martes, 31 de mayo de 2011

Encuesta incompleta

Imagen: la-adopcion.com
La conciencia no siempre te da la razón en el instante presente, aunque siempre deja indicios de cuándo se hace la acción correcta. Y ahora les cuento por qué.

¿Se acuerdan que este blog nació como parte de la web de Diario Uno? Quizás nadie se dio cuenta de que una vez desapareció de esta web uno de los links relacionados llamado Aborto, holocausto underground. Si bien este sitio formaba parte de los links relacionados, la verdad fue que una vez me ordenaron sacarlo de allí cuando esta web integraba el staff de blogs del Uno. En ese entonces pasó algo que hace menos de un mes me confirmó que yo había actuado bien.

Todo comenzó por una noticia de una menor embarazada, cuya mamá reclamaba a la justicia un aborto.

Trabajaba como jefe de noticias y colgué la siguiente encuesta: ¿Tiene que hacerse un aborto?, con tres opciones de respuestas: sí, no y no, debe tener el bebé y darlo en adopción. Esta última opción arrancó ganando la encuesta por goleada, hasta que desde las altas esferas me convocaron. Allí me dijeron que sacara la opción "darlo en adopción" y que quedara sólo el sí o no. Desde ese momento el rumbo de la encuesta cambió y pasó a ganar el sí, es decir, la opción  a favor del aborto. Yo sabía que ésto iba a ser así y efectivamente, así ocurrió.

Dos años después, ya fuera del diario, con mi mujer nos dirigimos al Registro de Adopción, en la calle Patricias, para inscribirnos. Mientras hacemos cola allí veo un afiche pegado a la pared. ¿Qué decía? Que si alguien conoce a alguna mujer desesperada y con ganas de abortar, que llamara a un teléfono específico para que un cuerpo profesional la asista para que tenga el bebé y lo dé en adopción. Al finalizar, ese afiche expresaba que hace falta difundir esta alternativa que muchas mujeres desconocen.

Qué casualidad. Justo yo tuve una buena oportunidad de difundir esa opción...pero bueno, no todos los medios de comunicación trabajan por el Bien Común y la paz, como nos enseñaron en Deontología Periodística, en la Austral.

domingo, 1 de mayo de 2011

Viaje a la unidad vía México

Imagen: Aci Prensa
También podría haberlo titulado El día más importante de mi vida. ¿Cómo? ¿Recién a los 41 años vas a decir que viviste el día más importante de tu vida? ¿Y la infancia, la facultad, la mañana de 2005 cuando llamé desde Buenos Aires a Mendoza a mi viejo, para sorprenderlo con la noticia de que había escrito la nota principal del domingo del diario La Nación; los recitales con La Cachorra; el momento que toqué el teclado y canté Popotitos junto a David Lebón en el auditorio Calle, con los periodistas del grupo Los Culpables de la Verdad, y la noche de diciembre de 2006, cuando uní mi cuerpo y mi alma con Graciela en la iglesia de la Merced de Chacras de Coria? Al fin y al cabo, ¿cuántos momentos más importantes de tu vida han existido o existirán?

Imagen:  static.aztecanoticias.com.mx
Es verdad y no estoy seguro de que si ando exagerando. Probablemente, muy probablemente vuelva a existir el momento más importante de mi vida. Y me siento agradecido con el sólo hecho de saber que eso va a ocurrir.

Como alguna vez dijo Maximiliano Guerra en Talento Argentino, lo que mostrás en el escenario debe tocar la sensibilidad del espectador. El tema es que en la TV ya nada me hace emocionar. Hace una semana dejamos de ver El Elegido porque ya era demasiado grotesco. Un matrimonio evangélico, amigo de nosotros, hizo lo mismo. La TV y prensa pública se sintetiza en propaganda y mensajes con odios, y la TV privada es mostrar lo peor de nosotros para llegar a fin de mes y de paso, ganar un Martín Fierro. Lo digo en líneas generales. Creo que en el 85 fue cuando Charly sacó Hablando a tu corazón en el disco Tango, que hizo con Pedro Aznar. Allí preanunciaba que la TV y el periodismo, por elección, había dejado de ser feliz por no hablarles al corazón de los lectores. En Apuntes de Periodismo Digital hago énfasis en que existe en las provincias un periodismo hipertextual, sobrecargado de textos, que diluye las emociones y la sensibilidad de los lectores por falta de multimedia, pero también de contenidos cuyo ADN sea la experiencia como noticia. Esa experiencia superadora que se convierte en la respuesta final que busca el lector, también, para darle sentido a su vida.

Puede que cuando uno encuentra algo que le da sentido a la vida se le escape decir, entonces, que acaba de experimentar el momento más importante de su vida. Creo que ahora me estoy explicando mejor. Entonces vamos a los detalles:

Homenaje a Juan Pablo II en el estadio azteca
Imagen: Telediario.mx
Desde que dejamos de ver El elegido es que miramos en casa la TV mexicana. Y Televisa -que además de iluminar la tele con tiras como La Rosa de Guadalupe, basado en historias de vida enviadas por los televidentes- viene transmitiendo desde hace una semana su informativo nocturno –que aquí se ve a la medianoche- desde el Vaticano, por la beatificación de Juan Pablo.  Y hoy beatificaron a Juan Pablo. Y los mexicanos, además de darle una cobertura total, también aprovecharon lo que mueve Televisa en la industria cultural de ese país para organizar un concierto de artistas de la talla de Enmanuel en el estadio donde en el 86 Diego levantó la Copa del Mundo y se consagró como el mejor futbolista de la historia. Esta vez el protagonista fue “el papa mexicano” y el evento, llamado sencillamente Homenaje a Juan Pablo II, arrancó con el papamóvil vacío ingresando al estadio azteca.

En realidad, a lo largo de sus numerosas visitas a México, Juan Pablo II no se destacó por decir grandes frases. En el colegio, la semana pasada le enseñé a los chicos que el 65% de la comunicación es no verbal. Y eso alcanzó para que, a más de cinco años de su muerte, un papamóvil vacío desate lágrimas de emoción, pero también lágrimas de unidad, en todo el gigante azteca. La unidad es algo que sacude, que estremece adentro y quien no lo crea así los invito a que vean la celebración que se hizo cuando beatificaron a Chiara Luce Badano.

A Juan Pablo II lo vi muy poco aquí en Mendoza, cuando vino al predio de la Virgen. Yo estaba repartiendo agua en la intercepción del Acceso Sur y Acceso Este. El papamóvil pasó frente a mi, pero sinceramente no recuerdo mucho. Tenía 17 años. No todos en esa edad tenemos sensibilidad para disfrutar, sino más bien para llorar cuando se acabó la Coca Cola en el cumpleaños, como a todo adolescente niñito.


Ya son las 18 y desde la mañana que he estado con el televisor prendido a la beatificación de Juan Pablo. Qué lástima que no haga lo mismo la televisión argentina, se lamentó Graciela. Cuando ves a millones de personas unidas y removidas por dentro por alguien dejó traslucir en su mirada el Amor de Dios, y un canal grande de televisión que lo acompaña, realmente da para decir que el día más importante de tu vida no lo va a ser cuando sólo lo sea importante para mí, sino para todos. Hoy lo estoy viviendo así, porque lo que es importante y no se comparte, no es importante.

Estuvo nublado en Mendoza y un poco, también en Roma. Inclusive se quemó el foquito del baño del departamento. Pero la luz, cuando es verdadera luz, se las arregla para iluminar hasta las sombras más inamovibles del alma. Y ojalá que al igual que Televisa, los medios argentinos empiecen a iluminar más y a sembrar rosas, como las de Guadalupe.

domingo, 17 de abril de 2011

Una luz en el prostibulo

15 de enero de 1988. ¿Qué hacemos? Ese día cumplía 18 años y con Charles Rubens, compañero del Martín Zapata, que tres años antes –cuando empezaba el día y lo terminaba sólo escuchando “Rocas Vivas, se mueven las sillas, te quiero ver bailar” me había enseñado una ingeniosa técnica de estudio para aprobar los tormentosos y complicadísimos exámenes de Contabilidad- nos lanzamos a la calle para hacer lo que legalmente ya se podía a partir de los 18: ir al cabaret. Si bien desde hacía dos años que ese colegio se había convertido en mixto, la amistad con las chicas del curso era demasiado formal y respetuosa como para pasarlas a buscar (en colectivo, porque de autos, ni ahí), llevarlas a bailar, pagar la entrada del boliche, el trago, el taxi que la llevara a su casa y de ahí la limousine o lo que me arrastrara lo más cerca posible de mi domicilio. Salía más barato comer un pancho en Aruca, frente al Normal. y arrimar al boliche bizarro de la galería Caracol, o lo que por ahí cerca estuviera perfumado por delicioso sexo opuesto. Así fue que caímos a un cabaret chanta de la calle Las Heras, llegando a Mitre. Tan chanta que no tenía nombre.

Entre que entramos y no entramos, más los cinco mangos que se esfumaron con los panchos, miramos para arriba y sin pensar abrimos la puerta y entramos: veinte pesos (para lo que era ese entonces, más o menos). Negociamos. 18,5. Listo, nos sentamos en un sillón con amplia vista al escenario. Las muchachas ojos de video tape porno vinieron por nuestros tragos para ellas. Dos moneditas que valían cero pesos. Nos fuimos así como entramos, sin terminar de escuchar la canción de 9 semanas y media, que en esa época ponían hasta en la Fiesta del Melón y la Sandía, en Costa de Araujo. Al cohete, si bien Charles Rubens me enseñó a sacarme 9 en Contabilidad, en esa noche los dos fuimos un 3,5. Es el único caso en que podés elevar la nota poniendo más dinero, por lo que suponemos que la conciencia de ambos estaba configurando un código fácil de interpretar pero difícil de aceptar. Tal cual era la primera vez que aterrizábamos en un cabarute y seguramente no volveríamos a pisar uno hasta el día en que nuestros bolsillos se emanciparan y comenzáramos a ganar como escribanos. ¡Qué gente de principios éramos? Sin dudas que si cerré esta exclamación con una interrogación fue porque teníamos muchos principios pero muy pocas veces finalizábamos. Fue por eso que decidimos juntar el doble de plata e ir el sábado siguiente a Tiffanys, el mejor cabarute céntrico -calle España, entre Rivadavia y Peatonal- que había en la Mendoza de los ochenta. 


Y llegó ese sábado a la noche (¡qué rápido pasó!). Nos vestimos mejor. Esta vez, con los bolsillos asegurados. Llegamos a la puerta de Tiffanys. Oscuridad hasta en el color del traje del engominado vigilante de la puerta. Faltaba el bulldog. No nos pidieron el DNI porque yo ya medía casi un metro noventa, aunque el acné me daba menos de 18. ¿A cómo la entrada? "Cuarenta pesos, muchachos". Era todo lo que teníamos. Poniendo estaba la gansa. Bolsillos vacíos otra vez. Entramos y la primera escena mostraba el claroscuro de la conciencia que describe ciertas escenas de noches con mujeres exuberantes en los films mafiosos de Scorsese. La misma situación que siete días atrás: bolsillos en default para el micro de vuelta. Decí que Charles Rubens traía el abono del colectivo 30 que cada amanecer lo llevaba de la Paso de los Andes de Godoy Cruz hasta el Martín Zapata.


"Hola muchachos", rugió la primera leona, cuarentona y pico special, nomás. No fue esa gran cosa de un cabaret que cualquiera te cuenta con voz narradora de campeón del mundo cuando en los recreos había que contar una experiencia ganadora que jamás había hecho en la vida. Ella me miró como si su conciencia, bien cubierta por su cuerpo, tuviera una carta escrita con el alma para mi. La escuché:


"Mirá, yo soy madre de tres hijos y tengo que hacer este trabajo porque no alcanza con lo que trabaja mi marido. Una al final se acostumbra pero, ¿sabés qué? Vos sos un muchacho (ojo: no dijo "creo que vos sos un muchacho") que tenés que ganarte las minas en la calle. Los hombres que vienen acá son perdedores. Vos sos joven y este lugar no es para personas como vos. Macho es el que enfrenta a la mujer cara a cara y no a las escondidas y con dinero y poder, como es acá, ¿me entendés?".


Para zafar se me ocurrió preguntarle si allí caían los diputados o senadores de la Legislatura y ella no sólo me contestó que sí, sino que agregó que sus clientes también eran esos hombres de poder que jamás cualquier mendocino imaginaría. Está claro que esto último no fue lo más importante que me dijo. Nos fuimos (sí, más vale, vimos un show, para decir luego que tuvimos la experiencia de ir a un cabaret y listo).


El regreso a la plaza Independencia para tomar el colectivo fue silencioso. Madrugada del domingo, día del Señor, con un ángel de la guarda que nos acompañaba con las manos en los bolsillos, imitándonos. Alguien dijo que cuando hay palabras de amor es porque Jesús está en medio de nosotros. Y quizás esta señora, que sinceró su cruz ante nosotros, vio a Jesús en nuestras miradas y su mensaje, desde ese infierno ricotero y rico de placer, fue directo a esa persona que sabe que la ama en forma incondicional. Fue una luz donde menos los esperábamos.


Ninguno de los dos jamás regresamos a un cabaret y como ella dijo, finalmente el amor de mujer nos llegó a la vuelta de la esquina. 

sábado, 12 de marzo de 2011

El miedo a salir con un amigo del mismo sexo

Imagen: todoencelulares.net
"Con Mariana estuvimos en Viña de Mar durante la segunda quincena de enero. Fuimos a un hostel. Estaba lleno de parejas. A nosotras nos dio vergüenza creer que algunos pensaran que éramos lesbianas", contó Verónica el fin de semana último, en una reunión de amigos en el glorioso barrio Ujemvi. Y hace mucho que nos viene contando historias como ésta: que salieron a tomar un café con las amigas, que al principio los hombres las miraban, después que se fueron yendo las amigas hasta quedar una sola -que no tenía plata para el taxi y que ella podría acercarla a casa en su coche - y que finalmente las dos se quedaron mal por cómo eran observadas por algunos prejuiciosos. Todo ésto, ya sea en la Arístides o en el Bonafide de Palmares, o en el Havana de Peatonal. Sea la historia que sea, mientras sean muchas amigas, a beber y a brindar por todos rocíos de miradas picaronas. Pero cuando quedan dos sonamos: apareció el fantasma que te dice que si a los 38 años sos soltera y charlás en la calle con una amiga, seguramente más de uno creerá que sos lesbiana. Esa es la historia de Verónica, ese tipo de mujeres soñadoras, que es capaz de deber un mes de alquiler, con tal de que suene su celular y el que llame sea cualquier voz varonil del mundo, menos la de su hermano y familiares masculinos.

Imagen: recetassimples.com
Hasta los 34 años yo fui un eterno colgado total, con la cabeza puesta en la mujer más linda que viera en la vereda mientras estuviera caminando. También, el típico de los que hacían cola en la fila poblada por alguna chica que le pusiera queso a mi ratonera cerebral, o bien, donde cobrara la cajera más atractiva del supermercado. Solía hacer eso en el Vea de Paso de los Andes, Luzuriaga y Pueyrredón. Es el instinto awebonado de cazador, que intenta rescatar una imagen erotizada por la imaginación para maquillar una siesta con la ratonera poblada. Ahora que empiezo a conocer casos como el de Verónica, ¿cuántas mentes malintencionadas habrán pensado que por estar solo habrán creído que mi elección de vida era el de no recibir el cariño y el afecto de alguna soñadora, que quizás alguna vez intentó encriptar sus deseos en el mapa del sitio erótico de mi cabeza?

"¿Ese amigo tuyo...Matías...está solo?", me preguntó una vez la amiga de una amiga de mi mujer. Le tuve que decir que sí. "¿Es gay?", puso ella la segunda con un embrague que ni se sintió, pero que dolió. Por pensar dos segundos, ella creyó que mi silencio estaba otorgando. "No. Está solo porque quiere estar solo. No todos los tipos quieren formar parejas. Hay gente que la pasa mejor así, en soledad. O quizá nunca le presentaron una mina que le gustara. No sé". Así respondí una y mil veces, que yo recuerde, cuando se presentaron casos como éste.

Imagen: proyectowebmixta.com
Las mujeres -más que los hombres- son las que se mandan los piletazos prejuiciosos, que en la mayoría de los casos terminan incrustadas en el fondo de la piscina sin agua. Yo creo que les preocupan ver hombres que valen la pena en soledad, pero mucho más a aquellos que se cambiaron de bando. Es lógico: son más conocidos los casos de hombres atractivos que doblan la muñeca que de mujeres hermosas convertidas en cazachabombas. A ellas les preocupan que falten hombres, mientras que gran parte de ellos celebran a las lesbianas, como creyendo que también son bisexuales. En el fondo, es una máscara: yo creo que al hombre también le cuesta creer que un sueño de mujer ideal pueda ser sólo un deseo para ellas.

La cuestión está en que ahora los solteros o solteras mayores de 30 se sienten observados, por lo tanto ya no son tan libres. Esos grandes momentos, humanos por cierto, en el que podías hablar a fondo con un amigo en el café o en algún lugar concurrido para darle un buen consejo o algo por el estilo, ahora se ve reducido a la mirada de algunos prejuiciosos que intentan ponerle una carátula sexual a ese tipo de relación interpersonal.

¿Se puede decir, entonces, que tener un amigo hoy es polémico? (se los dejo picando). Yo tengo una fórmula, a la que considero superadora:  prefiero mirar lo positivo de las personas y no lo polémico, lo íntimo,  lo íntimo polémico o de ese tinte.

martes, 22 de febrero de 2011

Gracias a la guitarra

guitaracordes.com
Llegaba la época de los exámenes y la mayoría se la llevó a rendir. Era su primera experiencia. Venían de la primaria y durante el año prefirieron desoír la advertencia de que las cosas no iban a ser fáciles en diciembre si en cada clase seguían sin tomar apuntes ni estudiar. Y así que pasó que en la última clase del año, cuando anoté los temas del examen en el pizarrón y que el mismo iba a ser oral y escrito, les llegó el agua al cuello porque les tocaba, de un día para el otro, abandonar definitivamente el pelotero y convertirse en una suerte de estudiante universitario, a punto de rendir un examen final que pudieron haber evitado. En mi época yo lo vivía como un castigo, como una película de terror y por eso fue que en toda la secundaria sólo me llevé a rendir una materia: matemática financiera, en sexto año. Ahora la cosa la veía distinta (como tendría que haber sido siempre): un examen final no es un castigo, sino que la oportunidad de aprender bien. El objetivo es aprender. No es más que eso. Pero el entorno sigue siendo, como cuando egresé del Zapata en 1988, el del castigo.

Tres mamás de alumnos vinieron a pedirme explicaciones. Las recibí en el aula y en menos de tres minutos ya estaba todo dicho: “Nunca tomó apuntes y nunca estudió. ¿Se acuerdan cuando nosotros íbamos a la secundaria? Al menos, hasta el peor de los alumnos tomaba apuntes. Su hijo, ni eso. Si lo dejo pasar a noveno, la profesora que vendrá tendrá el doble de trabajo”. Las respuestas de ellas tenían que ver con la necesidad de confesar problemas familiares, de miedos al futuro y de la impotencia de que su hijo no reconozca el esfuerzo que hoy hacen sus padres para llegar a fin de mes. ¿Nosotros no éramos así, acaso? Puede que sí, pero intentábamos evitar meter mucho la cabeza en la realidad. Es la Edad del Pavo. Así se lo llama en la vida real.

Toco y Canto, junto a Cantarrock
fueron las revistas que me enseñaron
a tocar la guitarra.
Tomás era uno de los tantos que se rascaban todo el tiempo, aunque no se portaba mal, salvo cuando se dejaba arrastrar por un “líder negativo” (como llaman los docentes a los que llevan a los que no tienen personalidad a portarse mal). En los momentos difíciles del aula –cuando se portan mal a rajatabla- suelo percibir la temperatura de la brújula de la vida en cada uno de ellos. Es una reacción de mi imaginación –creo yo- para intentar rescatar algo humano y positivo. En el caso de Tomás, sin dudas que se notaba que uno de los lemas de la existencia, resumido en la expresión “la vida es bella”, rondaba cerca de sus entrañas, pero la música fuerte de la distracción y de los gritos del aula le impedían oírlo. Y por eso es que su último examen fue un desastre y se la llevó a diciembre. Pero ese fue, para mi, su día más lindo.

La experiencia de tocar la guitarra al cierre de un trimestral le había cambiado el rostro a un curso de alumnos de primero del Polimodal. Poniéndome en el lugar de ellos, y sí, rendir es feo. Entonces cerremos el examen con una guitarra y buena música. No sé si iba a resultar en un octavo. Pero la sorpresa fue que Tomás entró al aula con la guitarra, luego de rendir su espantosa prueba.

guitarraparatodos.com
Empezó con unos punteos básicos de tres acordes de la canción de una película que ahora no recuerdo. Todos los que aprendimos guitarra, al principio, éramos así. Te preguntaban qué sabés tocar y tenías dos opciones: Yo tengo unos ojos negros (de LA, MI y RE) o el punteo de la musiquita de Batman. Nos quedamos con el último, y a repetirlo porque sí, o porque la canción era tan corta que había que tocarla mil veces.

Se me escapó la pregunta difícil: ¿qué canción sabés tocar? Cuando tenía 13, en el Zapata, aprendí a tocar guitarra en la coprogramática del sábado. Si me preguntaban qué canción sabía tocar mi deseo hubiera sido “Del 63”, del primer disco de Fito, pero tenía tantas notas imposibles que prefería decir “Del 63, pero todavía no aprendí a tocarlo bien”. Mi respuesta de fondo era “yo quiero tocar rocanrrol, pero no conozco una canción que sea fácil de tocar porque recién estoy aprendiendo”. Un tiempo después, en la Toco & Canto, salían los acordes de “La rubia tarada” de Sumo: todo en MI mayor. Pudo haber sido mi primera canción, pero bueno, tenía la cabeza puesta en Charly y Fito, como casi todos. Volviendo a Tomás él se atrevió a intentar tocar una canción. Lo intentó, pero ese intento fallido fue mucho más que ver a un guitarrista que la descose con un tema que no le sacuden las fibras.

Le pedí la guitarra (está mal: en el aula los protagonistas son los alumnos, no el profesor) y toque dos temas míos. Se acercaron los revoltosos y revoltosas. Me miraban distinto. Parecía que recién allí tenían ganas de aprender. También parecían experimentar lo que se llama recibir amor a través de la expresión musical. Tenían ganas de quedarse allí. El peor alumno y más callado del curso se puso a filmar con el celular (sonamos). Terminé los dos temas y le devolví la guitarra a Tomás. No recuerdo qué pasó después.
taringa.net

Lo que sí pasó es que a la semana siguiente aprobó Lengua. No se la tenía que llevar a marzo. Y después de rendir volvió con la guitarra. Y después me dijo que quería formar una banda conmigo y con otro de los alumnos más revoltosos. La temperatura de la brújula de la vida se elevó al punto que sus fibras se removían al punto de querer gritar “mi primera canción será una canción mía, quiero que sea ya”.

Un regalo de la vida fue para mi. Contagiar a alguien de lo más lindo que uno ha vivido y en el momento justo para contagiarlo, porque al ver cómo muchos alumnos le gritan y hasta le pegan a sus compañeras de curso, que alguien encuentre una buena forma de expresarse, que le abra la cabeza y el corazón, es una bendición, sobre todo, porque ya comienza a encontrarle sentido a la vida. (Aclaración: Tomás no es su nombre verdadero).