Diciembre de 1987 (o sea, no fue ayer). Un bondi de turismo La Cumbre (¿se acuerdan? era el que salía más barato) despega de Pedro Molina y Perú. A esa hora, los únicos habitantes de la escuela de comercio eran los padres y familiares de los alumnos de 5° 2°. Nos fuimos a Bariloche.
Cuatro horas y media después habíamos pasado San Rafael y encarábamos hacia Alvear, entre Montecomán y Villa Atuel, si no me equivoco (seguro que me equivoco). Empezaba la nochecita. No me acuerdo si fue el Renato, que me ofreció un pucho. Dije "está bien, nunca fumé, al menos probá una vez para cuando alguna vez hablés de lo malo que es fumar, lo hagás con un poco de autoridad moral". Intenté desprenderme de todos los prejuicios (el del cáncer de pulmón, sobre todo) y prendí el pucho. Empecé a fumarlo. El único sabor que le encontraba era el del humo (¿por qué a los fumadores les encantan fumar?, pensé). Me puse en el rol del vaquero fachero de Malboro y de las minitas que ya estarían esperando a esta estrella imaginaria de cine, de 17 años, en Bariloche. Intenté, pero finalmente no pude: por culpa (creo yo) de la hiperinflación de Alfonsín o de que mi vieja viviera siempre quejándose de la guita, es que se me apareció en la cabeza la escena del que "está bien, si querés fumar, fumá, pero ¿cuánta guita te va a salir esto a lo largo de toda tu vida? ¿por qué no ahorrar para así comprarte tu tan soñada guitarra eléctrica?).
Nunca tuve guita para salir a bailar a los boliches hasta los 26 años (casi diez años después de esa historia del viaje de egresados). La vez que fuimos a bailar en esa época, nos mandamos para un boliche en Tupungato porque en Mendoza no te dejaban entrar si ibas colgado. Además, salía más barato ponerle nafta al Citroen de mi hermano y pagar la entrada en Tupungato que ir a un boliche de Chacras o El Challao. Después, desde el 92 hasta el 96 viví en Buenos Aires con los mangos ajustadísimos (recuerdo que en primer año, durante quince días almorcé galletitas Criollitas). Laburé muchísimo gratis (de lo mío) y con la guita sólo para el colectivo y para el caramelo de miel, por si se me bajaba el azúcar. Recuerdo que una vez una minita linda me largó "porque no tenía coche". Cuando tuve coche, el indicador de la nafta siempre estaba en la línea roja (en eso todavía no cambié). Me pasó de tener que pasar varios fines de semana con la videocasetera, porque no sólo no tenía minita para salir, sino también dinero para pagar lo que sea (boliche, café, cine, drugstore). Lo más duro fue el año pasado, cuando ya estando casado agarré un laburo con un sueldo mucho menor al del indicador de la pobreza, lo que me duraba dos días y el resto tenía que aguantar. Ahora, en este momento, estoy calentando unas salchichas que me salieron seis pesos, porque mi sueldo aún no lo depositaron en el cajero y estoy con dos pesos para toda la tarde y noche.
Gracias a Dios que aquella vez decidí no fumar (al final tenía razón con lo de la guita). ¡Ah! y mi viola eléctrica está a punto de cumplir 10 años.
viernes, 9 de mayo de 2008
jueves, 8 de mayo de 2008
Mami, ¿puedo dejar la escuela?
Durante mi infancia y adolescencia jamás se me pasó por la cabeza abandonar la primaria y secundaria, respectivamente. Era la obligación y más allá de lo feo que me resultaba el levantarme temprano para ir corriendo a la parada del 60, para viajar parado y transpirado y bajarme en Pedro Molina y 25 de Mayo, y desde allí emprender una carrera contra el reloj, hacia la esquina la otra esquina (donde está el Martín Zapata), para perder esa competición por cinco minutos, al final uno se acostumbraba a solucionar los problemas existenciales dentro de ese escenario. ¿Para qué me sirvió ir a la escuela? Recién ahora puedo responder con claridad.
Mi mujer me comentó que un primito segundo dejó la escuela. Estaba cursando octavo (es decir, ni siquiera terminó con la primaria, que es obligatoria). Quiere trabajar porque necesita plata. Sus padres son separados y como vive con su madre, ella trabaja más de 24 horas al día para apenas pagar los impuestos y la comida. Para la cerveza, el boliche, el fútbol cinco y los cigarrillos no llega.
Cuando su tía le comentó este caso, a mi mujer se le ocurrió decirle que a ella nunca se le pasó por la cabeza plantearle a su madre la idea de dejar la escuela y le sugirió que "le ordenara" ir al colegio. La tía respondió resignada: "y bueno, así son los chicos hoy".
Hay que averiguar realmente por qué hoy los padres han perdido la autoridad moral al punto que sus hijos los manejan como quieren. Quizá antes no me daba cuenta, pero hoy en Mendoza hay muchos chicos trabajando en las calles y muchos otros en los negocios de videojuegos (para mí, muchos más que antes). Y también veo a muchos padres que no quieren imponer autoridad por miedo a ser visto por sus hijos como "autoritarios".
Ayer, cuando entraba a la ciudad por el nudo de Costanera, un joven limpiavidrio enchastró el parabrisas de mi coche para empezar su trabajo como es habitual, sin consultarme. Le dije que "no" y se fue. Se me pasó por la cabeza lo siguiente: "necesito un plomero y un electricista para que revise mi departamento. Los pocos que conozco están siempre ocupados. ¿Por qué este pibe no aprende a hacer ese laburo, para que gaste su tiempo en cosas útiles y de paso, se sienta realizado como persona? Yo no conozco a ese limpiavidrios, pero estoy seguro de que no terminó la secundaria. Quizá si hubiera finalizado sus estudios básicos tendría más libertad mental para plantear su vida y dejar entrar ideas como por ejemplo aprender plomería y electricidad.
Mi mujer me comentó que un primito segundo dejó la escuela. Estaba cursando octavo (es decir, ni siquiera terminó con la primaria, que es obligatoria). Quiere trabajar porque necesita plata. Sus padres son separados y como vive con su madre, ella trabaja más de 24 horas al día para apenas pagar los impuestos y la comida. Para la cerveza, el boliche, el fútbol cinco y los cigarrillos no llega.
Cuando su tía le comentó este caso, a mi mujer se le ocurrió decirle que a ella nunca se le pasó por la cabeza plantearle a su madre la idea de dejar la escuela y le sugirió que "le ordenara" ir al colegio. La tía respondió resignada: "y bueno, así son los chicos hoy".
Hay que averiguar realmente por qué hoy los padres han perdido la autoridad moral al punto que sus hijos los manejan como quieren. Quizá antes no me daba cuenta, pero hoy en Mendoza hay muchos chicos trabajando en las calles y muchos otros en los negocios de videojuegos (para mí, muchos más que antes). Y también veo a muchos padres que no quieren imponer autoridad por miedo a ser visto por sus hijos como "autoritarios".
Ayer, cuando entraba a la ciudad por el nudo de Costanera, un joven limpiavidrio enchastró el parabrisas de mi coche para empezar su trabajo como es habitual, sin consultarme. Le dije que "no" y se fue. Se me pasó por la cabeza lo siguiente: "necesito un plomero y un electricista para que revise mi departamento. Los pocos que conozco están siempre ocupados. ¿Por qué este pibe no aprende a hacer ese laburo, para que gaste su tiempo en cosas útiles y de paso, se sienta realizado como persona? Yo no conozco a ese limpiavidrios, pero estoy seguro de que no terminó la secundaria. Quizá si hubiera finalizado sus estudios básicos tendría más libertad mental para plantear su vida y dejar entrar ideas como por ejemplo aprender plomería y electricidad.
miércoles, 7 de mayo de 2008
La cola en la parada del 60
Si pudiéramos hacer un Truman Show en toda la ciudad de Mendoza detectaríamos muchos errores para reparar: los coches que van por la izquierda y no respetan el paso al que va por la derecha, los que pasan en rojo creyendo que nadie los mira, los que tiran el paquete del pucho al piso de la plaza Independencia, creyendo que se trata de una zona liberada para la limpieza y así mucho más.
Pero hay cosas que se pueden calificar de buenas y malas, pero que en este caso se hace difícil porque no existe un modelo base, porque nuestras costumbres nunca llegaron a adoptar ese modelo base de cómo tendría que ser la cosa para que sea correcta. Es lo que pasa en las paradas de los colectivos. Una de estas cosas, por ejemplo, es el margen de tiempo que se deja para considerar a una persona puntual o impuntual (por ejemplo, los empleados del IPV pueden llegar hasta cinco minutos tarde porque el reloj de donde marcan la tarjeta está adrede cinco minutos atrasado).
Otro caso particular es lo que sucede en las paradas de colectivos.
Recuerdo cuando viví en Buenos Aires que cada vez que me tomaba el 152 en Cabildo y Juramento, la gente hacía una cola. Así en todas las paradas. De este modo, el que llega primero a la parada sube primero y el último que llega a la parada, sube último.
Así lo recordé una vez en la parada del 60, en 25 de mayo llegando a Colón. Hacía 40 minutos que esperaba el colectivo y cuando por fin llegó, una señora con muchos kilogramos de contrapeso y desesperación se subió primero que yo, como si después de esta parada sería el fin del mundo. Mientras esta mujer intentaba pasar todo su volumen en la puerta del colectivo, una anciana ya se me había adelantado y junto a ella, una nietita de unos 16 años. Quedé penúltimo, porque había una parejita de novios también allí. Los dejé pasar, tal cual, a esta altura ¿qué se pierde?
Pero hay cosas que se pueden calificar de buenas y malas, pero que en este caso se hace difícil porque no existe un modelo base, porque nuestras costumbres nunca llegaron a adoptar ese modelo base de cómo tendría que ser la cosa para que sea correcta. Es lo que pasa en las paradas de los colectivos. Una de estas cosas, por ejemplo, es el margen de tiempo que se deja para considerar a una persona puntual o impuntual (por ejemplo, los empleados del IPV pueden llegar hasta cinco minutos tarde porque el reloj de donde marcan la tarjeta está adrede cinco minutos atrasado).
Otro caso particular es lo que sucede en las paradas de colectivos.
Recuerdo cuando viví en Buenos Aires que cada vez que me tomaba el 152 en Cabildo y Juramento, la gente hacía una cola. Así en todas las paradas. De este modo, el que llega primero a la parada sube primero y el último que llega a la parada, sube último.
Así lo recordé una vez en la parada del 60, en 25 de mayo llegando a Colón. Hacía 40 minutos que esperaba el colectivo y cuando por fin llegó, una señora con muchos kilogramos de contrapeso y desesperación se subió primero que yo, como si después de esta parada sería el fin del mundo. Mientras esta mujer intentaba pasar todo su volumen en la puerta del colectivo, una anciana ya se me había adelantado y junto a ella, una nietita de unos 16 años. Quedé penúltimo, porque había una parejita de novios también allí. Los dejé pasar, tal cual, a esta altura ¿qué se pierde?
domingo, 4 de mayo de 2008
Choco abandonado en Palmares
A las 1.20 puse el coche frente al McDonalds, en la primera curva de la playa de estacionamiento. Una chiquita de más o menos 14 años se acercó. "¿Le cuido el auto?". Sus hermanitas, en la parada del colectivo de Panamericana y Palmares. "¿Y la seguridad privada?", se me pasó por la mente, enfriada por la frivolidad. Si no fuera porque mi mujer es trabajadora social muchas veces tardaría en aterrizar en la sensibilidad.
Agarramos para el lado del Vea, porque por allí "hace más calor" (sólo cuando funciona ese experimento llamado "calefacción a la interperie"). "La última vez que pasamos por acá habían tres perritos durmiendo en la puerta de la farmacia", me recordó mi mujer. Su sensibilidad se había adelantado: un choco peludo, enano y con pinta de abandonado nos estaba siguiendo. De los chocos que con una mirada podés sintetizar el resumen de la historia de su vida en tres expresiones: "gracias + por favor + no me abandones". Ella me hablaba de la zona nueva que habían inaugurado donde antes se estacionaban los coches y otras cosas más. Pero lo único que me entraba en la cabeza era amor e impotencia (imposible sentir bronca cuando un ser abandonado te pide con amor que no lo abandones). Nunca lo abandoné porque nunca fui su dueño (así pensaba antes). Algo no me cerraba en esto: en realidad no quería reconocer que el amor es un acto puro de integración (algo así, porque no es fácil explicarlo).
El choco nos siguió hasta que entramos por la parte donde antes estaba el café Cinema. Allí estaban Martín e Inés, recién llegaditos de otro país: San Luis (nos dijeron que allí ya no está tan barato como antes). "¿Cómo andan, chicos?". "Bien, (pero no en este exacto momento, aunque veo que el choco ya se hizo amigo de una pareja que estaba saliendo por otra de las nuevas entradas)". Muy lindo esa parte de Palmares: una hermosa cúpula si mirás hacia arriba (lo hice cuando les saqué una foto con su celular desde el piso, para que dijeran a sus amigos puntanos "¿viste que estuvimos recorriendo un museo en Florencia?").
Nos fuimos a Bonafide. Como decimos aquí, el café estaba hasta el poto. Como si fuera en pleno San Rafael, muchas caras que decían "¿y vos quién sos?" o "no será el hermano del primo de ese tipo que es dueño de la bodega esa que queda en...?" me miraron, como diciendo "no sé si hay lugar para vos aquí". Quizá sea yo que piense así (o no, quizá en el fondo quería decirles "¿a vos no te mueve una chica que cuidacoches y hermanitos en un centro comercial con seguridad privada + un choco abandonado y que aún cree que se va a salvar si pone toda su perra vida en manos de alguien, que seguramente como vos, se le habrá pasado por la cabeza abandonarlo allí? Pregunta muy larga = imposible llegar a esa reflexión sensible). Por suerte, mi mujer en ese momento me volvía a agarrar la mano, como en los mejores tiempos del noviazgos, y la impotencia se esfumó y la sensación de amor se afirmó.
Tenía ganas de cerrar con algo útil. Se me ocurre lo siguiente: cuando un necesitado te mira con amor se produce una conexión que te da a entender, en menos de un segundo, por qué el amor termina ganándole la batalla al odio y a los sufrimientos.
Agarramos para el lado del Vea, porque por allí "hace más calor" (sólo cuando funciona ese experimento llamado "calefacción a la interperie"). "La última vez que pasamos por acá habían tres perritos durmiendo en la puerta de la farmacia", me recordó mi mujer. Su sensibilidad se había adelantado: un choco peludo, enano y con pinta de abandonado nos estaba siguiendo. De los chocos que con una mirada podés sintetizar el resumen de la historia de su vida en tres expresiones: "gracias + por favor + no me abandones". Ella me hablaba de la zona nueva que habían inaugurado donde antes se estacionaban los coches y otras cosas más. Pero lo único que me entraba en la cabeza era amor e impotencia (imposible sentir bronca cuando un ser abandonado te pide con amor que no lo abandones). Nunca lo abandoné porque nunca fui su dueño (así pensaba antes). Algo no me cerraba en esto: en realidad no quería reconocer que el amor es un acto puro de integración (algo así, porque no es fácil explicarlo).
El choco nos siguió hasta que entramos por la parte donde antes estaba el café Cinema. Allí estaban Martín e Inés, recién llegaditos de otro país: San Luis (nos dijeron que allí ya no está tan barato como antes). "¿Cómo andan, chicos?". "Bien, (pero no en este exacto momento, aunque veo que el choco ya se hizo amigo de una pareja que estaba saliendo por otra de las nuevas entradas)". Muy lindo esa parte de Palmares: una hermosa cúpula si mirás hacia arriba (lo hice cuando les saqué una foto con su celular desde el piso, para que dijeran a sus amigos puntanos "¿viste que estuvimos recorriendo un museo en Florencia?").
Nos fuimos a Bonafide. Como decimos aquí, el café estaba hasta el poto. Como si fuera en pleno San Rafael, muchas caras que decían "¿y vos quién sos?" o "no será el hermano del primo de ese tipo que es dueño de la bodega esa que queda en...?" me miraron, como diciendo "no sé si hay lugar para vos aquí". Quizá sea yo que piense así (o no, quizá en el fondo quería decirles "¿a vos no te mueve una chica que cuidacoches y hermanitos en un centro comercial con seguridad privada + un choco abandonado y que aún cree que se va a salvar si pone toda su perra vida en manos de alguien, que seguramente como vos, se le habrá pasado por la cabeza abandonarlo allí? Pregunta muy larga = imposible llegar a esa reflexión sensible). Por suerte, mi mujer en ese momento me volvía a agarrar la mano, como en los mejores tiempos del noviazgos, y la impotencia se esfumó y la sensación de amor se afirmó.
Tenía ganas de cerrar con algo útil. Se me ocurre lo siguiente: cuando un necesitado te mira con amor se produce una conexión que te da a entender, en menos de un segundo, por qué el amor termina ganándole la batalla al odio y a los sufrimientos.
viernes, 2 de mayo de 2008
Alfagol
"¡Qué malolto!", repetía un personaje de la radio llamado como esa expresión, que yo interpreté en programas de la vieja Emisora del Sol y de las FM Rock & Pop y UTN. Aprender el modo de hablar de los chinos no fue difícil: desde la infancia escuchaba los chistes gallegos, de Jaimito, los de "mamá, mamá, ¿el inodoro da vueltas? (entonces me hice en el secarropas" y otros por el estilo, en el que siempre estaban los chistes de chinos. El más famoso fue ¿cómo se dice 99 en chino? (todos lo saben: cachichen).
Algo que nunca analicé con profundidad de estos chistes chinos fue el hecho de que ese idioma tuviera dos consonantes: la primera letra consonante de cualquier palabra y la "L". Hablar en chino básico consistía en meterle la "L" en todas las palabras y así lo hacía el personaje Malolto.
Esta mañana descubrí que lo de la "L" no es un invento criollo para reírnos de los orientales.
Todo fue cuando mi mujer apareció en el mercadito chino situado en San Juan, entre Lavalle y Buenos Aires, a la vuelta del IPV. Ella traía un alfajor Ser. En la caja, la mujer que sacaba las cuentas -siempre le decimos que son chinos, pero en realidad hay más coreanos que chinos allí- pasó ese alfajor de estuche verde por el lector del código de barras. Apenas la máquina leyó ese producto lo que apareció en el monitor de esa caja me hizo retrotraer a los tiempos que inicia el relato de este post: "Alfajol SER..... $1,50".
Lo de la "L" nunca fue un chiste, parece mentira.
Algo que nunca analicé con profundidad de estos chistes chinos fue el hecho de que ese idioma tuviera dos consonantes: la primera letra consonante de cualquier palabra y la "L". Hablar en chino básico consistía en meterle la "L" en todas las palabras y así lo hacía el personaje Malolto.
Esta mañana descubrí que lo de la "L" no es un invento criollo para reírnos de los orientales.
Todo fue cuando mi mujer apareció en el mercadito chino situado en San Juan, entre Lavalle y Buenos Aires, a la vuelta del IPV. Ella traía un alfajor Ser. En la caja, la mujer que sacaba las cuentas -siempre le decimos que son chinos, pero en realidad hay más coreanos que chinos allí- pasó ese alfajor de estuche verde por el lector del código de barras. Apenas la máquina leyó ese producto lo que apareció en el monitor de esa caja me hizo retrotraer a los tiempos que inicia el relato de este post: "Alfajol SER..... $1,50".
Lo de la "L" nunca fue un chiste, parece mentira.
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