martes, 22 de febrero de 2011

Gracias a la guitarra

guitaracordes.com
Llegaba la época de los exámenes y la mayoría se la llevó a rendir. Era su primera experiencia. Venían de la primaria y durante el año prefirieron desoír la advertencia de que las cosas no iban a ser fáciles en diciembre si en cada clase seguían sin tomar apuntes ni estudiar. Y así que pasó que en la última clase del año, cuando anoté los temas del examen en el pizarrón y que el mismo iba a ser oral y escrito, les llegó el agua al cuello porque les tocaba, de un día para el otro, abandonar definitivamente el pelotero y convertirse en una suerte de estudiante universitario, a punto de rendir un examen final que pudieron haber evitado. En mi época yo lo vivía como un castigo, como una película de terror y por eso fue que en toda la secundaria sólo me llevé a rendir una materia: matemática financiera, en sexto año. Ahora la cosa la veía distinta (como tendría que haber sido siempre): un examen final no es un castigo, sino que la oportunidad de aprender bien. El objetivo es aprender. No es más que eso. Pero el entorno sigue siendo, como cuando egresé del Zapata en 1988, el del castigo.

Tres mamás de alumnos vinieron a pedirme explicaciones. Las recibí en el aula y en menos de tres minutos ya estaba todo dicho: “Nunca tomó apuntes y nunca estudió. ¿Se acuerdan cuando nosotros íbamos a la secundaria? Al menos, hasta el peor de los alumnos tomaba apuntes. Su hijo, ni eso. Si lo dejo pasar a noveno, la profesora que vendrá tendrá el doble de trabajo”. Las respuestas de ellas tenían que ver con la necesidad de confesar problemas familiares, de miedos al futuro y de la impotencia de que su hijo no reconozca el esfuerzo que hoy hacen sus padres para llegar a fin de mes. ¿Nosotros no éramos así, acaso? Puede que sí, pero intentábamos evitar meter mucho la cabeza en la realidad. Es la Edad del Pavo. Así se lo llama en la vida real.

Toco y Canto, junto a Cantarrock
fueron las revistas que me enseñaron
a tocar la guitarra.
Tomás era uno de los tantos que se rascaban todo el tiempo, aunque no se portaba mal, salvo cuando se dejaba arrastrar por un “líder negativo” (como llaman los docentes a los que llevan a los que no tienen personalidad a portarse mal). En los momentos difíciles del aula –cuando se portan mal a rajatabla- suelo percibir la temperatura de la brújula de la vida en cada uno de ellos. Es una reacción de mi imaginación –creo yo- para intentar rescatar algo humano y positivo. En el caso de Tomás, sin dudas que se notaba que uno de los lemas de la existencia, resumido en la expresión “la vida es bella”, rondaba cerca de sus entrañas, pero la música fuerte de la distracción y de los gritos del aula le impedían oírlo. Y por eso es que su último examen fue un desastre y se la llevó a diciembre. Pero ese fue, para mi, su día más lindo.

La experiencia de tocar la guitarra al cierre de un trimestral le había cambiado el rostro a un curso de alumnos de primero del Polimodal. Poniéndome en el lugar de ellos, y sí, rendir es feo. Entonces cerremos el examen con una guitarra y buena música. No sé si iba a resultar en un octavo. Pero la sorpresa fue que Tomás entró al aula con la guitarra, luego de rendir su espantosa prueba.

guitarraparatodos.com
Empezó con unos punteos básicos de tres acordes de la canción de una película que ahora no recuerdo. Todos los que aprendimos guitarra, al principio, éramos así. Te preguntaban qué sabés tocar y tenías dos opciones: Yo tengo unos ojos negros (de LA, MI y RE) o el punteo de la musiquita de Batman. Nos quedamos con el último, y a repetirlo porque sí, o porque la canción era tan corta que había que tocarla mil veces.

Se me escapó la pregunta difícil: ¿qué canción sabés tocar? Cuando tenía 13, en el Zapata, aprendí a tocar guitarra en la coprogramática del sábado. Si me preguntaban qué canción sabía tocar mi deseo hubiera sido “Del 63”, del primer disco de Fito, pero tenía tantas notas imposibles que prefería decir “Del 63, pero todavía no aprendí a tocarlo bien”. Mi respuesta de fondo era “yo quiero tocar rocanrrol, pero no conozco una canción que sea fácil de tocar porque recién estoy aprendiendo”. Un tiempo después, en la Toco & Canto, salían los acordes de “La rubia tarada” de Sumo: todo en MI mayor. Pudo haber sido mi primera canción, pero bueno, tenía la cabeza puesta en Charly y Fito, como casi todos. Volviendo a Tomás él se atrevió a intentar tocar una canción. Lo intentó, pero ese intento fallido fue mucho más que ver a un guitarrista que la descose con un tema que no le sacuden las fibras.

Le pedí la guitarra (está mal: en el aula los protagonistas son los alumnos, no el profesor) y toque dos temas míos. Se acercaron los revoltosos y revoltosas. Me miraban distinto. Parecía que recién allí tenían ganas de aprender. También parecían experimentar lo que se llama recibir amor a través de la expresión musical. Tenían ganas de quedarse allí. El peor alumno y más callado del curso se puso a filmar con el celular (sonamos). Terminé los dos temas y le devolví la guitarra a Tomás. No recuerdo qué pasó después.
taringa.net

Lo que sí pasó es que a la semana siguiente aprobó Lengua. No se la tenía que llevar a marzo. Y después de rendir volvió con la guitarra. Y después me dijo que quería formar una banda conmigo y con otro de los alumnos más revoltosos. La temperatura de la brújula de la vida se elevó al punto que sus fibras se removían al punto de querer gritar “mi primera canción será una canción mía, quiero que sea ya”.

Un regalo de la vida fue para mi. Contagiar a alguien de lo más lindo que uno ha vivido y en el momento justo para contagiarlo, porque al ver cómo muchos alumnos le gritan y hasta le pegan a sus compañeras de curso, que alguien encuentre una buena forma de expresarse, que le abra la cabeza y el corazón, es una bendición, sobre todo, porque ya comienza a encontrarle sentido a la vida. (Aclaración: Tomás no es su nombre verdadero).

jueves, 3 de febrero de 2011

Lo que me dejó Gesell

Heladería Hulk es lo único que recuerdo de ese instante de mi infancia en que con papá y mamá recorrimos en el viejo Ambassador marrón algunas cuadras de la Calle 3, hace casi 30 años, cuando veraneamos en Pinamar. Y nada más que eso. Acabo de sumar más razones para recordar: pizzería Panzón, carnicería El Ternero Loco, panadería El rey de la medialuna, parrillada Pipona, heladería Frío’s y supermercado Mingo Center. Welcome to Gesell Village.

Nos alojamos cerca del extremo sur de la eterna Avenida 3, ahí nomás de Mar de las Pampas, que no conocía y que es para pasar una segunda Luna de Miel junto al océano abierto, las cabañas y las artesanías autóctonas.

El idioma oficial es el porteño. Se caracteriza porque se habla fuerte, con muchas palabras de más. Si alguna vez viste alguna tira de Polka, allí encontrarás todos los rasgos y cualidades de ese idioma. “Hola, sho soy de Tupungato”, llegué a escuchar. Encontrar un porteño humilde es un hallazgo científico. Yo tuve suerte de conocer a Joselino, un gran tipo, de esos que no salen en las tiras de Polka, justamente. Quizá por la TV sea difícil hallar un porteño humilde. En la vida real, no.

Vi a dos turistas con la camiseta del Tomba y a otros dos con la azul de Independiente Rivadavia. Pese a haber minoría de mendocinos, en la primera noche vi cómo un cantante de folclore entonó Pónganse por las hileras. En la mesa de al lado había una familia típica de hoy: mamá, papá y el hijo menor comiendo; la nena de 13 ó 14, chateando con una notebook. Toda la noche, así. Exiliada de los vínculos de la realidad.

El sachet de leche, a cinco pesos. Guau! Las toallitas femeninas, a 7 pesos en el Mingo Center y a 4,5 pesos cruzando la calle, en los Cinco Hermanos (aquí sale 3,5). Los precios igual en Gesell que en Pinamar y Mar de las Pampas. El Carcasone, el vino que más suena en las parrilladas pop, a 12 pesos. Nunca lo había probado y me gustó. Un Estancia Mendoza básico, a 10 pesos. En el Zapata nos enseñaron que la cuenta Fletes y Acarreos hace más caro a una mercadería. Luego de ver los precios accesibles a vinos en Gesell supe que los mendocinos pagamos siempre la cuenta Fletes y Acarreo cuando compramos en el supermercado del barrio.

Lindas minas, aunque reconozco, tenía a mi mujer y a mi suegra en mis espaldas todo el tiempo, más que todo porque las dos caminaban más despacio que yo, del modo que sus ojos siempre estaban pendientes de alguna mirada picarona a otro barco de mi. Vi Belgrano con Pablo Rago y allí sentí frustración al notar que este año mucha gente va votar a Kirchner. Está bien, no te hagás dramas, Mario. Mucha artesanía. El helado más barato, 12 pesos. Cada empanada sale 4 pesos. Un pollo en la rotisería, entre 45 y 50 pesos, 15 más que aquí en Mendoza. Sólo dos cajeros automáticos para tremendo pueblo (seguro que hay otros dos más escondidos por ahí). En San Rafael, al menos, había cuatro cajeros en dos cuadras, un alivio (no Perafán, para los seguidores de Pedro el escamoso).

Alirio Perafán - Imagen: Caracol TV
Pongamos un cambio y doblemos. Cosas indescriptibles: todo lo que agradecí. Quisiera hacer un listado de los gracias totales que elevé, pero dejé que las sensaciones cumplieran la función que habitualmente hacen las palabras. Y sí, hay mucho. Por primera vez descubrí que recibimos muchísimos favores al día. Que gracias a pequeñas palabras y gestos nos sostenemos cada día. Que si el día estuvo lindo y despejado no fue porque tenía la obligación de ser así, sino porque las cosas se dieron para que yo viviera la mejor de mis tardes. Leí una frase que me empezó a removerme por dentro: “puedo estar orgulloso, satisfecho y no sé cuántas más de mi mismo, pero nunca agradecido de mi mismo porque siempre se es agradecido con otro”. Y ese otro, un montón de cosas a medida que lo vas descubriendo, te mueve a valorar las cosas de verdad; a por ejemplo, cuando bendecís la mesa, a no hacerlo por repetición sino que agradeciendo de verdad con el corazón.

Te puede alegrar dos perritos que van juntos a la playa, una anciana que intenta ser feliz sólo arrimando los pies al agua del mar, los nombres graciosos de los locales comerciales de Gesell, el momento del saludo de la paz en misa, las piruetas del lobo marino de Mundo Marino, el verdulero de Tandil que se sintió halagado porque adiviné al decirle por qué esa ciudad bonaerense es famosa en el mundo, que nos hayan dejado usar un baño en la playa sin pagar, que un negocio venda algo mucho más barato que el negocio de enfrente, una parrillada que por la calidad de carne sólo lo comés en Mendoza en dos o tres restaurantes, un joven que se ofreció a revisar las ruedas del coche, el buen estado de la ruta que une Realicó con Alvear, que el auto haya funcionado sin problemas, el mensaje de texto que recibí por mi cumpleaños mientras iba manejando, el gallego que me atendió con amabilidad en la rotisería de la 3 y 143; sobre todo, que esté junto a mi la mejor mujer del mundo (agradeciendo conocés mejor a quien te acompaña siempre), etc.

Y sí: damos muchas cosas por hecho sólo porque estamos acostumbrados a recibirlas, o porque tenemos derecho a que siempre estemos bien. Me di cuenta que con sólo agradecer comenzamos a mirar a los ojos a las cosas que agradecemos, más que mirarlas pasar con un “hola, chau”. También, por qué no, vale la pena buscar una sonrisa para generar sonrisas.

Heladería Colo Colo. Y sí: no pega ni con plasticola. Qué importa. Agradezco haber sonreído cuando vi ese negocio de la avenida 3 y todos los demás comercios gesellinos que están hechos para los turistas se rían un poco de las formalidades de las marcas y de la imagen.

martes, 11 de enero de 2011

La magia de no tener un mango

Tres matrimonios sentados en una mesa del patio de comidas del Mendoza Plaza Shopping. Se me ocurrió decir que la noche en que conocí a mi esposa tenía puesto un jeans comprado hacía diez años en un local de vestidos usados en Munro, provincia de Buenos Aires. Un compañero moishe, que se sabía de memoria el mapa de las ofertas del conurbano bonaerense, me llevó hasta allí. También dije que esa noche llevaba puesta mi remera más nueva, comprada tres años atrás. Y que en ese entonces, las zapatillas me duraban 15 años, es decir, hasta que estuvieran bien hechas pelotas.

La segunda parte de mi discurso fue más breve: “ella me cambió”, “ella me hizo ver que podía estar mejor vestido”. Igual, traduzcámoslo al lenguaje de los Banelcos, ahora mi zapatilla más vieja –la única que tengo- apenas cumplió los dos años de vida; el jeans nuevito que uso el sábado a la noche me lo compré el verano último en Mar del Plata y la mayoría de mis remeras tienen entre 2 y 5 años, cuando durante mi infancia y adolescencia directamente no usé remeras nuevas, ya que al ser el menor de cinco hermanos mi ropa ya venía usada por dos personas más de mi misma sangre.

Listo. No tenía nada más que decir. Ahora, a escuchar. En realidad, a ver cómo las dos esposas restantes observaban con dejo de cariño a sus respectivos maridos, Alberto y Sergio. Luego el primero confesó una historia muy parecida a la mía. “Las mujeres le damos a nuestros maridos todo su potencial de belleza. Antes de conocernos ellos eran unos Aníbales (referido al personaje de Calabró), pero ahora son unos modelos”, concluyó Isabel, apuntando su mirada a ya sabemos quién (de esos dos).

Sergio decidió no cerrar su historia, aunque siempre fue el más sencillo de los tres. Ahora yo me pregunto si tan mal me veía en todos los años de mi vida anteriores a conocer a mi mujer. Y para ser sincero, quizá sí, pero apenas un poquito. Lo que cambió –y traté de expresarlo lo menos ofensivo posible- es que ustedes (ellas) transportan nuestros cuerpos al de los modelos fotográficos de las revistitas de Avon o Martina Di Trento. Digo, ¿qué tal un tipo común y corriente, que sólo se viste para vestir y no para otra cosa más?

Estoy seguro de que nuestros abuelos usaron casi toda su vida la misma ropa, lavada 18 mil veces, pero la misma ropa. ¿Por qué comprar, comprar y comprar? ¿Por qué mirarse al espejo y soñar con ser más lindo de lo que uno es? ¿Por qué no mirar en el espejo a un ser humano íntegro, más que a un cuerpo elegantemente vestido?

Esta cultura actual, con muchos ingredientes izquierdistas y derechistas liberales, nos lleva incluso a que en ese patio de comidas (del Shopping) esté prohibido que te den una copa de vino de damajuana, como es en el campo. Según ellos, porque todo lo que se sirve tiene que ser descorchado. Según yo, porque una copa de vino de damajuana tiene un costo inferior al de dos pesos, por lo que chocaría gravemente con esta tendencia que hay en Mendoza de que los negocios te cobren lo más caro posible hasta las tortillas de la comida mexicana (antes te lo regalaban, ahora te sale dos pesos). Mi hermana yanqui, de visita en Mendoza, me dice que un Big Mac en Estados Unidos sale tres dólares y medio. Aquí, casi cinco dólares.

Tenemos más ropa en la pieza y a la vez, tenemos menos ahorro, porque tener mucho te impide ahorrar. Pobres por dentro, lindos por fuera. También ocurre que cuando somos lindos por fuera nos resulta más fácil ocultar nuestra miseria de adentro. Así pareciera que quisiéramos ser ahora.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Gracias Jesús, pobre Jesús

Navidad celebra el nacimiento de Cristo. El resto es puro relleno.

leetudestino.com
En mi infancia, el momento de mayor paz interior llegaba luego del brindis de la Nochebuena: allí, en el pesebre del arbolito, el instante eterno del nacimiento, donde el mundo entero se transforma en Belén, y sí, cuando la alegría profunda –de eterna niñez- ya se había expandido en toda el alma, era el momento de abrir los regalos. De los regalos de Navidad hoy no me acuerdo ni de uno. Lo que sígo recordando de cada año es el minuto a minuto del brindis de la Navidad en la Elevediez o Nihuil (yo interrumpía la música navideña del equipo de música para sintonizar la AM) y el pesebre que parecía brillar de vida al ritmo mundial de los fuegos artificiales, que nos estaban avisando que el cielo se había abierto y la luz de Belén iluminaba a nuestras familias.

Era el único momento del año en que no circulaba ni un coche o colectivo por la Paso de los Andes. Era la única vez del año en que me paraba en la mitad de esa calle, en el cruce con Martín Zapata, para ver cuántos coches podían aparecer en ese horizonte marcado por un Big Bang de fuegos artificiales. En las páginas de Los Andes venían apareciendo desde hacía unas semanas las imágenes del pesebre con una suerte de eslogan que no era otra cosa más que el saludo del Colegio de Escribanos, Centro de Empleados de Comercio y no sé cuántas instituciones más. El pesebre y el niño Jesús también solían aparecer mezclados en avisos publicitarios, pero sobre todo en los spots institucionales de Canal 9 y Canal 7 Mendoza. Noche de paz. Noche de amor. Paz y amor de diciembre, el momento más esperado del año para ser feliz, aunque sea para llorar de tristeza por esa alegría tapada por una tragedia en la ruta, un crimen o un cáncer que no tuvo paciencia para cerrar el capítulo final de una vida. Todo eso es Navidad, más la misa de las 21 y que termina una hora antes del momento más celebrado de la Nochebuena, más las llamadas telefónicas de la hermana que vive en Estados Unidos o Canadá y que ya nos dice “feliz Navidad”, pese a que ellos aún deben esperar tres horas más, o del pariente que hace cinco horas expresó su “feliz Navidad” en una helada noche en Madrid o Milán.

A la Navidad de hoy le falta lo más importante: el niño por nacer y que nació, Jesús.

lasescapadas.com
“Les decimos que no porque eso nos trae problemas”, fue la respuesta de una figura de peso del Mendoza Plaza Shopping a una muchacha que pedía permiso para regalar imágenes artesanales del niño Jesús en ese centro comercial, el sábado último. Por suerte pudieron hacerlo en Palmares Open Mall. Allí, un grupo de niños se acercaron a los mendocinos que venían con la bolsa repleta de regalos para ponerlo en el arbolito y sólo les ofrecíeron la imagencita del niño Jesús. Yo vi que muchos jóvenes –de esos que nunca ves en misa- directamente les cortó el rostro. La otra cara de la moneda eran los ancianos, las mujeres cincuentonas y muchos matrimonios cuarentones. Y gran parte de ellos se sorprendieron cuando les estaban regalando algo en un lugar en donde uno se acostumbra sólo a pagar 450 pesos por remeras, que si no fuera por la marca, apenas costarían 40 pesos.

Ese sábado a la noche, con mi mujer decidimos cenar en el Shopping. Y decidí echar un vistazo en todos los negocios para ver si había…no, no hubo ni uno solo, ni un pesebre y ni una imagen del niño Jesús. Santa Claus hasta en los sobrecitos de té para las expendedoras gratuitas de agua. Todo porque eso que me dio los mejores recuerdos de mi infancia y los mejores momentos de paz en mi alma “puede traer problemas”.

aciprensa.com
Yo me ofrecí a cubrir sacar fotos, filmar un video y registrar un audio de los niños del movimiento Focolares repartiendo las imágenes del niño Jesús. Me contacté con los medios y hasta el director de uno de ellos me dijo que daría curso de acción a ese reporte.

Al día siguiente, tras revisar los diarios digitales de Mendoza, le tuve que decir a mi mujer que esa nota conn texto, audio, video y fotos no lo publicó nadie. Ella, o el corazón de ella, miró al niño Jesús y dijo con mucha tristeza “pobrecito”.

El siguiente video es un mensaje de Chiara Lubic que lo dice todo:

viernes, 3 de diciembre de 2010

Medifé y la barbarie

Medifé Mendoza
¿Por qué? Es una historia larga (y arranca así): Hace 10 años, cuando trabajaba en negro en Los Andes Online, quise afiliarme a OSDE, Medifé u OMINT. Ninguno me dejó porque tengo diabetes. Las telefonistas de esas empresas no sabían cómo responderme. “Soy monotributista, ¿igual no puedo?” era uno de los tantos peloteos que hacía en busca de una buena salida.

La prepaga me cayó encima al mes de trabajar en Diario Uno. Como todos entramos en blanco, para este tipo de empresas fuimos un buen bocado, porque igual se llevaban unos buenos mangos extras: la obra social por sueldo me cubría 160 pesos y el resto, para llegar a los 800 pesos de la cuota salía de mi bolsillo. “¿Por qué mi mujer figura con 40 años si ella tiene 34”, pregunté. “Es que por ser matrimonio la edad se ajusta al más grande de los dos, por lo tanto ella paga (más) como si tuviera 40 años”, me respondió el promotor de Medifé.

Yo me encargué de apagar la enorme sonrisa que traía el vendedor de Medifé cuando fue a vender su paquete en la flamante redacción de diariouno.com.ar, en abril de 2008: le dije que tengo diabetes. “Bueno, hagamos una cosa: vos te anotás y dentro de un año declará tu diabetes. Así se hace en estos casos”, me aconsejó. Dentro de todo el tipo me caía bien. “¿Si OSEP (que lo tenía gracias a mi mujer) me cubre lo más caro de la diabetes, que es la insulina y las tiras radiactivas para medir la glucemia (hoy estimo en más de 2.000 pesos al mes), qué objeciones puede ponerme Medifé?”. No. Igual me sugirió inscribirme y declarar mi enfermedad un año después.

Meses después, mi mujer empieza a padecer otosclerosis y le hace falta un audífono. Teníamos OSEP y Medifé. El primero puso 1.000 pesos y el segundo, 1.500, para ese dispositivo de 2.500 pesos. Pero quien puso las condiciones fue Medifé: nos obligó a escoger el audífono más barato y por ende, el más peor. Hoy ese audífono no funciona, gracias a los pocos mangos que quiso ahorrarse Medifé. Es que yo iba sacando las cuentas: pagaba por los dos entre 800 y 900 pesos al mes y ¿cuánto de esa suma gastábamos nosotros? En algunos meses ni siquiera fuimos al médico. Toda la guita para Medifé.

Llegamos al clímax de la obra. Presten atención.

equinoxio.org
A mediados de junio me dan de baja de Diario Uno. Por ley, la obra social tenía que durar hasta septiembre. Justo el primero de ese mes voy a reumatólogo, afectado por una reciente hernia de disco. La secretaria del médico, que atiende en la calle Perú de Ciudad, me informaba que Medifé me dio de baja. No pude atenderme y con el cuerpo dolorido fui a la oficina de 25 de Mayo y Espejo. Efectivamente, me confirman que me dieron de baja. “¿Por qué no me avisaron por teléfono con tiempo?”, les dije. Sin respuestas del otro lado. “¿Y ahora cómo sigue esto, si yo venía bien, con la cuota al día?” (y por dentro pensaba “a estos tipos les debe convenir porque son 900 pesos al mes”). La simpática chica de atención al público me hizo llenar un nuevo formulario de inscripción. “¿Por qué otra vez este papel, si ustedes ya tienen mis datos?”. No recuerdo qué me respondió, pero lo último que me dijo fue “cuando tengamos novedades nos comunicamos con usted por teléfono”. La llamada llegó un mes y medio después para decirme que “usted no fue admitido”. “¿Por mi diabetes?”. “No, en realidad es un tema multicausal y complejo, se analizan muchas cosas”. “Pero yo tengo capacidad económica para pagar esa cuota”. “No, no lo podemos admitir”. "Bueno, quiero que me lo exprese por escrito". "No podemos comunicárselo por escrito". "¿Por qué?" "Porque es política de la empresa no expresar por escrito los rechazos a los que quieren inscribirse". “¿Y qué hago con mi señora?”. “Que venga a la oficina y que llene la planilla de inscripción”.

Como dice este aviso, más que espectadores es más que
un curro
Graciela y yo fuimos a la oficina de 25 de Mayo y Espejo (en la imagen de arriba). La chica le hizo completar ese formulario, en el que tenía que detallar qué enfermedades padecía. Puso lo de la otosclerosis. Y al final la muchacha le preguntó cuándo había sido su última menstruación.  Ahí yo no entendí un pomo (luego mi mujer me aclaró que era para saber si estaba embarazada. Se entiende: una mujer que espera un bebé sale más caro). Esto último fue hace más de dos meses. Es decir, ella -pagándolo del bolsillo de su propio sueldo, tampoco fue admitida por Medifé.

Publicidad de Medifé en Salta
Hace poco me enteré de que un directivo de una prepaga decía que era imposible “para el sistema” admitir a enfermos crónicos. Intenté comprenderlo, pero no pude cuando vi el afiche luminoso de Medifé en las calles de Mendoza: la médica bella y rubia, el paciente lindo made in Chacras de Coria, el ejecutivo que representa a la iniciativa privada y al que llegó arriba por méritos propios, tras título universitario, máster y doctorado. Y sí, yo nunca era de prestarle atención a esos detalles, pero el mensaje me llegó.

bureaudesalud.com
Mi mujer, como buena trabajadora social, me dijo con gran sinceridad que la salud para ellos es un negocio. Y a mi se me ocurre comparar esta situación con la estructura del pecado al que se refiere la Doctrina Social de la Iglesia, cuando sostiene que se trata de formas corruptas en las que estamos acostumbrados a funcionar y que muchas veces ni nos damos cuenta. En este caso, con empresas que juegan con la salud y dejan de lado a los que más los necesitan, que son los enfermos crónicos y los mayores de edad. Las prepagas deberían ser exactamente al revés: poner el negocio en quienes más los necesitan. Pero creo que la solidaridad y el bien común no son en sí negocios rentables, ya que exigen que el dinero sea un medio para llegar a un fin y no el fin en sí. Y esto los da vuelta totalmente, porque de la cultura de la vida pasan a ser integrantes de la cultura de la muerte.

Gracias a que en las prepagas el dinero (que debería ser el medio) está por encima de la salud (el fin) es que son una estructura de pecado y barbarie en este país, a tal punto que discriminan a las mujeres que estando embarazadas quieren asociarse para que sus hijos lleguen bien al mundo..