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sábado, 12 de marzo de 2011

El miedo a salir con un amigo del mismo sexo

Imagen: todoencelulares.net
"Con Mariana estuvimos en Viña de Mar durante la segunda quincena de enero. Fuimos a un hostel. Estaba lleno de parejas. A nosotras nos dio vergüenza creer que algunos pensaran que éramos lesbianas", contó Verónica el fin de semana último, en una reunión de amigos en el glorioso barrio Ujemvi. Y hace mucho que nos viene contando historias como ésta: que salieron a tomar un café con las amigas, que al principio los hombres las miraban, después que se fueron yendo las amigas hasta quedar una sola -que no tenía plata para el taxi y que ella podría acercarla a casa en su coche - y que finalmente las dos se quedaron mal por cómo eran observadas por algunos prejuiciosos. Todo ésto, ya sea en la Arístides o en el Bonafide de Palmares, o en el Havana de Peatonal. Sea la historia que sea, mientras sean muchas amigas, a beber y a brindar por todos rocíos de miradas picaronas. Pero cuando quedan dos sonamos: apareció el fantasma que te dice que si a los 38 años sos soltera y charlás en la calle con una amiga, seguramente más de uno creerá que sos lesbiana. Esa es la historia de Verónica, ese tipo de mujeres soñadoras, que es capaz de deber un mes de alquiler, con tal de que suene su celular y el que llame sea cualquier voz varonil del mundo, menos la de su hermano y familiares masculinos.

Imagen: recetassimples.com
Hasta los 34 años yo fui un eterno colgado total, con la cabeza puesta en la mujer más linda que viera en la vereda mientras estuviera caminando. También, el típico de los que hacían cola en la fila poblada por alguna chica que le pusiera queso a mi ratonera cerebral, o bien, donde cobrara la cajera más atractiva del supermercado. Solía hacer eso en el Vea de Paso de los Andes, Luzuriaga y Pueyrredón. Es el instinto awebonado de cazador, que intenta rescatar una imagen erotizada por la imaginación para maquillar una siesta con la ratonera poblada. Ahora que empiezo a conocer casos como el de Verónica, ¿cuántas mentes malintencionadas habrán pensado que por estar solo habrán creído que mi elección de vida era el de no recibir el cariño y el afecto de alguna soñadora, que quizás alguna vez intentó encriptar sus deseos en el mapa del sitio erótico de mi cabeza?

"¿Ese amigo tuyo...Matías...está solo?", me preguntó una vez la amiga de una amiga de mi mujer. Le tuve que decir que sí. "¿Es gay?", puso ella la segunda con un embrague que ni se sintió, pero que dolió. Por pensar dos segundos, ella creyó que mi silencio estaba otorgando. "No. Está solo porque quiere estar solo. No todos los tipos quieren formar parejas. Hay gente que la pasa mejor así, en soledad. O quizá nunca le presentaron una mina que le gustara. No sé". Así respondí una y mil veces, que yo recuerde, cuando se presentaron casos como éste.

Imagen: proyectowebmixta.com
Las mujeres -más que los hombres- son las que se mandan los piletazos prejuiciosos, que en la mayoría de los casos terminan incrustadas en el fondo de la piscina sin agua. Yo creo que les preocupan ver hombres que valen la pena en soledad, pero mucho más a aquellos que se cambiaron de bando. Es lógico: son más conocidos los casos de hombres atractivos que doblan la muñeca que de mujeres hermosas convertidas en cazachabombas. A ellas les preocupan que falten hombres, mientras que gran parte de ellos celebran a las lesbianas, como creyendo que también son bisexuales. En el fondo, es una máscara: yo creo que al hombre también le cuesta creer que un sueño de mujer ideal pueda ser sólo un deseo para ellas.

La cuestión está en que ahora los solteros o solteras mayores de 30 se sienten observados, por lo tanto ya no son tan libres. Esos grandes momentos, humanos por cierto, en el que podías hablar a fondo con un amigo en el café o en algún lugar concurrido para darle un buen consejo o algo por el estilo, ahora se ve reducido a la mirada de algunos prejuiciosos que intentan ponerle una carátula sexual a ese tipo de relación interpersonal.

¿Se puede decir, entonces, que tener un amigo hoy es polémico? (se los dejo picando). Yo tengo una fórmula, a la que considero superadora:  prefiero mirar lo positivo de las personas y no lo polémico, lo íntimo,  lo íntimo polémico o de ese tinte.

martes, 8 de septiembre de 2009

Tres palabras que desaparecieron del mapa

"Te quiero" leo en el visor de mi celular. "Yo tbien" respondo. Mi cuñado Manfredo, científico mendocino radicado en Yanquilandia, antes de irse a China para una misión de la Universidad de Illinois, contó que los chinos usan un mismo tiempo verbal para hablar del pasado, presente y futuro. ¿Cómo harán para decir "te amé, te amo y te amaré"? Quizás nunca piensen decirlo, como tampoco lo expresa hoy el diccionario español de los mensajitos de texto: ponés amor y lo que te devuelve es "años" (igual seguro que los chinos no tienen nada que ver con esto).

También ingresé "amor" en el buscador de diario UNO y lo primero que salió fue: "tu ángel de amor tienda erótica para adultos". Después le siguieron "hogar manantiales de amor" y "lanzaron una campaña contra el sida que muestra a Hitler haciendo el amor".

Subí un escalón más e intenté con Google: 209.000.000 de resultados en 0,23 segundos. ¿Y si pongo "odio"? 27.600.000 en 0, 15 segundos. Bien, parece que el amor es más buscado que el odio en Internet. Aunque no tanto así en la vida real. Es una palabra en vías de extinción. No, no estoy exagerando. Sacando el saludito de tu pareja, novia, esposa, pololo o amante, papá o mamá sobreprotector ¿en qué otro ámbito cotidiano se escucha esa palabra? Seguro que en el trabajo no. En la calle, menos. ¿Cuando Susana responde un llamado telefónico? Puede ser, pero sólo eso en toda la televisión, porque ya lo fletaron de las tiras de ficción y de informativos de la noche, como La Liga, Cárceles u otros. ¿Navidad y Año Nuevo? Puede ser, pero hace 20 años. En estas últimas fiestas no vi ni un eslogan "Navidad y amor" en TV. Puro papá Noel Shopping cash.

Seamos sinceros: por alguna razón le quitamos la licencia de transmisión de nuestras vidas al amor. "No se puede vivir del amor": sí, una frase muy linda o una descripción muy triste, aunque el amor siempre sea más fuerte. "Lo de Kirchner no es amor, es espanto", la respuesta de Google a la consulta "Kirchner+amor". Hice lo mismo poniendo "Juan Pablo 2" en lugar de "Kirchner". Respuesta: "Gratitud, amor y entrega sin límites, el testamento de Juan Pablo II". El buscador Google te anticipa las huellas vas a dejar en la historia.

14.400.000 de respuestas a la palabra "perdón" en 0,11 segundos (13 millones menos que "odio", por cierto). ¿Hace cuánto que nadie te pide perdón a vos? ¿Y vos alguna vez le dijiste "perdón" a alguien? ¿Viste? ¿Por qué será?

Para mí, hoy "perdón" es una palabra prohibida, casi convertida en un tabú. Hoy, si nos equivocamos mucho, la sociedad nos obliga a negociar en el peor de los casos y no interceder jamás, si es posible. Si yo me equivoqué siempre tendré razones para decir que el otro "es peor que yo". Por eso ya nadie quiere perdonar. Perdón no es una palabra que se lleva bien con "poder", por lo tanto si a tu alrededor alguien te quiere serruchar el piso verás en ese individuo el reflejo del anti-perdón. ¿Y qué dice Google ahora si reemplazamos "amor" por "perdón" en los casos Kirchner y Juan Pablo II, como recién?

"Duhalde pidió perdón por comparar a Kirchner con Hitler", "no habrá perdón ni olvido" y "Pide Kirchner derogar las leyes de perdón" por un lado; "perdonemos y pidamos perdón", "perdonar, el primer paso hacia la sanación" y "Juan Pablo II pidió perdón en el muro de los lamentos", por otro.

En mi experiencia personal, perdonar y ser perdonado me han servido para "que se pueda vivir del amor" (probá con eso, Calamaro). Pero reconozco que te sentís mal en el momento de hacerlo, pero después pasa, porque te agranda la cabeza, te ayuda a mirar adelante, a bajar las defensas y animarse a explorar el lado positivo de las personas y de la vida.

Tenía ganas de escribir este tema porque tengo la sensación de que existe un tabú y un muro de prejuicios a la hora de abordar el amor y sobre todo, el perdón. Pero es bueno contarlo porque hoy, más que nunca, al país y a los mendocinos nos hace bien reflotar el amor y el perdón. Es un tabú porque creemos que nunca necesitaremos pedir perdón ni que nos perdonen. Y del amor, "es algo personal", me dirás vos. Y sí, ¿no es un tabú mirarlo así? Ante cualquier duda, Google siempre te tira respuestas y la vida, una serie interminable de trabajos prácticos que empieza ahora mismo.

Y nos está quedando una palabra pendiente que también desapareció del mapa.

Google te arroja 105.000.000 millones de consultas. Esa palabra + Kirchner obtiene las siguientes respuestas: "José C. Paz: Néstor Kirchner fracción discurso campaña 2009", "José C. Paz: Kirchner y Filmus entregaron computadoras | educ.ar", "Paz Adolfo Pérez Esquivel - Noticias - Buscador Emol" y "Kirchner no busca la paz, busca el caos y ya está armando grupos de choque con Rudy Ulloa Igor".

"El Papa Juan Pablo II - El mensajero de la Paz", "La Incansable Lucha del Papa Juan Pablo II por la Paz y la Justicia", "Juan Pablo II, el guerrero de la paz, National Geographic" y "Juan Pablo II: Educar para la paz", por la segunda opción de búsqueda.

El buscador de DiarioUno.com.ar te tira lo siguiente: "La Paz y Lavalle casi duplican la mortalidad infantil de Mendoza‎", "$220 Las Vegas Potrerillos paz y tranquilidad", "Edicto - Orden Primer Juzgado Paz" y "Laura De Giuseppe fue coronada Reina de la Vendimia de La Paz 2009".

En la universidad nos enseñaron que el periodismo debe trabajar la paz. Lamento decirles que eso jamás lo vi en mi actual trabajo y en mis anteriores en Cablevisión Noticias, Diario Los Andes, FM Rock & Pop Net Mendoza, FM 100.9 y FM UTN. ¿Por qué? Porque nadie le da bola al tema. Se da por entendido que libertad de expresión + búsqueda de la verdad = trabajar por la paz. Y no es así. Los responsables de la paz en nuestra sociedad para el periodismo -al igual que la opinión pública, según creemos nosotros- son el Gobierno y a su política de seguridad y de inclusión social. Una cuestión técnica y estadística. Recuerdo a Cobos que siendo gobernador dijo una vez, cuando logró bajar el desempleo de Mendoza casi al 3%, que no entendía por qué seguía habiendo asesinatos y robos. Como queriendo decir que con sólo trabajo hay paz.

En Mendoza, los anónimos de la ONG y la gente gaucha y humilde son los que aportan su granito de arena por la paz. También todas las religiones, reconozcamoslo.

Amor, perdón y paz son palabras que recuerdo haberlas oído en conjunto en los casamientos de iglesia y civil. Tanto los curas como las juezas insisten en la relación de compromiso de las parejas, aunque los primeros son los que más profundizan estas tres palabras.

En los discursos de campaña política, al menos en el de las últimas elecciones, no recuerdo que los candidatos dijeran algo de "amor, paz y perdón" (¡ah, sí, por una Argentina en paz, Cobos presidente, vi en un afiche en Olascoaga y Martín Zapata, de Ciudad). ¿Por qué no "Luchemos por Mendoza" + "Luchemos por el diálogo" + "Luchemos por el amor y la paz"? ¿No suena más cercano a lo que quisiéramos escuchar? Igual esa fórmula, que nos atolondró durante un mes con los spots televisivos, perdió en Mendoza. Será porque en el fondo los mendocinos buscaban la paz.

No cualquiera hoy puede hablar de amor, perdón y paz. Yo solamente le creo a los niños y a las personas que sufrieron mucho. Anoche me enteré de una pareja de amigos cuyo hijo acaba de nacer con una malformación en el cuerpo. Ahora viven un momento difícil. Si después de esa experiencia, ellos me hablan de amor, perdón y paz, yo les voy a creer. A un intelectual, nunca, por discursos de horas en radios universitarias que expongan. Porque no es una cosa que empieza y termina en la ideología. El cura Contreras, que hace un año murió en Mendoza, convivió con la pobreza y los pobres. Habló y dedicó su vida al amor, perdón y paz. Y dejó huellas, porque a los mendocinos nos enseñó a estar más cerca del amor, el perdón y la paz. Y no es necesario comprobarlo en Google. Entonces, hay razones para resucitar estas tres palabras borradas del mapa.

Imagen: Resultado del buscador de imágenes de Google de las frases: amor+mendoza, perdon+mendoza y paz+mendoza.

martes, 28 de julio de 2009

Puerto Rico

Desde que nos robaron el Senda -hace ya un mes y un cacho más-volvimos a la mística adolescente de escribir el Google Maps con nuestros pies. Uno de los tantos viajes fue para comprar una canilla para la cocina. Aconsejados por todos, lo más bueno y más barato terminó estando en los negocios de la Cuarta Sección y no en el Jumbo, donde cualquier humano habría decidido su compra allí. Y tras patear unas 20 cuadras, accidentalmente celebramos esta compra en un café situado en el inicio de la Alameda, que siempre lo recordaré por dos cosas: la gente común y corriente del lugar –y no por aquellos que el bolsillo les da para ir sólo una vez a la semana - y por supuesto, lo que hace que los comunes y corrientes estén en ese café, llamado Puerto Rico: los precios. Se te viene una “sensación” explicada con palabras: la justicia de poder estar en un lugar donde pueden ir todos y pagar lo que corresponde por un café, submarino, gaseosa, capuchino o lo que sea.

El domingo, en la casa de mi hermana, en un esfuerzo de reincorporarle a un pariente los buenos recuerdos que el Alzheimer le arrancó, le mostramos fotos viejas de la familia. Y apareció una imagen de la fiesta de casamiento de ella. Yo, con 14 años, no vestía un traje, sino más bien una versión mejorada del blazer del Martín Zapata y su pedorro pantalón gris con tela picante para pieles sensibles. Ese saco y su respectiva camisa-corbata aún las conservo, me hizo recordar Graciela. ¿A qué viene esta descripción? A que pareciera que salvo el grasa que ahora escribe, el resto vestía elegante "a precio de costo", sin necesidad de estrenar trajes del Sportman o vestidos de El Guippur o Arteta (esa foto es del año de “Piano Bar” y “Tengo que parar”, 1984). Puede que si hoy una chica va a un casamiento con los raros peinados que aparecen en “Grease” o “Fiebre de un sábado a la noche” le quedaría bien un vestido sencillamente lindo y no necesariamente recién comprado en el local del shopping más parecido a la tienda Carolina Herrera que exista. En la foto de la comida de ese casamiento –que fue en un chalet de Chacras- tampoco aparece el vino malbec o cabernet de 40 pesos para arriba. Como buenos sanrafaelinos fue un Bianchi o Suter que hoy en el supermercado lo podrías comprar con un billete de 20 pesos, con vuelto incluido. Ojo, no es chivo, sólo que se me viene a la cabeza algo socialoide: lo que es de “familia” no necesita mostrarse como “nuevo rico”. Y más adelante les cuento por qué.

¿A qué viene estos dos megapárrafos chorizos?
A que pareciera que los mendocinos nos hemos acostumbrados a pagar de más para pasarla mínimamente bien. Es decir, que finalmente triunfó la idea de que es lo mismo pagar 7 pesos por una botellita Sprite de medio litro en el Aeropuerto que 2,5 pesos en un drugstore del Centro, o 2 pesos en un kiosquito del Gran Mendoza. Que si vas a un lugar lindo de la Arístides sabés que con 20 pesos no hacés nada, cuando en los tiempos de “Tengo que parar” y “Piano bar”, con tal de ahorrar unos mangos, preferíamos caminar 30 cuadras a que tomar un taxi, algo que hoy tenés que hacerlo, ya sea por la inseguridad o simplemente, “para no perder tiempo”.

Una señal de este presente consumista está en la ropa: antes, todos usábamos Topper o Flecha de tela. En cambio ahora, desde Niké fosforescentes hasta zapatos de nobuc (notebook, diría, porque en cualquier momento llegan con GPS). En mi adolescencia, el más millonario del barrio tenía una consola Atari junto a un televisor blanco y negro chiquito, más feo que el del cuarto de la empleada. Ahora todos tienen la PC de 160 gigas con el menú completo de videojuegos y monitor copado.

Es guita todo esto. Y una forma de ver la vida, también. Y ahora te cuento por qué lo del vino “de buena familia”.

Mi suegra, una especie de 74 años, es un ejemplo del mendocino que aún cree que comprar en el supermercado es más barato que en el almacén. Le das un malbec caroli y lo que hace es mezclarlo con agua y gaseosa. Le decís mil veces que un vino es una elaboración artesanal, que si le ponés más agua que otra cosa lo echás a perder. Ella te responde que desde su infancia en Montecomán en su familia almorzaban y cenaban con medio vaso con vino y el otro medio con agua. Y siempre hace lo mismo. Un día sentí impotencia cuando le convidé un cabernet “caro” y lo echó a perder con agua y Talca. Fue para pegarle. Y cuando le preguntás si nota que ese vino de 40 ó 50 pesos es mejor que ese cartoncito de tetrabrick que consume por semana, su respuesta no es “no es tan fuerte como el que tomamos la semana pasada”. No le hablés de oler la copa y detectar los miles de sabores del vino porque eso no lo va a entender jamás. Una noche, en un restaurante fino, se enojó porque el mozo le sirvió vino en una hermosa copa: ella misma agarró esa copa y volcó el chupi en un vaso. Al fin y al cabo así es en las casas que mantienen la tradición del almuerzo en familia (todos juntos, por el mismo canal).

Hace poco entendí su capricho de no adaptarse los nuevos tiempos de consumismo y calidad, por llamarlo así, del vino. Fue cuando llevé a casa un Suter Roble de 10 pesos. Lo abrí, probé un vaso y noté el mismo sabor del vino más rico y caro que haya probado en toda mi vida. La gran pregunta, entonces: ¿por qué, si es tan bueno, sale 10 pesos y no 40, 50 ó 400 pesos, como hay en los restaurantes? Un enólogo me dará mil razones. Yo le responderé que jamás la diferencia entre una Coca Cola, una Talca o un jugo “Mónica” sabor cola es de 400 pesos. Si me escucha decirle eso seguramente concluirá la charla afirmando “hermano, con toda sinceridad, vos no sos el mercado”.

Y ahí va el tema: cada vez somos más “mercado” y cada vez nos sentimos socialmente gratificados cuando pagamos de más para ser alguien y de paso, tener más.

Graciela, cuando en su trabajo en una escuela rural de El Sauce, visita hogares humildes y precarios de chicos que, por alguna razón, empiezan a faltar o directamente dejan el colegio, encuentra que muchos –para no decir gran parte de ellos, calzan la última Nike fosforescentes y andan con un celular de 400 ó 500 pesos, para meterle cumbia hasta en la letrina del baño.

Por más que no sepamos si ese chico mañana come, hace 20 años probablemente mi viejo hubiera dicho que ese pibe era de clase media-alta.

miércoles, 22 de julio de 2009

Comida chef al descampado en el Challao

Algunos se hicieron artesanos en la infancia porque pasaron más horas ayudando en el restaurante de su familia que haciendo carreras de barquitos de madera en las acequias de la Sexta Sección. Otros descubrieron ese talento cuando entraron a la cocina y vieron que allí podían madurar mejor las decisiones que en la oficina repleta de clientes con reclamos. Otros, porque se dieron cuenta de que si renunciaban a la creatividad en la cocina, sus maridos terminarían acumulando kilos para romper todos los trampolines de todas las piletas. Lo concreto es que cocinar termina siendo un acto de amor y una obra de arte, en el que uno se pregunta "¿cómo puede ser que vos, un transpirador de camisas que siempre desentonan con medias color camiseta de Banfield y mocasines negros hayas cocinado esta pinturita?"

Hace dos semanas fue un locro en el barrio Fusch. Allí nos juntamos un grupo de matrimonios jóvenes. Martín lo venía preparando desde hacía cuatro días. ¿Cómo vas a preparar un locro con tanto tiempo? El maíz, los granos y ese caldo cremoso que no es caldo ni cremoso pero cómo te cambia la cara y cómo te silencia la boca del estómago.

Anoche, una merluza con verduritas, también con ese caldo cremoso que no lo es pero parece autoreciclarse en mil formas. Mi mujer estuvo un buen rato con el recetario abierto, mientras yo actualizaba la encuesta del diario desde casa, ahora que con esto de la gripe chancha tengo que hacer teletrabajo.

Lo único chef que sé hacer es el omelette. Me lo enseñó mi cuñado Pepe, un científico doctorado en la Universidad de Illinois, que trabaja allí. Mi hermana, con un reciente master de esa universidad en viviendas sociales, se especializa en las tortas de chocolate. Sus amigos de la comunidad latina, con varios "gracias totales" en su haber. Como en Yanquilandia salen temprano del trabajo y cenan temprano, ellos cenan más tarde y le ponen más fichas a la cocina. Y no te creas que cocinar mucho significa morfar mucho. Todo lo contrario. El que sabe de cocina también sabe la cantidad justa de hidratos de carbono que tenés que comer. Es el caso de mi mujer, que por mi diabetes -al igual que muchos familiares de diabéticos- aprendieron a cocinar y a las revistas Glamour y Telva le sumaron las de Cormillot y Favaloro, que son capaces de hacer una exquisitez mezclando una palta con un kiwi.

Lejos quedaron aquellos tiempos en que la comida sólo era la pizza y las empanadas de la rotisería de la esquina, y los lomos de Don Claudio, Mr Dog o El Gran Lomo. Igual, cuando veo a los muchachos del barrio otra vez vuelvo a pedir un lomo grande y caigo en la cuenta de que mi estómago ha cerrado definitivamente algunas compuertas, por más que el spinning no pueda evitar ocultar mi pequeña barriguita pipona. Un lomo mediano, sí, pero nunca más como me pasó en San Rafael una vez, a los 12 años, cuando nos juntamos todos los parientes de allí y me bajé sin que nadie se diera cuenta una docena de empanadas de Ouviña.

El último gran banquete fue el domingo pasado. Nos instalamos en una casita junto al cerro Arco, en el Challao. No sabía que esa zona se está conviertiendo en un mini-Potrerillos. Hacía dos semanas que Gabriela y Martín (no el del locro) venían anunciando el pollo al disco. Allí estrenaron su superolla. Como es ahora, si hay sol está lindo y si hay nubes y sombras, te congelás. Hubo nubes y sombras y nos congelamos. Éramos como 10 ñatos y un ñatito, hijo de una pareja. El telescopio de Matías, para localizar cómo un parapente hacía una suerte de tumba carnera en el aire sin que se estrellase como el famoso Correcaminos. No es que quisiera colgar un último momento policial, pero tal como iba ese parapente todos los cálculos concluían en un final trágico en la pelopincho del terreno de al lado.

Pasaron tres horas volando. Pollo, tomates cortados en cuadraditos, champignon, tres litros de vino blanco y tres tarritos de crema de leche en la olla calentada por las leñas. A las 15.00, Martín y Gabriela anunciaron que el pollo al disco (en la foto) estaba listo para servir. Agarré el tinto Bianchi, que servido en la montaña no distingue si es malbec fino o malbec grasa. El vino en la montaña es el mismo vino que fue siempre. El vino de 400 pesos es sólo para restaurantes. Al pie del cerro Arco, el vino es la tierra, el viento y el sabor de la uva que se abraza por completo a toda la garganta y estómago. Pero bueno, un vaso para empezar y otro para terminar. Y otro para dormir la siesta.

Un mes atrás, con Graciela habíamos comido pollo al disco como plato cheff en un pequeño restaurante situado frente a la plaza Italia. Muy rico, por supuesto. Pero lo que hicieron Martín y Gabriela me llevó automáticamente a la pregunta hecha durante el locro con los matrimonios jóvenes: ¿cómo puede ser que sea tan rico? La verdurita salteada con vino blanco, espectacular.

A la tarde, los muchachos se hicieron tres partidos interminables de truco al frío. Con las chicas fuimos a caminar. Después, me mandé solo a una montañita. Con eso bajé el estómago. Las chicas nos sacaban el cuero: "se casan y abandonan la gimnasia. Se ponen a jugar a las cartas con fernte y Coca. Y después nos echan la culpa de que engorden. Son unos viejos"

Pasa siempre acá: si vas a un asado, siempre hay uno que cocina espectacular. ¿Quién le enseñó? No sé. Si se juntan las chicas a tomar el té, siempre hay una que hace el mejor chocolate cabshca (¿así se escribe?). Es la doble vida el oficinista con cara de peluquero o de la diosa que prefiere tener perfil bajo a la hora de reconocer su gran lemon pie.

jueves, 18 de junio de 2009

El grasa culto

Son las 2.12 am de este jueves. Tengo pantalón de pijama corto color bordó. Una remera corta -que hoy saldría 30 pesos si aún existiera el local “Chemeas”- que mis viejos me trajeron de EE. UU. hace 20 años, con una transcripción “Miami Beach” totalmente borrada. Arriba, una campera polar, azul, marca Martina Di Trento, abrigo de buen gusto que a la fuerza me lo regaló mi mujer. Y que lo uso para ir al laburo. Abajo, una alpargata negra que hace cinco años traje de las Termas de Río Hondo. Me queda grande porque aún nunca las lavé. Si lo hiciera correría la misma suerte que las remeras XL cuando la sacás del lavarropas: quedan L tirando a M ... y que se lo ponga tu mujer para la clase de pilates (what!) o tu sobrino menor, que aún tiene que esperar unos 10 años para que sea igual de grandote que su tío XL.

¿Qué cornos hago despierto a las 2.20 am (8 minutos para escribir el párrafo anterior)?

Estaba leyendo el libro -se los recomiendo- “El lenguaje del amor, el sexo en la pareja” de Raimondo Scotto (Editorial Ciudad Nueva) y un párrafo de la página 58 me dejó la pelota picando:

“Un aspecto muy interesante lo constituyen las maneras distintas que hombres y mujeres tienen de situarse ante el lugar donde se habita”.

“Para muchas mujeres enamoradas, el arreglo de la casa es un acto de amor, a través del cual expresan su visión de la vida y su ideal de familia. Cada objeto (cortinas, muebles, color de las paredes, etc) es sentido como una parte de sí misma, una especie de prolongación del propio cuerpo. Por eso es más común que sea la mujer la que se ocupe de la casa y no le guste que entren personas extrañas si no se encuentra perfectamente en orden.”

“Muchas veces el varón no comprende todo el trabajo que la mujer realiza para que la casa esté armoniosa y acogedora. Vuelve a casa distraída, deja por el camino sus cosas, no advierte siquiera la limpieza que se ha hecho. La mujer puede sentir ésto como desinterés por su persona, subestimación de su trabajo y puede quedar dolida y ofendida”.

“A pesar de este vínculo particular entre la mujer y la casa, para ella es siempre un lugar de trabajo, a menudo de un segundo trabajo, mientras que para el varón es una especie de refugio, donde ponerse a salvo de la lucha de la vida. Entonces, cuando quieran un momento de distensión, es probable que el varón tienda a quedarse en casa, mientras que la mujer prefiera alejarse de su ambiente de trabajo”.

Mujer feliz, grasa feliz

Uno de mis mejores amigos tiene un cargo importante en la Justicia. Además enseña Derecho en dos universidades. Es raro que salga un insulto de su boca. Tiene un sentido común bárbaro. Es un gran consejero. Nada de jeans última generación y remeras hacia afuera: es el típico mendocino de pantalón formal y legitimado con camisa cuadriculada, y peinado rústico-elegante onda J.F. Kennedy. Formal hasta las patas. Educado y noble como ninguno. Es de los tipos honestos que tiene la justicia, gracias a Dios. Todo eso, puertas afuera.

Puertas adentro (de su casa) puede decirse que fue el último amigo del barrio en comprarse una computadora: la vieja Olivetti aún permanece como potencial herramienta de trabajo. En algún lugar de su casa tengo constancia que aún mantiene pegados sus eternos afiches de la revista Cantarrock: Paul Mc Cartney, Ringo Starr, Poisson, Belinda Carsley, Bon Jovi, Michael Jakson, The Jackson Five y News Kids On The Blocks (si lo escribí mal no me importa porque a quién le interesa esa banda -para no decir de delincuentes- que sólo pegó en algún festival de Viña del Mar). Aún en invierno anda con ese viejo y militar pantaloncito blanco cuasirayado de gimnasia, semejante al que usaba Aníbal El Pelotazo en Contra, y una remera de pijama que le gana en antigüedad al de mi y cuándo no, esas viejas y desaparecidas camisetas musculosas blancas, que venían de a ocho en los paquetes de plásticos transparentes en los persas, en tiempos de los famosos billetes “marrones” de mil pesos. Un par de ojotas color Falcon Celeste Oscuro de la década del '80. Sí, ahora está casado y tiene unos cuantos hijos. Y vive en el Dalvian.
Es verdad que existen grasas autoritarios que no dejan a sus mujeres hacer de la casa o departamento una pinturita. Pero hay otros que se rigen con el siguiente pacto: hacé lo que vos quieras con la casa, pero vos respetá la comodidad de mi cuerpo en casa. Otros, como es mi caso, no hacen ningún pacto: la mujer se acostumbra a que vos seas un modelo exclusivo de Aníbal Number Güan adentro de casa y te acepta como sos.

Lo gracioso es lo que ella puede pensar cuando te ve, bien pintado de grasa, leyendo durante horas como un ilustrado de Harvard. O cuando te interrumpe la lectura que cultiva el intelecto para decirte: “mi amor, esta remera creo que ya no te queda bien”. Yo una vez le contesté: “Tenés razón: llevalo a Cáritas”. Y ella remató: “No, prefiero usarlo como trapo” (2.57 hs, hora de tomar el vaso de leche tibia para rematar el sueño).

lunes, 4 de mayo de 2009

La Vuelta al Lago


“Llegué a dar tres vueltas al Lago”, dije. El interlocutor aún esperaba una respuesta. Su mirada expresaba aquel “What?” del Ross despistado de “Friends”. Sin darme cuenta respondí nuevamente lo que para él nunca fue una respuesta: “generalmente doy una vuelta, a lo sumo dos. Prefiero hacer la vuelta de los cinco o ir por la bajada del cerro de la Gloria por el Estadio y de ahí por Libertador hasta los Portones”.

Demasiado. Muy inentendible para un porteño admirador de Mendoza que sólo había visitado dos veces nuestra provincia. Era 1993, cursaba segundo año de Comunicación en Buenos Aires y la pregunta que tenía que contestar en el buffet de la universidad, situado en el sexto piso del edificio de Juan de Garay y Azopardo, frente al diario Crónica, era “¿cuánto corrés?”.

Exagerado y bendecido

Con amigos o cuando el tema se daba, si sos sincero decías que tu cuerpo no daba para una vuelta (“antes lo hacía, pero ahora con la cerveza...”). Si querías mostrarte discreto, como sumo afirmabas que podías aguantar una vuelta y media. Si te considerabas un tipo normal, de esos que cada 20 días asiste a una picadita de fútbol cinco, la que más se escuchaba era “como mínimo, dos vueltas”. Así era cuando practiqué algo de remo en 1988: dos vueltas corriendo y dos vueltas en bote o batea. Los sábados a la siesta subíamos corriendo el cerro de la Gloria o el Llorón. “¿Alguna vez subiste el cerro de la Gloria?”, era la pregunta-prueba-final, para medir el verdadero estado atlético de la persona. “Un montón de veces, con mi bicicleta”. Entonces quedabas bien diciendo "no, o sea".

Posiblemente muchos mendocinos mentimos un poco cuando tenemos que afirmar cuánto corremos. El medidor más usado es la vuelta del Lago. ¿Cuánto es eso? Decían que 2.600 metros, aunque tengo dudas. Además, todo depende de dónde empecés a correr. Una cosa es arrancar desde la fuente de las Américas, otra desde el puestito de helados en la rotonda del Rosedal y otra donde confluye la calle del Rosedal con la avenida de las Tipas, cerca de la calesita que acompaña al Mendoza Tenis Club. Otros se van en coche hasta Regatas, estacionan allí y dan la vuelta partiendo y terminando en ese lugar.

Reconozco ser de los mendocinos que dio mil veces la vuelta al Lago corriendo. Había un tramo molesto: la calle y la vereda de Regatas. Allí muchos concluyen la vuelta para elongarse. Lo que caía de arriba no eran proyectiles del Space Invaders, pero parecía ser teledirigido desde el control remoto de la Providencia. El sábado último pasé por Regatas, leí la revista del club y me enteré de que en el gigantesco techo del club pusieron una plataforma metálica para evitar que los tordos y otros pajarracos garcas dejaran de enviar misiles fabricados en sus intestinos. Es que aquella vez tenía 16 años, terminaba de dar la vuelta al Lago y a punto de entrar al club para ir al gimnasio ... ¡booom!, en el hombro derecho y el marote.

La sorpresa fue la réplica de cuando, con mucha vergüenza, alguna vez conté esta historia. “Sí, a mí también me cagó una vez un tordo en el Rosedal”. “A mi hermano una vez una paloma le enchastró todo el bolso”, ... y así, sucesivamente. Por suerte que ahora los pajarracos cambiaron de caja de ahorro y harán sus depósitos en otro lugar, porque ya volaron de allí. Aunque, por esas cuestiones de la inseguridad, quién no desearía que un tordo lanzara su misil intestinal en la cabeza de algún delincuente que se apreste a meter mano en el carestereo de algún 0 Km allí estacionado o en el marote de un macho cabrío que acosa a una cuarentona de joggins que circula en rollers. Hablando de los rollers, ¿cuántas vueltas al Lago dan esas bellas damas que patinan como bailarinas? ¿cuántas vueltas dará el planeador de la imaginación del pobre solterón mientras ignora que su choco lo está haciendo quedar mal por todos los neumáticos que riega?

El que va a correr al Lago también va a ver minas. Y los chocos nos también nos imitan, aunque ellos son más frontales y no se reprimen. Y nos hacen quedar mal cuando coinciden la dupla hombre con buzo desgastado Adidas – mujer con joggins rojo en rollers vs. hombre con ... dueño de un perro – mujer con ...dueña de una perra. Uno de los dos avanza más rápido que el otro. En este sentido cobra verdad eso de que “un perro es parecido a su dueño” (aunque más atrevido).

Será por ésto que a la hora de responder cuántas vueltas das al Lago, la respuesta más exacta sea el clásico mendocino “Aáhhh???”.

martes, 14 de abril de 2009

Camas revueltas


Nos conocimos en agosto de 2005. En Guaymallén hicimos un Fin de Semana de Novios (así se llamó el evento). Éramos unas 20 parejas. Y con diez de ellas, desde ese tiempo hasta noviembre último, nos juntamos mes por mes para analizar cómo marchaban los noviazgos: aprendimos a dialogar con el otro, a saber canalizar bien los sentimientos, a respetarnos y descubrinos, a elaborar un proyecto de vida, a reubicar las prioridades de nuestra vida según ese proyecto de pareja, a cómo convertir los conflictos en una oportunidad para querernos más, a amarnos más con el diálogo y así mucho más.

Todas parejas absolutamente distintas. Con durísimas historias de vida en al menos tres casos. Con el tiempo, cada uno de los novios se fueron casando y el sábado último, repentinamente, nos juntamos en La Aldea, Granaderos y Arístides, un local de los más antigüos y más lindos de esa concurrida zona.

¿Cuál fue el tema que se transformó en un fuerte debate? La gran duda que todos teníamos desde que nos dejamos ver: cómo era la vida de cada pareja en las camas.

Y aquí vienen las historias. Si vos encontrás algo parecido en tu vida, entonces contalo. A ver si así podemos hacer una radiografía de la pareja mendocina en la cama.

Jime y Nacho

Él es tranquilo. No se mueve mucho. Ella es eléctrica y revoltosa. Es profesora de gimnasia, Cuando pega unos de sus tantos giros corporales en la cama es precavida: primero levanta las frazadas y luego ella se mueve. Así evita quitarle toda la manta a su marido.

Si bien él se duerme, también es el que primero se levanta a la mañana. Coloca el despertador a las 6.30. Cuando suena, lo apaga y lo pone a las 7.00. A esa hora repite el mismo procedimiento: pone el despertador a las 7.20. Es el penúltimo paso: a las 7.30 ya no le costará tanto levantarse.

Ella es eléctrica, un cohete. A las 7.30 se levanta de una y ahí nomás se manda a la cocina para preparle el desayuno. Cuando él se va al trabajo, ella tiene una hora libre. Ya no puede dormir, así que se queda viendo TV.

Inés y Miguel

Ella es como Jime. En realidad, un poco más. Le gusta dar mil vueltas en la cama. Y así fue durante mucho tiempo. Él la acusó de que ella, cada noche, le saca toda la frazada y se transforma en un canelón de mantas, sábanas y cubrecamas.

Entonces ahora cada uno tiene sus propias mantas. O sea, una sábana única para una King Size estrenada hace ya más de un año, pero con frazadas y cubrecamas de tamaños "singles".

Por último, apenas se casaron, él se cayó a la tremenda cama con la almohada chata y blanda que usa desde los cinco años en su camita de Maipú. No pudo acostumbrarse a las almohadas de su nueva camota. Ella, para hacerlo enojar, varias veces le sacó esa almohada. Lo criticó mucho por eso. "Estás en otra etapa de la vida", le suele decir.

Ahora ella es la que usa esa vieja almohada para dormir. Ambos viven en San Luis y admiten que cuando vienen algunos fines de semana a Mendoza, meten esa cosa legendaria en el equipaje de Andesmar.

Nati y Esteban

Ella es un pan de Dios. Se acuesta, cierra los ojos y se duerme con los brazos doblados para arriba, en una posición en el que cualquier ser humano se asfixiaría. Ella dice que su anciana madre también dormía así. "Se hereda", dice. Y así se duerme todo.

Él es un tirabuzón en el colchón. Si da 20 vueltas cada noche se queda corto. También levanta la frazada para evitar llevarse todo el material que abriga. Pero siempre, en algún punto, le pifia y ella reacciona recién al día siguiente: si se levantó con la garganta colorada porque pasó frío, obvio, la culpa la tuvo él.

A la vez, si bien ella se duerme todo, admite que aún dormida se le prende como garrapata en todo el cuerpo de su marido. Un día ella se asustó porque vio a él que estaba transpirando. No era fiebre. La culpa no la tuvo su exceso de amor, sino que la voluntad de vago de los dos para no prender el ventilador de la pieza.

Ivana y Mariano

Ambos reconocen moverse mucho y poco en la cama, según los días. Ella es la que se levanta primero. Y como viven en un barrio muy alejado, él la lleva cada mañana a su trabajo en Casa de Gobierno.

Como ella pasa su buen tiempo en el baño con los maquillajes nuevos, viejos y otras vez nuevos, más la selección de vestidos para el día, más el ordenamiento obligatorio de las mesitas de luz de ambos dos y otras chauchas más, tras despertarse y desayunar, él logra vencer el sueño de una manera muy eficaz: acostándose de nuevo a dormir. Posiblemente pase media hora vestido y desayunado para que ella finalmente esté lista para ir al trabajo.

Hay más historias como éstas para contar, que no son tan distintas como las tuyas. Parafraseando a un famosísimo dicho mexicano podríamos decir de historias como éstas "tu cama es mi cama, pero hacete cargo".

lunes, 1 de diciembre de 2008

Juguetes


El fin de semana cumplió dos años mi sobrino más chico. Recuerdo que en una mesa habían muchos regalos. Es el único hijo y por ende, el más mimado. 

Durante la mañana habíamos ido a la juguetería para comprarle el regalo. En otros tiempos se decía "el regalito de cumpleaños" porque un juguete no tenía nada que ver con un electrodoméstico. Ahora, por lo que veo, en Mendoza las jugueterías ahora tienen de todo y por ende, los niños de hoy tienen de todo (y los regalitos ahora son regalones made in you pay euros).

Yo tuve muy pocos juguetes. Recuerdo a Joe El Super Temerario, un barbudo musculoso, de plástico y de buen físico, con manos de goma, y los restos esparcidos de soldaditos y muñequitos. Con ellos armaba dos equipos de fútbol de cinco jugadores cada uno. En el piso hacía un arquito semejante -pero en tamaño mucho más reducido- al que hacíamos en el Parque (allí eran un buzo = un poste, es decir, cuatro buzos de gimnasia = dos arcos). A veces un lápiz de color acostado en el piso era el palo de un arco. La pelotita, un pedacito de papel higiénico mojado. El partido consistía en no mover los jugadores y que para llegar al otro arco tenían que hacer pases, tirando la pelota hacia la posición más cerca del soldadito o muñequito hacia donde caía esa bolita de papel higiénico. Cada jugador tenía un nombre. Con eso solo podía pasarme una tarde entera jugando. El otro juguete que tenía lo armé yo solo: un pedacito de madera, con la punta cortada y un timoncito. Con los chicos del barrio hacíamos carreritas de barquitos en la acequia de la calle Martín Zapata, entre Paso de los Andes y Granaderos. Todo el grupete arrancaba en una esquina y alentaba a sus respectivos barquitos a lo largo de toda esa manzana. Lo peor que podía pasar era que un barquito quedara trabado por la basura de la acequia en algún puente de ingreso al garage de una casa.

Otra de las cosas que hacía, en tiempos en que no corría mucha agua en la acequia, justamente era hacer diques en la acequia con las ramas que venían por las mismas acequias. Cuando el agua era muy sucia no hacíamos nada, pero eso sólo pasaba cuando venía mucha agua del Parque por alguna lluvia.

Los cumpleaños no eran en peloteros, sino en los quinchos de Regatas o directamente en el jardín de la casa de algún amigo. A mi me encantaban los cumpleaños porque era la oportunidad de tomar Coca Cola o Fanta. En esos tiempos esas gaseosas venían en botellas de vidrio, de un litro, y salían muy caras como para tomarlas en casa. Por otra parte no existían los sobres de jugos de naranja. En casa el único líquido que se bebía era la super jarra de agua y en ciertas ocasiones, el agua con Cremogenado Batalla, un espantoso jugo de naranja que venía en una suerte de tarro de plasticola roja. Eso era lo único barato que había como jugo. Porque el Tang no era el Tang de 80 centavos que conocemos hoy: antes era un frasco similar al de los cafés y salían algo así como 7 u 8 pesos de hoy. Ese frasco, una vez que se abría, había que echar varias cucharadas para hacer sólo una jarra de agua, por lo que ese jugo no duraba mucho, salvo que se tomara la decisión de hacer jugo una vez al día o semana. Entonces los cumpleaños eran para morfar cosas ricas, como esas gaseosas, más papafritas y sanguchitos de migas.

En el cumpleaños de mi sobrinito vi otra cosa que se repite mucho en Mendoza: a los pibes de hoy ya no les impresiona la papa frita o los sanguches de miga. Se la pasan corriendo y no morfan nada. No se sienten felices cuando ven esas comidas ricas (como nos pasaba a nosotros). Entonces pasa lo que siempre tiene que pasar: sobran toneladas de comidas tras finalizar un cumpleaños. Eso también es otra rareza: ¿por qué las madres, en los cumpleaños de sus hijos, hacen comida para 18 orangutanes? Es algo muy de aca, se me ocurre.

Tengo un buen recuerdo de mi infancia. Y eso que fui el menor de cinco hermanos, por lo tanto casi nunca tuve ropa nueva, ya que usaba la ropa que a lo largo del tiempo le iba quedando chica a mis hermanos. No estaba mal eso. Digamos que gracias a eso me convertí en un no consumidor de ropa. Ahora que leo lo que acabo de escribir me siento raro, ya que pareciera que hoy sería imposible vivir así, con pocos juguetes y con la ropa que apenas uno necesita: ayer por la tarde, con mi mujer, repartíamos unas boletas de IPV en el barrio Los Almedros, de Junín, ubicado casi en el campo de ese departamento del Este, y en una zona tan pobre que un olor permanente de cadáver no era percibido por dos niños que -tirados en la tierra- miraban lo que hacíamos nosotros. Recuerdo este gran contraste: la pobreza y suciedad de ese barrio vs un celular con cámara digital y MP3 que tenían los chicos (por cierto, mucho más moderno y caro que el de mi).

¿Por qué muchos 30 y pico special de hoy pudimos crecer casi sin juguetes? Primero, porque sí teníamos juguetes, pero no demasiados juguetes, sino que sólo lo justo y necesario. Y segundo, porque el resto de la obra fue escrita por la imaginación. Con esto último podemos ser felices sin necesidad de depender de cosas modernas.   

miércoles, 9 de julio de 2008

La chinita del 9 de julio

San Juan, entre Lavalle y Buenos Aires, a las 13.30. El tránsito es siempre muy denso por allí, aunque ayer fue un poco más. Como iba a pie se me ocurrió acercarme a ver qué pasó. ¿Y qué pasó? En la vereda del súper chino había niñita oriental recién llegada de la casita de Tucumán hace casi 200 años atrás. Tenía esos peinetones que cada vez que la profesora de Historia del colegio Murialdo nos la nombraba, hace ya casi 30 años, por alguna razón en esos días yo pensaba igual que ese Gato de Verdaguer que conocí 20 años después: peinetones de fibra de vidrio más grande que la misma cabeza. Y la pregunta estúpida -porque aquellos actos del 9 de julio siempre eran monótonos y aburridos, por lo tanto había que reírse de algo para pasar el rato- que nos hacíamos era cómo podían esas mujeres salir de sus casas si esos peinetones llegaban hasta el balcón.

En fin, para no irnos por las ramas, lo que quise decir es que apenas vi a la hijita del dueño del supermercado chino vestida como dama de honor de 1816, se me vino a la memoria los peinetones y todo eso. Pero lo interesante fue que la gente que pasaba en los coches frenaba un cacho para ver a esa niñita, que dentro de todo estaba rescatando una parte importante de nuestra historia olvidada o desvalorada por los que reconstruyeron la historia a partir de la destrucción de todo lo que tuviera que ver con los valores cristianos y conservadores (no es bueno "conservar" lo malo pero somos tan extremistas que también no "conservamos" lo bueno).

Metiéndonos en una máquina del tiempo: ¿esta niñita, vestida con la ilusión de nuestra historia, alguna vez se desilusionará de nuestra patria?, ¿alguna vez nosotros le diremos a su rostro"no podés" cuando venga a pedirnos trabajo o a pedirnos un consejo?, ¿alguna vez ella será víctima de un engaño causado por la viveza criolla que le hará plantear profundamente el por qué ella y sus padres decidieron que ella fuese argentina y no coreana, o japonesa, o taiwanesa o china?, o más profundamente, ¿cómo ella se va a sentir el día que madure y perciba una decepción por nuestro país?, ¿se le ocurrirá decir -como seguro a muchos de nosotros lo habremos hecho- que "y pensar que yo era el gauchito del 25 de Mayo" cuando aguarde en el aeropuerto la llegada del avión que lo trasladará a España, Italia o Estados Unidos, para siempre, como muchos de nuestros lectores mendocinos del exterior?

Quisiera hacer lo posible por lo menos para que el día que esta niñita crezca y posiblemente se sienta decepcionada (por nosotros) que yo y alguno de nosotros seamos capaces de brindarle una mínima dosis de esperanza, para que ese sueño de aquella niña más argentina de la calle San Juan no se esfume para siempre.