Dios para que entre al Seminario, para que sea sacerdote. Reconozco que está con dudas, pero quiero que sepa que el Señor lo quiere para Él. Si me está escuchando este joven, si no quiere darse a conocer está bien. Pero quiero decirle que sepa que Dios lo está llamando para la vocación del sacerdocio...”.

Fue, digamos para llamarlo así, “el primer milagro” (o bendición) que se hizo a través del padre Betancourt el miércoles último, aquí en Mendoza.

La falta de respuesta de este joven, llamado al sacerdocio, fue evidente. Silencio total. El cura Darío iba a arrancar su jornada en esta provincia con un milagro “fallido”, diría uno.

Pasaron dos minutos eternos. Y el hombre estaba a mi espaldas. Me di vuelta y lo vi.

Y experimenté la sensación de eternidad.

¿Qué es la sensación de eternidad?

Supongamos que estamos en 1490 y de repente conocemos a Cristóbal Colón. Después quedaríamos en la historia como un hombre que compartió un momento con uno de los protagonistas de la humanidad. Lo mismo si pasara esa situación si chocáramos miradas y palabras con Napeleón, Aristósteles, el rey Salomón, Abraham, Carlomagno, Eisntein y otros célebres. Digamos que la humanidad se ha llenado de figuras a lo largo de todos los millones de años de la historia.

Pero ninguno de ellos es "eterno", como pude comprobar que lo es Jesús el miércoles y jueves último en Guaymallén. Entonces, que de repente, el más grande de todos,  llame “personalmente” a un joven que les cuento: es sanjuaninio, parece más al negrito discriminado en los boliches que al empresario exitoso o al político todopoderoso; es un tipo común y corriente, de aspecto humilde, silencioso e introvertido....¡y lo llamó Jesús por su nombre, a través de Darío! (fue así porque el padre Betancourt invocó a Jesucristo y su sangre antes de esta revelación). ¿Acaso ésto no es un titular de los diarios? Imaginen y lean: "Dios llamó por su nombre (Eduardo) a un sanjuanino en Mendoza". No es un invento. Lo vi yo y los 3.000 que presenciamos la primera jornada del cura Betancourt.

Imagino que dentro de 20 años, cuando este joven ejerza el sacerdocio, cómo recordará el momento en que el más importante de todos lo llamó por su nombre.

A Eduardo lo vi al día siguiente, ya más tranquilo. Siempre fue un misterio para mí (y creo que para todo el mundo) qué cornos es la vocación sacerdotal. Y mucho más ahora que se habla de que los curas tienen que casarse porque ya no sirve más ser solteros y consagrados. Para ser concretos, Dios no le dijo a Eduardo que se casara y que también se dedicara al sacerdocio. Directamente le pidió que fuese sacerdote. Es ridículo complejizar algo muy sencillo de interpretar. Algunas veces escuché testimonios de curas que dicen que "Dios me llamó para su servicio" y ¡qué cornos le vas a creer si fue literalmente así!. Ahora veo que me equivoqué.

Fuimos por el milagro e igual volvimos bendecidos

La principal razón por la que fuimos con Graciela a ver al padre Betancourt fue para buscar una bendición que nos permitiese tener un hijo natural. No se dio directamente. Pero los dos -quizá todos- nos sentimos "leídos" por Dios, ya que en la primera jornada hubo tres bendiciones para parejas que no podían tener hijos -a una le pronosticó embarazo para el próximo mes de enero. En la segunda noche, lo último de lo último que dijo Betancourt, fue que hay una santa (Illana, se llama) que intercede mucho para estos casos, porque se trata de una mujer embarazada que murió antes de preferir la opción del aborto por parte de su médico. Y gracias a ella, en este momento muchas mujeres en el mundo pueden quedar embarazadas -no es verso, porque después de esta experiencia, es 100% verdad eso de que "para Dios todo es posible". Y lo tengo que decir con todo el sentido crítico y objetivo que me corresponde como periodista.

No logramos esa bendición directa, aunque la sensación que me queda -esa sensación de eternidad- me hace pensar que lo nuestro va a ser mucho mejor de lo que siempre quise y pensé. Porque nos fuimos felices por afuera y por adentro. 

lunes, 2 de marzo de 2009

Vendimia + cosas inentendibles


Viernes último, 22.30 hs. Plaza Independencia. Marcos sube a sus hombros a su pequeño Benjamín, de siete años. El rostro del pibe fue un calco de mi expresión fascial cuando también a los siete años -era 1977- vi un espectáculo artístico de la Vendimia: cara de aburrido, de queja y de "no entiendo nada".

¿Si vamos a ver el Acto Central a los cerros?, me preguntaban las amigas de mis dos hermanas mayores en aquel entonces. Mi respuesta, tan sincera que rozaba lo agresivo: me aburre la Vendimia. Lo único lindo es la elección de la Reina, pero el Acto Central y la música de la Vendimia me aburren mucho.

Una de mis hermanas mayores estudiaba arquitectura en la Mendoza, entonces sus amigas tenían la cabeza más abierta que mi otra hermana, estudiante de Derecho en esa misma universidad: las primeras escuchaban Zamba Quilpidor y unos cuántos intépretes latinoamericanos más; las segundas, a los Bee Gees y a esa música onda Red 101. Por esta razón, las primeras hablaban más de la Vendimia que las segundas.

Los años pasaron, se puede decir que me volví más sensible a toda la onda artística y el viernes a la noche, apenas Benjamín puso cara de poto, automáticamente mi lengua tradujo su sensación anímica con palabras: "te entiendo, a mí también me aburre".

Hice el esfuerzo (hay que hacerlo). Al fin y al cabo, un espectáculo artístico de la Vendimia es un show musical, no tanto como el film "Mamma Mía", pero la cosa iba por el baile y la música.

En segundo plano, tres o cuatro spiderman pataleando la pared de un bloque de pared especial del escenario. Abajo, en un escenario de dos pisos, un montón de artistas bailando, casi todos vestidos de gauchos o de algo parecido. Más abajo y más cerca del público, dos hombres y una mujer en pelotas y barnizadas con algún autobronceante extra requete bronceante. Estos últimos, moviendo el cuerpo como si fuese el motor de una gran embarcación de bailarines (así lo entendí yo).

La cosa se ponía linda cuando sonaba una música conocida. Y eso, nada más. De repente, un video con una imagen determinada, tres fuegos artificiales cuyo estruendo nos trasladó por cinco segundos a la Franja de Gaza y esa voz en off típica de la Vendimia diciendo esas frases típicas de la Vendimia "y al principio sólo era el sol, el barro, el agua y el vendimiador", o algo que se le pareciese.

Cuando volvimos al departamento (Benjamín había recuperado el buen ánimo), se me ocurrió preguntarme cómo sería el espectáculo del Acto Central si estuviese dirigido por Steven Spielberg o algún otro cineasta de renombre. Por qué no buenos efectos especiales y una unidad narrativa que cuente de principio a final una historia. Se me ocurrió, de repente, por qué no breves historias de vida de viñateros de distintos lugares de la provincia contando sus vidas y estrechándose un fuerte abrazo entre todos ellos, para demostrar unidad y amor, a pesar de todas las contrariedades del clima y de la política. Por qué no más cine y menos teatro, o en todo caso, una historia filmada y abajo representada con bailes, como si fuese un musical de cine.

En síntesis, ¿por qué no algo más que simples piezas bailables?

Por suerte, todo termina con la elección de la reina y más allá de que siempre sean los mismos conductores, a mi me encanta ir contando los votos y ver cómo los conductores hacen lo posible para que esta acción tenga suspenso y aventura. Es el final de una gran apuesta provincial. Es apasionante.

No creo que todo el mundo se identifique con este post. Pero valdría la pena que los mendocinos seamos más sinceros y vayamos decantando las cosas que más nos gusta y entendemos vs lo que menos nos gusta o menos entendemos de la Vendimia. Quizá sólo sea una cuestión de ajuste de libretos y guiones para que todos los espectadores, al acudir al Acto Central, nos sintamos igual que si fuéramos al cine o al teatro a ver una gran obra, con introducción, trama y desenlace.