martes, 10 de marzo de 2009

En los cerros


_Me dijo que este año la de San Martín va a ser la Reina Nacional de la Vendimia_

_¿Pero cómo, si todavía no eligieron a la de San Rafael, Las Heras, Guaymallén y no sé cuántas más_

_Es lo que ella me dijo_

_Y ¿por qué?, pregunté sin saber si ubicar el primer signo de interrogación antes o después de la “Y”-

_ ¿Te acordás que te dije que esa chica había llegado al trabajo gracias a que colaboró con Jaque en las elecciones?

_ O sea_

_ O sea. Bueno, me dijo que el intendente de ese departamento apoyó a Jaque antes de que fuera candidato a gobernador de Mendoza. Por eso_

_ O sea_

_ Así es, o sea_

Eso fue a principios de febrero. 

Recuerdo que cuando me reincorporé al diario le dije a Nacho: “te lo digo ya: la de San Martín será la nueva Reina de la Vendimia”.

A medida que fueron eligiendo a las reinas y llegaban al diario para entrevistas y sesiones de fotos, a lo largo del mes de febrero, yo me decía “¿será cierto, al final, todo ésto?”. Después de todo, la de San Martín se veía muy linda, pero...igual las cosas así no cierran, o sea.

Reconocida

El sábado último a la noche nos fuimos a los cerros a ver el Acto Central. Tenía ganas de estar cerca de la gente y ver cómo se vivía la fiesta desde allí adentro. Y de paso, hacer un poco de deporte (o sea).

Dejamos el coche en Luzuriaga y Huarpes (para no tragarnos el lío de tránsito después, a la salida) y de allí pateamos derechito hasta el anfiteatro (de una media hora a cuarenta minutos). Llegamos a las 22.00 en punto. No escuchamos los abucheos a Jaque ni los elogios a Cleto. Nos lo perdimos por cinco minutos. Encaramos una montañita. La subida era brava, bastante brava para ser de noche. Subimos, nomás. Cuando llegamos arriba nos encontramos con que no se veía nada ni había lugar para estacionar los omóplatos y el paragolpe trasero de nuestro ser a tracción de sangre. Yo transpiré. Abrí la Pepsi Max y tomé un cacho. Luego saqué un caramelito de miel, para frentar algún eventual hipoglucemia. Intentamos convencernos del lugar pero fue imposible. Nos retiramos. Alerta: bajar es más peligroso que subir.

Casi me caigo de tobogán. A la vez, mientras bajábamos unos cuántos subían. Vi a una pareja con un bebé y dos chicos. Le tuve que decir. “Cumpadre, no entra ni la mitad de tu alma allá arriba”. Me hicieron caso y abandonar la escalada. Nosotros nos pusimos a la cola de un grupo de promotoras que parecía la corte de la reina de bomboncitos.com. Iban para la zona del palco oficial, según me dijo el cana que también me dijo que nos coláramos “porque nadie se da cuenta”. Estúpidamente me pregunté ¿cómo me voy a colar si después voy a contar esta historia en Internet, o sea? (el “o sea” final completa la otra mitad de la pregunta, o sea). “Muy linda Rocío, la de Tunuyán”, pensaba para desviar la conciencia de mi conciencia. “Sí, pero en Internet ganó la de Godoy Cruz y quedó San Rafael y San Martín, ahí pegados”, seguía tonteando mi cerebro. Quédense tranquilos: seguí de largo y no entré al palco oficial. Encaramos otro cerro.

“Oiga señor, por aquí suba”, me dijo un guachu pulenta que jugaba con otro polluelo de su edad. “¿No es una tortura llevar al Acto Central a un niño que por más esfuerzo que haga jamás va a entender lo que sucede arriba del escenario?”, me decía mentalmente para masticar el tiempo al cuete que llevábamos caminando. Subimos (esas subidas que vos sabés que te espera una bajada muy dura y con posibilidades de asentar el paragolpe trasero con curitas). ¿Qué veo? Misterioso (no tanto): el cerro completamente abarrotado de personas que no podían ver el espectáculo, pero igual disfrutaban estar allí sentados, con sus mates, manteles, facturas, choripanes...bebés en su octavo o noveno mes de embarazos y...¡cómo hicieron para subir a los chocos! Encontramos un lugarcito y nos sentamos. Se nos vino Rebecca, una choca marrón, bien cachorrita y con un miedo bárbaro (los fuegos artificiales para los chocos son como bocanadas de espantos de la suegra hacia un humano común y corriente normal). Sentados con 0% de vista al espectáculo. Parado tampoco se podía ver. Y menos con los periscopios blancos de cartón. Todo el mundo estaba en su mundo. Nadie seguía el hilo de un acto central que no podían ver. Pero igual, felices de estar simplemente por estar. Sacamos los sanguchitos de miga y el resto de la Pepsi Max. Tenía mucha sed. Rebecca no quiso restos de sanguchito. Seguía asustada.

“¿Y dónde están los mendocinos que fueron a los cerros?”, lanzó Laura Carbonari, al final del espectáculo. Llegó a la zona donde estábamos como una voz anónima, del silencio, que les despertó el alma y les hizo recordar que se venía la elección de la reina. Aplausos para Laura, es decir, para ellos mismos. Y seguía las vueltas de calesita vocal de los conductores y algunos ya empezaron a silbar, ¡qué carajo, que digan dónde está la barra de Las Heras, Godoy Cruz y Guaymallén, que elijan a la reina y que tiren los fuegos artificiales, a eso hemos venido, se ha dicho, o sea!.

Otro aplauso para Laura Carbonari. Se le ocurrió decir que la Vendimia era la fiesta de los cosechadores. Sólo eso. El mendocino común y corriente se sintió leído por primera vez en la noche. Luego vino las palabras finales de la reina Florencia Tous (¡ah, fue después de la elección, pero igual lo cuento ahora, o sea!). Aplausos totales, diría Cerati. Qué lindo ver a la gente cómo reconoce a una reina que también fue electa en una votación dudosa. Digo “también” no por consecuencia de algo pasado, sino por lo que sucedería en unos minutos más (o sea). Al final, las reinas no tienen la culpa de las internas de la política. Son muy pibas para asimilar todo ese mundillo de poder corrompido. Por eso los mendocinos siempre terminan reconociendo a quien fue su soberana nacional. Florencia hizo un buen reinado y para los mendocinos que estaban en los cerros, seguiría siendo su reina por muchos años más, como hoy lo siguen siendo la Fornara o la Gaua.

Llegó el momento de la elección. Nos metimos más adelante, casi apretados en la multitud, para al menos poder ver un cacho el escenario. Empezó la elección. Como sanrafaelino siempre hinché por San Rafael, pero este año quería que ganara Godoy Cruz.

_ “¡¡¡Un voto para Godoy Cruz!!!”_

Estallaron los gritos en los cerros.

_ “Un voto para San Martín!!!”_

Nada, ni el gato. Perdón, sí, allá lejos veo a dos tipos con algo en las manos, sí, votan a San Martín.

_ ¡¡Un voto para Las Heras!!”

Se viniero los cerros abajo.

_ ¡¡Un voto para Guaymallén!!

Temblor de 6 grados Ritcher.

Fin de la elección. Allí había una pantalla gigante. Todos se acercaron para ver a Candela. Pero sólo eso. Cuando ella dijo sus primeras palabras casi nadie la estaba escuchando: ya estaban descendiendo. Estaba empezando a llover un poco. ¡¡Pero qué esperan para tirar los fuegos artificiales!

_ Señor, ¿quiénes son los que votan a las reinas?, me preguntó un hombre bastante humilde, creyendo que yo sabía mucho. Tuve que decirle que los políticos, los periodistas y otros más.

Sí, esa fue la sensación: la nueva reina no era la que esperaban allí, en los cerros. Pero tampoco estaban de mal humor. Simplemente agarraron sus cosas y encararon la bajada jodida. Había una mujer que tenía una panza de como 14 millones de meses de embarazo. Luego vi a otra casi igual. Y a otra, en la misma situación. Los perros bajaban por su cuenta. Nunca supe cómo bajaron a Rebecca.

Abajo nos fuimos otra vez a la zona de palcos, para agarrar directamente la salida. No nos dejaron pasar porque tenían que salir las figuras, políticos, periodistas y todo eso. Se venía juntando la gente como agua en un estanque que no da a basto. Niños chicos. Carros de bebés. Más mujeres embarazadas. Un hombre utilizó a su niño de escudo y le enseñó a su hijo que hay que insultar y empujar a la policía para lograr el Bien Común. La policía cedió, y cedió con todos. “¡Viva la policía!”, vitorearon las señoras de no más de 30 años pero que parecían de 50. Vi a un senador nacional por Mendoza y a algunos periodistas amigos. A uno le dije que “vas a tener que escribir una nota sobre eso que me dijiste acerca de que siempre existe una “reina política” y una “reina del pueblo”. Recorrimos la playa de estacionamiento. Encaramos hacia la salida que conecta directamente con Boulogne Sur Mer y vimos a una embarazada que cargaban entre muchos arriba de una Pick Up. ¿Qué le pasaba a esa mujer? Al otro día nos enteramos del bebé Candelita. Pero nada que ver con ella, estoy seguro. 

Un símbolo de paz

Desde hace mucho tiempo que sueño hacer en el diario un suplemento que se llame Familia y que básicamente consista en instalar el tema familia en la agenda periodística. Una trabajadora social del Poder Judicial te puede diagnósticar la familia de donde salió un delincuente. Hay muchas noticias allí adentro. Otras historias para contar a modo de relato periodístico son las familias que lograron encauzar a sus hijos durante la adolescencia, las familias que superaron el miedo de adoptar y adoptaron, las familias que no logran contener a las hijas que quieren abortar, las familias con hijos discapacitados que adquieren valores para sacarle el máximo provecho a la vida, cómo afecta en la familia de los trabajadores las historias de quienes trabajan los domingos en shoppings o centros comerciales. Pero sobre todo también hacer incapié en las familias que se forman de un día para el otro y que deciden explotar a sus hijos como mendigos en las calles, y también abusar sexualmente de ellos, es decir, cómo se llega hasta esa situación, qué recorrido hace para terminar en un desenlace de ausencia de felicidad. Todo ésto es el tema que se viene y que aún el periodismo no lo reconoce, ya que a la hora de hablar de familia todo empieza y termina en un psicólogo y no en especialistas de familia, como hay ahora en Mendoza, como también en profundas investigaciones sobre historias de vida.

Candela Carrasco es la primera mujer que escucho que le interesa abordar la paz y tranquilidad en la familia. Dio en el clavo. Acertó totalmente. Pegó en el lugar donde más duele intervenir, analizar y llevar a práctica soluciones. Al fin y al cabo sabe que la inseguridad y la tristeza en la juventud de hoy viene por una ausencia de amor y desprecios de los valores, que empieza desde casa.

Esa es la reina que quiero (y que queremos). La que en medio de tantas confusiones y relativismos que nos aisla de las verdaderas soluciones, rescate la sencillez de buscar un símbolo de paz (aguante Charly).

Sobre esta Vendimia (y en todas las cosas de la vida) prefiero rescatar lo positivo, más allá de la circunstancias positivas o “no positivas” (diría Cleto, o sea)

No hay comentarios: